Manual para no arruinar tu vida (pero ya es tarde)

CAPÍTULO 5 - Cuando descubres que mejorar no te hace menos inseguro

La siguiente semana empezó con una exposición.

Y odio las exposiciones.

No porque no pueda hablar.

Sino porque mi cerebro decide sabotearme justo cuando más necesito que coopere.

El profesor anunció que el proyecto final del semestre sería en equipos de dos.

Y, como si el universo estuviera escribiendo mi historia con cierto sentido del humor…

Valeria giró la cabeza hacia mí.

—¿Equipo?

Tragué saliva.

—Equipo.

Demasiado rápido.

Demasiado automático.

Pero no me arrepentí.

El proyecto era importante.

Valía el cuarenta por ciento de la nota final.

Investigación, análisis, presentación formal frente a toda la clase.

No era algo que se pudiera improvisar.

Y ahí empezó el problema.

Valeria era organizada.

Mucho.

Tenía agenda.

Colores para cada materia.

Recordatorios en el celular.

Yo…

Tenía el cuaderno azul y buena intención.

Nos sentamos en la biblioteca esa misma tarde.

—Podemos dividir el trabajo así —dijo ella, mientras hacía un esquema rápido—. Tú investigas esta parte, yo esta otra, y luego armamos la presentación juntos.

Asentí.

Sonaba fácil.

Parecía manejable.

Hasta que llegué a casa y me senté frente a la laptop.

Abrí el documento en blanco.

Y me quedé mirando la pantalla.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Nada.

No era que no entendiera el tema.

Era esa sensación…

La misma de siempre.

“¿Y si no lo haces bien?”

“¿Y si ella se da cuenta de que no eres tan capaz?”

“¿Y si confirmas que estás atrasado?”

Cerré los ojos.

Respiré.

Intenté empezar.

Escribí un párrafo.

Lo borré.

Escribí otro.

Lo volví a borrar.

Miré el cuaderno azul en el escritorio.

Lo abrí.

Regla 6: No te rindas contigo mismo.

—Estoy intentando —murmuré.

Pero intentar no siempre se siente suficiente.

Dos días después nos volvimos a reunir.

Valeria ya tenía su parte bastante avanzada.

—¿Y tú? —preguntó con una sonrisa tranquila.

Ese tipo de sonrisa que no juzga… pero tampoco es ingenua.

Abrí mi archivo.

Tenía menos de lo que esperaba.

Mucho menos.

Ella lo notó.

No dijo nada al principio.

Solo leyó.

Silencio.

Yo podía sentir mi corazón acelerarse.

Finalmente levantó la vista.

—¿Te costó empezar?

No era una acusación.

Era una pregunta honesta.

Y eso, curiosamente, fue peor.

—Sí —admití.

Ella asintió.

—¿Por falta de tiempo o por otra cosa?

Pensé en mentir.

Decir que el trabajo.

El cansancio.

Las clases.

Pero no.

—Porque siento que no soy tan bueno como debería.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Valeria se quedó en silencio unos segundos.

Luego cerró su laptop.

—¿Sabes qué es curioso? —dijo—. Yo pienso lo mismo casi todo el tiempo.

La miré.

—No te creo.

—Es verdad. Solo que yo respondo trabajando más. Tú te bloqueas.

Eso me dejó callado.

No era cruel.

Era claro.

—No quiero que pienses que no me importa —dije finalmente.

—No lo pienso.

—Entonces…

—Entonces deja de dudar tanto de ti cuando estás frente a la pantalla.

Su tono no era molesto.

Era firme.

Y extrañamente… confiado.

Como si realmente creyera que podía hacerlo mejor.

Y eso me descolocó.

Porque yo todavía no estaba seguro.

Esa noche trabajé hasta tarde.

No porque estuviera motivado.

Sino porque estaba cansado de sentir que me quedaba corto.

Escribí.

Borré menos.

Pensé menos.

Hice más.

Cuando terminé, no era perfecto.

Pero era sólido.

Y eso era suficiente.

El día de la exposición llegó más rápido de lo que esperaba.

El salón estaba lleno.

El profesor sentado al frente.

Varios equipos ya habían pasado.

Algunos buenos.

Otros desastrosos.

Valeria me miró antes de levantarnos.

—Respira.

—Eso intento.

—No eres el único que está nervioso.

Asentí.

Caminamos al frente.

Conectamos la presentación.

Empezamos.

La primera parte fue de ella.

Clara.

Segura.

Ordenada.

Luego me tocó a mí.

Y ahí apareció de nuevo esa presión en el pecho.

Pero esta vez era diferente.

No era paralizante.

Era… energía.

Miré a la clase.

Miré a Valeria.

Y empecé a hablar.

No perfecto.

No espectacular.

Pero firme.

Hubo un momento en que olvidé que estaba nervioso.

Estaba explicando algo que entendía.

Algo que había trabajado.

Algo mío.

Cuando terminé, el silencio fue breve.

Luego el profesor asintió.

—Buen análisis.

Nada extraordinario.

Pero suficiente.

Regresamos a nuestros asientos.

Sentí la adrenalina bajar lentamente.

Valeria me miró.

—¿Ves?

—¿Qué cosa?

—No estás tan atrasado como crees.

No supe qué responder.

Porque por primera vez…

Una pequeña parte de mí empezó a considerar que tal vez tenía razón.

Esa noche escribí en el cuaderno:

Día 18: Presentación final.
No fue perfecta.
No me congelé.
No huí.
Tal vez el problema nunca fue mi capacidad… sino mi miedo.

Cerré el cuaderno.

Y mientras me acostaba, entendí algo incómodo:

Mejorar hábitos es difícil.

Pero mejorar la forma en que te ves a ti mismo…

Eso es otra batalla.

Y apenas estaba empezando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.