El problema de intentar mejorar tu vida es que, al principio, nadie lo nota.
Ni siquiera tú.
El lunes empezó con una sensación rara. No mala… pero tampoco buena. Era como cuando haces ejercicio después de mucho tiempo y todo tu cuerpo está adolorido, pero al mismo tiempo sabes que al menos hiciste algo.
Eso mismo, pero aplicado a la vida.
Me levanté temprano.
No porque estuviera motivado.
Porque mi alarma sonó tres veces y la tercera vez mi cerebro decidió rendirse.
Miré el techo unos segundos.
Pensé en el trabajo.
Pensé en la universidad.
Pensé en Valeria.
Esa última parte fue la que más me incomodó.
Desde la conversación que tuvimos días atrás, algo había cambiado. No estábamos peleados. Tampoco distantes exactamente.
Pero ya no era la misma dinámica ligera de antes.
Ahora había… conciencia.
Conciencia de que lo que decíamos sí importaba.
Y eso, curiosamente, daba más miedo que cualquier discusión.
Me levanté, me preparé algo rápido de comer y salí hacia la universidad.
El campus estaba lleno como siempre. Estudiantes caminando rápido, algunos con cara de sueño, otros discutiendo sobre tareas como si fueran negociaciones diplomáticas.
Yo caminaba con el cuaderno en la mochila.
Ese cuaderno se había convertido en algo raro.
A veces sentía que era una herramienta.
Otras veces… parecía más bien un espejo incómodo.
Entré al edificio de clases y vi a Marcos apoyado contra una pared mirando su celular.
—Mira quién decidió aparecer —dijo apenas me vio.
—Estoy intentando ser responsable.
—Eso dijiste la semana pasada.
—Progreso lento.
—Muy lento.
Nos sentamos en las bancas del pasillo mientras esperábamos la clase.
Marcos me miró unos segundos.
—Te ves menos muerto.
—Gracias… creo.
—Lo digo en serio. Antes parecía que tu alma estaba intentando escapar de tu cuerpo.
—Es el mejor cumplido que me han dado hoy.
Se rió.
—¿Sigues con lo del cuaderno ese?
—Sí.
—¿Funciona?
Pensé un segundo.
—No sé si funciona… pero al menos ahora soy consciente de lo mal que estaba haciendo algunas cosas.
—Eso suena deprimente.
—Un poco.
—Pero útil.
Asentí.
La clase pasó relativamente rápido. Para mi sorpresa, logré concentrarme más de lo normal.
No perfecto.
Pero mejor.
Pequeños avances.
Cuando salimos, Marcos me golpeó el hombro.
—Cafetería.
No era una pregunta.
Era una orden.
Y honestamente… tampoco tenía ganas de volver a casa todavía.
La cafetería estaba llena como siempre.
Olor a café barato, conversaciones mezcladas, estudiantes ocupando mesas como si fueran territorios estratégicos.
Pedimos algo simple y buscamos una mesa.
Y ahí fue cuando la vi.
Valeria estaba sentada al fondo, con su laptop abierta y un par de libros alrededor.
Concentrada.
Siempre concentrada.
Sentí ese pequeño golpe interno que últimamente aparecía cada vez que la veía.
Marcos siguió mi mirada.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Di lo que ibas a decir.
—Nada, solo… interesante.
—¿Qué es interesante?
—Que miras en esa dirección como si estuvieras calculando una órbita.
Lo ignoré.
Tomé mi café.
Intenté actuar normal.
No funcionó.
Valeria levantó la vista.
Nuestros ojos se cruzaron por un segundo.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Ella hizo un pequeño gesto con la mano.
No exagerado.
No incómodo.
Solo un saludo.
Le devolví el gesto.
Marcos me miró con una sonrisa sospechosa.
—Esto va a ser divertido.
—Cállate.
—Solo digo que antes te habrías escondido detrás del menú.
No tenía forma de negar eso.
Terminamos el café y Marcos se fue a otra clase.
Yo me quedé un momento más.
Miré hacia donde estaba Valeria.
Seguía trabajando.
Concentrada.
Respiré hondo.
Y por primera vez en mucho tiempo… decidí no pensar demasiado.
Me levanté y caminé hacia su mesa.
—Hola.
Ella levantó la vista.
—Hola.
Su tono era tranquilo.
Ni distante ni demasiado cercano.
Normal.
Curiosamente eso me puso más nervioso.
—¿Interrumpo?
—Un poco.
—Perfecto.
Eso la hizo sonreír.
—¿Qué necesitas?
Me senté frente a ella.
—Nada importante.
—Entonces definitivamente interrumpes.
—Lo sé.
Silencio corto.
Pero no incómodo.
Eso ya era una mejora.
—¿Cómo va el trabajo? —preguntó.
—Sobreviviendo.
—Eso suena familiar.
—Estoy intentando hacerlo mejor.
Ella me observó unos segundos.
No como alguien que juzga.
Más bien como alguien que está evaluando si creer o no.
—¿Intentando… o haciéndolo?
—Intentando hacerlo.
—Eso suena más honesto.
Asentí.
—Estoy descubriendo algo raro.
—¿Qué?
—Mejorar tu vida es… incómodo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Sí.
—Nadie habla de eso.
—Porque no vende tanto como las historias de éxito rápido.
—Exacto.
Se recostó un poco en la silla.
—Pero la incomodidad es buena señal.
—¿Por qué?
—Porque significa que estás haciendo algo diferente.
Pensé en eso.
Tenía sentido.
—Antes todo era más fácil —dije.
—¿En qué sentido?
—No pensar demasiado. No intentar cambiar. Solo… existir.
—Eso no suena tan fácil.
—Era más simple.
—Simple no siempre significa mejor.
Silencio.
De esos silencios donde tu cerebro procesa cosas que no esperaba procesar hoy.
—Oye —dijo ella después—.
—¿Sí?
—Me alegra que hayas venido a hablar.
Eso me tomó por sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque la mayoría de la gente evita las conversaciones incómodas.