Manual para no arruinar tu vida (pero ya es tarde)

Capitulo 3 - La ilusión de que ahora soy una persona disciplinada

El segundo día fue peor que el primero.

Mucho peor.

Porque el primer día tienes emoción.

El segundo día tienes dolor muscular.

Me desperté y sentí que mis piernas pertenecían a otra persona… una persona mayor… con problemas de rodilla… y posiblemente artritis.

Intenté levantarme de la cama.

Error.

—¡Ah! —gruñí.

Mi madre abrió la puerta.

—¿Qué pasó?

—Nada… solo estoy… evolucionando.

—Eso suena doloroso.

—Lo es.

Ella sonrió.

—Eso significa que sí hiciste ejercicio.

No me gustó que tuviera razón.

A pesar del dolor, decidí mantener la mentira que había creado en mi mente: que ahora era un adulto disciplinado.

Me puse de pie lentamente, caminé al baño como un anciano de ochenta años y me miré al espejo.

Cabello desordenado.

Ojeras.

Expresión confundida.

—Vamos bien —me dije.

No estaba seguro de que fuera cierto.

Pero sonaba bien.

En la universidad, Valeria ya estaba sentada cuando llegué al salón.

Levantó una ceja cuando me vio caminar raro.

—¿Qué te pasó?

—Estoy pagando decisiones saludables.

Ella se rió.

—¿Dolor muscular?

—No puedo sentarme sin negociar con mi cuerpo.

—Eso es buena señal.

—Eso es tortura.

Me senté con cuidado extremo.

Ella miró mi mochila.

—¿Trajiste el manual?

—Siempre.

—¿En serio lo estás siguiendo?

—Lo intento.

Valeria apoyó el mentón en su mano.

—Eso es interesante.

—¿Qué cosa?

—La gente dice que quiere cambiar… pero casi nadie empieza.

No respondí.

Porque en realidad yo tampoco sabía si estaba cambiando… o solo jugando a cambiar.

Después de clases me encontré con Marcos.

Mi mejor amigo desde la secundaria.

Marcos era el tipo de persona que podía convertir cualquier situación en algo caótico.

Cabello siempre despeinado.

Sonrisa permanente.

Confianza injustificada.

—¡Hermano! —dijo chocando mi hombro—. ¿Por qué caminas como robot?

—Ejercicio.

Se quedó en silencio.

—¿Voluntariamente?

—Sí.

—¿Quién eres?

—Ya lo preguntaron hoy.

Marcos se rió.

—No te creo.

Saqué el cuaderno azul de la mochila.

—Estoy intentando arreglar mi vida.

Lo abrió.

Leyó el título.

Y empezó a reírse.

Fuerte.

Muy fuerte.

Varias personas miraron.

—¿Manual para no arruinar tu vida? —dijo entre carcajadas—. Amigo… llegaste tarde como diez años.

—Gracias por el apoyo emocional.

—No, en serio… esto está buenísimo. ¿Qué sigue? ¿Te vuelves millonario en un mes?

—Solo quiero mejorar un poco.

Marcos dejó de reír lentamente.

Me miró.

Y su expresión cambió.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Silencio.

Luego asintió.

—Ok… eso sí es nuevo.

—¿Por qué?

—Porque normalmente solo dices que quieres cambiar… y luego no haces nada.

Eso dolió un poco.

Porque era verdad.

Ese día tomé una decisión importante.

Una decisión que parecía buena en mi cabeza… pero que en la práctica resultó ser una de las peores ideas posibles.

Regla 2 del cuaderno:

Aprende habilidades que te den dinero.

Pensé:

“Necesito trabajo.”

No tenía experiencia real.

No tenía muchas habilidades especiales.

Pero tenía motivación.

Y aparentemente eso era suficiente para convencerme de hacer algo impulsivo.

Entré a una cafetería cerca de la universidad.

Me acerqué al mostrador.

—¿Están contratando?

La chica detrás del mostrador señaló un letrero.

“Se busca personal.”

Perfecto.

Cinco minutos después estaba hablando con el encargado.

Diez minutos después…

Tenía una entrevista improvisada.

Veinte minutos después…

Tenía trabajo.

Salí del lugar con una mezcla de emoción y terror.

—¿Qué hice? —murmuré.

No lo sabía en ese momento.

Pero acababa de complicar mi vida bastante.

Tres días después fue mi primer turno.

Error número uno:

Pensé que sería fácil.

Error número dos:

Pensé que aprendería rápido.

Error número tres:

Subestimé completamente el caos de una cafetería llena.

—¡Mesa cuatro!
—¡Dos capuchinos!
—¡Falta una orden!
—¡Daniel, mueve eso!

Todo era ruido.

Movimiento.

Presión.

Intentaba recordar instrucciones mientras mi cerebro entraba en pánico.

Y entonces pasó.

El momento.

El evento que iba a perseguirme mentalmente durante semanas.

Una bandeja.

Tres cafés.

Un tropiezo.

Y una chica.

El café cayó directo sobre su camisa.

Silencio absoluto.

Mi corazón dejó de funcionar.

Levanté la vista lentamente.

Y vi su cara.

Era Valeria.

Quería desaparecer.

Teletransportarme.

Renunciar a la vida.

—Yo… —dije—. Perdón… perdón… lo siento muchísimo…

Ella me miró.

Luego miró su camisa mojada.

Luego volvió a mirarme.

Un segundo.

Dos segundos.

Y de repente…

Se rió.

—Bueno —dijo—. Ahora tengo prueba de que realmente estás intentando cambiar.

No entendí.

—¿Qué?

—Antes no trabajabas aquí.

—Quiero morir —respondí.

Ella volvió a reír.

—Tranquilo. Fue un accidente.

El encargado apareció detrás de mí.

—¿Qué pasó?

—Yo… —empecé.

—Fue culpa mía —dijo Valeria—. Me moví cuando no debía.

La miré sorprendido.

No era cierto.

Pero ella me estaba salvando.

El encargado suspiró.

—Ten más cuidado, Daniel.

—Sí… perdón…

Cuando se fue, Valeria tomó una servilleta.

—Relájate —dijo en voz baja—. Todos arruinamos cosas cuando empezamos algo nuevo.

La frase me golpeó.

Porque no hablaba solo del café.

Hablaba de todo.

Esa noche llegué a casa agotado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.