Manual para no arruinar tu vida (pero ya es tarde)

CAPÍTULO 10 - El tipo de día que no planeas

El turno terminó a las cuatro.

Daniel salió del café con la sensación rara de haber corrido una maratón sin moverse del mismo lugar.

El aire afuera estaba más fresco. El campus estaba lleno de estudiantes que parecían vivir en una versión menos complicada de la realidad.

Grupos riendo.
Gente con mochilas abiertas en el césped.
Parejas discutiendo sobre trabajos que probablemente entregarían cinco minutos antes del plazo.

La vida universitaria normal.

Daniel caminó unos metros y sacó el celular.

Un mensaje nuevo.

Valeria.

“Estoy en la cafetería del campus. Si no estás muerto después del turno, ven.”

Sonrió.

No sabía si era una invitación o una evaluación.

Pero al menos no era silencio.

Caminó hacia el edificio central.

La cafetería universitaria tenía un ambiente completamente diferente al del trabajo.

Aquí nadie exigía rapidez.

Nadie estaba contando errores.

Aquí la gente hablaba demasiado fuerte, se quejaba de profesores y discutía teorías absurdas sobre los exámenes.

Valeria estaba en una mesa cerca de la ventana.

Tenía una bandeja con dos cafés.

Cuando Daniel se sentó, ella deslizó uno hacia él.

—Pensé que ibas a necesitar esto.

—Pensaste bien.

Daniel tomó el primer sorbo y casi suspiró.

—Este sabe mejor cuando no tengo que prepararlo yo.

Valeria sonrió un poco.

—Eso suena muy profundo para alguien que solo está tomando café.

—Estoy lleno de sabiduría barata después de trabajar ocho horas.

Ella lo observó unos segundos.

No parecía evaluarlo.

Solo mirándolo.

—Hoy estuviste menos a la defensiva.

Daniel levantó una ceja.

—¿Eso es un cumplido?

—Es progreso.

—Acepto progreso.

Se quedaron en silencio un momento.

Pero esta vez no era incómodo.

Alrededor de ellos alguien discutía sobre una presentación grupal.

En otra mesa un chico estaba explicando física como si estuviera salvando al mundo.

La normalidad del lugar relajaba todo.

—Marcos me dijo algo hoy —comentó Valeria de repente.

Daniel sintió una pequeña alerta interna.

—¿Algo bueno o algo que me va a dar ansiedad?

—Tranquilo. No es una competencia.

Daniel levantó las manos.

—Prometo no defenderme.

—Eso espero.

Valeria tomó un sorbo de café antes de continuar.

—Dijo que eres de las pocas personas que realmente escuchan en clase.

Daniel parpadeó.

No esperaba eso.

—¿Eso dijo?

—Sí.

—Marcos suele hablar como si estuviera dando una conferencia, así que pensé que nadie notaba a los demás.

Valeria soltó una pequeña risa.

—Créeme, nota más de lo que aparenta.

Daniel apoyó los brazos sobre la mesa.

—Entonces ¿esto es una reunión de evaluación sobre mi desempeño social?

—No exactamente.

—Menos mal.

Ella inclinó la cabeza ligeramente.

—Solo quería asegurarme de algo.

—¿Qué cosa?

Valeria lo miró directo a los ojos.

—Que no estás intentando impresionarme.

Daniel tardó dos segundos en responder.

—Demasiado tarde para eso.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si estuviera intentando impresionarte, hoy habría fingido que todo estaba perfecto.

Eso la hizo quedarse en silencio un segundo.

Luego asintió lentamente.

—Buen punto.

El ambiente se relajó.

Un grupo de estudiantes pasó corriendo por el pasillo persiguiéndose con papeles.

Daniel los miró.

—Extraño cuando mis mayores preocupaciones eran llegar tarde a educación física.

—Eso fue hace como diez años.

—No necesitabas recordármelo.

Valeria sonrió otra vez.

—Entonces dime algo.

—¿Qué?

—¿Por qué empezaste ese cuaderno?

Daniel se recostó un poco en la silla.

No esperaba esa pregunta.

—Supongo que necesitaba… ordenar la cabeza.

—¿Y funciona?

—A veces.

—¿Qué escribiste ayer?

Daniel dudó.

Pero luego recordó su propio mensaje.

No defenderse.

—Que tal vez estoy confundiendo fuerza con silencio.

Valeria no respondió de inmediato.

—Eso es… bastante honesto.

—También es bastante incómodo admitirlo.

—Las cosas importantes suelen ser incómodas.

Daniel la observó un momento.

—¿Siempre hablas como si estuvieras citando un libro?

—Solo cuando estoy ganando la conversación.

Daniel soltó una risa corta.

—Entonces estoy en problemas.

La conversación siguió fluyendo más fácil después de eso.

Hablaron de clases.

De profesores absurdamente exigentes.

De un rumor sobre un examen sorpresa que tenía a medio campus paranoico.

Por un momento, todo fue normal.

Ligero.

Casi divertido.

Pero justo cuando Daniel empezaba a relajarse completamente, su celular vibró sobre la mesa.

Un mensaje del gerente.

Lo abrió.

Y su estómago se apretó.

Valeria lo notó.

—¿Qué pasó?

Daniel levantó la vista.

—Creo que el verdadero problema acaba de empezar.

—Eso suena dramático.

Daniel giró el celular para que ella pudiera leer el mensaje.

“Necesitamos hablar sobre tu puesto mañana. Ven temprano.”

Valeria frunció el ceño.

—Eso no suena bien.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

—No. No suena nada bien.

La tranquilidad de los últimos minutos desapareció lentamente.

El ruido de la cafetería volvió a sentirse más fuerte.

Más real.

Valeria lo observó con calma.

—Entonces mañana lo enfrentamos.

Daniel levantó la mirada.

—¿Lo enfrentamos?

—Te dije que no tenías que hacerlo solo.

Por alguna razón, esa frase hizo que la presión en el pecho se redujera un poco.

No solucionaba el problema.

Pero cambiaba algo.

Por primera vez desde que empezó todo ese caos…




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