Manual para no arruinar tu vida (pero ya es tarde)

El problema de intentar cambiar de vida un lunes - Capitulo 2

Descubrí algo importante sobre la motivación.

Dura menos cuando tienes sueño.

Mucho menos.

Especialmente cuando decides que tu nueva vida disciplinada empieza un lunes… a las seis de la mañana… después de haberte dormido a la una viendo videos inútiles en el celular.

La alarma sonó.

La ignoré.

Volvió a sonar.

La ignoré otra vez.

La tercera vez abrí un ojo, miré el techo y recordé algo que me atravesó el cerebro como un rayo:

El cuaderno.

“Inicio: Hoy.”

Me incorporé de golpe.

—Maldición… —murmuré.

Mi cuerpo no estaba de acuerdo con mi decisión de convertirme en una persona responsable.

Pero mi orgullo sí.

Apagué la alarma y me quedé sentado en la cama unos segundos, procesando la realidad.

Hoy empezaba mi nueva vida.

O algo así.

Miré hacia el escritorio.

El cuaderno azul estaba ahí.

Silencioso.

Juzgándome.

—Está bien —dije—. Ya voy.

Me levanté con la energía de alguien que claramente no había evolucionado lo suficiente como adulto, me puse ropa deportiva que no usaba desde hacía meses y bajé a la sala.

Mi madre casi dejó caer la taza de café cuando me vio.

—¿Estás enfermo?

—No.

—¿Te pasó algo?

—No.

—Entonces… ¿por qué estás despierto?

—Voy a hacer ejercicio.

Silencio.

Un silencio largo.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi hijo? —preguntó.

—Muy graciosa.

Ella sonrió.

—Me gusta. Sigue así.

Eso me dio una pequeña dosis de motivación.

Duró aproximadamente doce minutos.

Porque correr después de meses sin actividad física resulta ser… horrible.

Salí a la calle con confianza.

Regresé veinte minutos después con la sensación de que mis pulmones estaban en huelga.

Me dejé caer en el sofá.

—¿Ya volviste? —preguntó mi madre.

—Estoy… administrando mi energía.

Ella no dijo nada.

Pero su cara decía todo.

Dos horas después estaba en la universidad.

La verdad era que nunca había odiado estudiar.

Simplemente… no me apasionaba lo que estaba haciendo.

Caminaba por el campus con la mochila al hombro mientras observaba a la gente.

Grupos riendo.

Estudiantes apurados.

Parejas tomadas de la mano.

Personas que parecían saber exactamente qué estaban haciendo con sus vidas.

Siempre me había preguntado si realmente lo sabían… o si solo fingían mejor que yo.

Entré al salón justo antes de que empezara la clase.

Me senté en mi lugar habitual: tercera fila, lado derecho, posición estratégica para parecer atento sin llamar demasiado la atención.

Saqué el cuaderno azul.

No el de la materia.

El otro.

Lo abrí discretamente.

Regla 1: Haz ejercicio al menos 4 veces por semana.

Bueno… hoy había hecho algo.

Eso contaba.

¿Verdad?

Mientras lo miraba, alguien se sentó a mi lado.

—¿Qué es eso?

Levanté la vista.

Y por un segundo olvidé qué iba a decir.

Era una chica que había visto antes en algunas clases, pero nunca habíamos hablado.

Cabello oscuro recogido en una cola alta.

Ojos atentos.

Expresión curiosa.

—Eh… nada —dije, cerrando el cuaderno un poco rápido.

Ella sonrió.

—Definitivamente es algo si lo escondes así.

—Es… un cuaderno viejo.

—¿Diario?

—No.

—¿Secretos?

—Menos.

—¿Entonces?

Suspiré.

No sé por qué, pero terminé diciéndolo.

—Un manual para no arruinar mi vida.

Ella parpadeó.

Luego soltó una pequeña risa.

—Eso suena útil. ¿Funciona?

—Te aviso cuando lo descubra.

—¿Lo escribiste tú?

Asentí.

—Cuando tenía quince.

—Ah… —dijo—. Entonces seguro eras muy optimista.

—Exageradamente.

Ella extendió la mano.

—Soy Valeria.

—Daniel.

Su mano estaba caliente.

La mía probablemente sudorosa por los nervios.

Excelente primera impresión.

—¿Y qué dice el manual? —preguntó.

—Cosas que claramente no cumplí.

—¿Como?

—Ejercicio. Disciplina. Ahorrar dinero. Ese tipo de cosas que los adultos responsables hacen.

—¿Y ahora quieres empezar?

—Lo estoy intentando.

Ella me observó unos segundos.

No de forma incómoda.

Más bien… analizando.

—Eso ya es más de lo que hace la mayoría —dijo.

No esperaba esa respuesta.

—¿Sí?

—Sí. La mayoría solo se queja.

No supe qué decir.

Por suerte el profesor entró en ese momento y la conversación se detuvo.

Pero algo había cambiado.

Una sensación pequeña… pero agradable.

Como si el universo hubiera aprobado mi intento de empezar de nuevo.

El problema fue lo que pasó después.

Porque tener motivación en la mañana es una cosa.

Mantenerla todo el día es otra muy distinta.

A las cuatro de la tarde estaba agotado.

Tenía hambre.

Sueño.

Y cero ganas de hacer cualquier cosa productiva.

Llegué a casa, tiré la mochila en la silla y me acosté en la cama “solo cinco minutos”.

Error clásico.

Me desperté dos horas después.

Con el celular en la mano.

Sin recordar cuándo lo había agarrado.

Miré el techo.

Luego el escritorio.

El cuaderno estaba ahí.

Esperando.

Suspiré.

—Ok… —murmuré—. No fue perfecto. Pero tampoco fue un desastre.

Me levanté.

Abrí el cuaderno.

Y debajo de “Inicio: Hoy” escribí:

Día 1: Corrí 20 minutos. No morí.

Sonreí.

Era poco.

Ridículamente poco.

Pero era más que cero.

Y por alguna razón…

Eso se sentía importante.

No sabía cuánto iba a durar mi motivación.

No sabía si realmente iba a cambiar.

Pero por primera vez en mucho tiempo…

Había empezado algo.




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