No fue una epifanía.
No hubo música épica de fondo, ni una luz del cielo iluminando mi destino.
Fue una caja.
Una caja vieja, fea, llena de cosas inútiles que llevaba años sin abrir.
Y honestamente, si mi madre no hubiera decidido que ese sábado era perfecto para hacer limpieza general en la casa, probablemente mi vida seguiría exactamente igual: desordenada, confusa y ligeramente patética.
—Daniel, ven a sacar tus cosas del cuarto de depósito —gritó desde la cocina—. Si no bajas en cinco minutos, las tiro.
Eso era una amenaza real.
Mi madre no bromeaba con el orden.
Suspiré, dejé el celular a un lado y me levanté de la cama con la energía de alguien que no había dormido bien… porque, efectivamente, no había dormido bien.
Eran las once de la mañana.
Sí.
Las once.
No me juzgues. O bueno, sí, júzgame. Yo también lo hacía.
Bajé las escaleras arrastrando los pies, todavía con la camiseta arrugada que había usado para dormir y el cabello en un estado que podría clasificarse como “experimento científico fallido”.
El cuarto de depósito olía a polvo y recuerdos viejos.
Había cajas por todas partes.
Juguetes que no recordaba haber tenido, cuadernos de la escuela, ropa que definitivamente ya no me quedaba… y una caja mediana con mi nombre escrito con marcador negro:
DANIEL — COSAS IMPORTANTES
Eso ya era sospechoso.
Porque si algo aprendí en la vida es que cuando uno escribe “cosas importantes”, normalmente son cosas que dejan de ser importantes muy rápido.
Me senté en el suelo, abrí la caja y empecé a revisar.
Fotos viejas.
Un llavero roto.
Una pulsera que alguna exnovia me había dado (la volví a guardar inmediatamente).
Papeles.
Muchos papeles.
Y luego lo encontré.
Un cuaderno.
Tapa azul.
Esquinas gastadas.
Mi letra horrible en la portada:
MANUAL PARA NO ARRUINAR MI VIDA
Me quedé mirando el cuaderno unos segundos.
No recordaba haber escrito eso.
Lo abrí.
Primera página:
Reglas para tener éxito antes de los 25
(Escrito a los 15 años por alguien que todavía cree en sí mismo)
Sentí algo raro en el pecho.
Seguí leyendo.
Regla 1: Haz ejercicio al menos 4 veces por semana.
Tu cuerpo es tu herramienta para todo.
Miré mi barriga.
Ok.
Continuemos.
Regla 2: Aprende habilidades que te den dinero.
No dependas de nadie.
Tragué saliva.
Yo… dependía bastante de mis padres todavía.
Regla 3: Ahorra dinero desde joven.
El futuro llega rápido.
Mi cuenta bancaria tenía el equivalente a una broma cruel.
Regla 4: Rodéate de personas que te inspiren.
Mi mejor amigo llevaba tres meses desempleado jugando videojuegos todo el día.
Regla 5: No tengas miedo de intentar cosas nuevas.
Había pospuesto tantas decisiones que ya ni sabía por dónde empezar.
Regla 6: No te rindas contigo mismo.
Ahí fue cuando tuve que cerrar el cuaderno.
Porque algo dentro de mí se rompió un poquito.
No de forma dramática.
Más bien… silenciosa.
Como cuando te das cuenta de algo que siempre supiste, pero nunca quisiste admitir.
Tenía veintitrés años.
Y no estaba ni cerca de la persona que pensé que sería.
—¿Qué encontraste? —preguntó mi madre desde la puerta.
Levanté el cuaderno lentamente.
—Mi decepción personal en formato papel.
Ella frunció el ceño.
—¿Otra exnovia?
—Peor.
Mucho peor.
Subí a mi habitación con el cuaderno en la mano.
Mi cuarto estaba… bueno.
Digamos que si un inspector de orden entraba ahí, probablemente llamaría a emergencias.
Ropa en la silla.
Una mancuerna debajo del escritorio (que claramente no había usado en meses).
Platos que no recordaba haber llevado.
La cama sin tender.
La laptop abierta con veinte pestañas.
Me senté en el suelo, apoyé la espalda contra la cama y volví a abrir el cuaderno.
Cada regla tenía explicaciones.
Consejos.
Notas motivacionales escritas por mi versión adolescente, que aparentemente tenía más fe en mí que mi versión actual.
Había incluso frases subrayadas:
“Si no empiezas ahora, luego será más difícil.”
“No necesitas ser perfecto, solo constante.”
“Tu yo del futuro te va a agradecer.”
Solté una risa corta.
—Pues no —murmuré—. No me está agradeciendo nada.
Pero mientras seguía leyendo, empezó a aparecer otra sensación.
No era culpa.
No exactamente.
Era algo más cercano a… vergüenza mezclada con nostalgia.
Porque ese chico de quince años que escribió esto…
Creía en mí.
De verdad.
Pensaba que yo podía lograr cosas.
Y en algún momento del camino…
Dejé de creerlo también.
Me quedé mirando el techo unos minutos.
Pensando.
En la universidad que estaba cursando sin mucha motivación.
En las materias que no me gustaban.
En las oportunidades que había dejado pasar.
En la sensación constante de estar atrasado en la vida.
Todos parecían avanzar menos yo.
Mis amigos encontrando trabajos.
Personas emprendiendo.
Gente viajando.
Gente construyendo cosas.
Y yo…
Sobreviviendo el día a día.
Suspiré profundo.
Miré el cuaderno otra vez.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuve una idea peligrosa.
¿Y si…?
¿Y si todavía no era demasiado tarde?
La voz lógica en mi cabeza respondió inmediatamente:
“Sí es tarde. Ya fallaste.”
Pero otra voz, más pequeña, más débil… dijo:
“Tal vez no.”
Abrí la primera página otra vez.
Pasé el dedo por las palabras.
Reglas para tener éxito antes de los 25.