Daniel no recordaba haberse quedado dormido tan rápido la noche anterior.
Después de llegar del trabajo, cansado y con la cabeza llena de pensamientos, había abierto el viejo cuaderno una vez más. Ese cuaderno que había encontrado por casualidad días atrás, escondido entre cajas viejas de su apartamento.
El cuaderno que él mismo había escrito cuando tenía quince años.
Manual para no arruinar mi vida.
Todavía le parecía absurdo que su versión adolescente hubiera escrito algo así.
Pero lo más extraño no era el título.
Lo más extraño era que muchas de esas reglas… tenían sentido.
La noche anterior había estado leyendo varias páginas más. Algunas reglas eran simples. Otras parecían escritas por alguien más sabio que un chico de quince años.
Pero Daniel estaba demasiado cansado para pensar demasiado en eso.
En algún momento cerró el cuaderno.
Y se quedó dormido.
Ahora, a la mañana siguiente, el sonido del despertador estaba sonando desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
Daniel abrió los ojos lentamente.
—Cinco minutos más…
Miró el celular.
Y entonces se sentó de golpe en la cama.
—¡Mierda!
8:47 a.m.
Su clase empezaba a las nueve.
Saltó de la cama tan rápido que casi se tropezó con una pila de ropa en el suelo. Abrió el cajón buscando algo limpio que ponerse.
Mientras lo hacía, el cuaderno cayó al suelo.
Daniel se quedó quieto un momento.
Lo miró.
Durante los últimos días había empezado a hacer algo extraño: cada vez que tenía tiempo libre, abría el cuaderno y leía otra regla.
No lo hacía porque creyera realmente que el cuaderno podía arreglar su vida.
Lo hacía porque… bueno…
Era curioso.
Se agachó, lo recogió y lo abrió rápidamente mientras todavía buscaba su mochila.
Había una regla que había leído la noche anterior.
Regla #5:
Si empiezas el día corriendo, probablemente pasarás todo el día tropezando.
Daniel suspiró.
—Genial.
Miró el reloj otra vez.
—Ya empezamos mal.
Guardó el cuaderno dentro de la mochila, se puso la primera camiseta decente que encontró y salió del apartamento casi corriendo.
Diez minutos después estaba exactamente haciendo lo que la regla había dicho.
Corriendo.
Literalmente corriendo por la calle hacia la universidad.
—Esto es culpa tuya… —murmuró Daniel entre respiraciones—. ¿Por qué tuve que leerte anoche?
Cuando finalmente llegó al campus, estaba sudando como si hubiera corrido una maratón.
Entró al edificio justo cuando el profesor estaba cerrando la puerta del salón.
Daniel frenó frente a él.
—Profe… espere…
El profesor lo miró con una expresión que mezclaba cansancio y decepción.
—Daniel.
No era una pregunta.
Era una advertencia.
—Tráfico —dijo Daniel, todavía sin aire—. Y… un perro… y…
El profesor suspiró.
—Entre.
Daniel entró rápidamente al salón.
Mientras caminaba entre las filas de asientos, vio a Valeria sentada en la segunda fila.
Ella levantó la vista.
Y sonrió.
Daniel casi tropieza con una mochila en el suelo.
Logró sentarse junto a ella.
Valeria inclinó un poco la cabeza.
—Pensé que no vendrías hoy.
—Estuve cerca de no venir —admitió Daniel.
—¿Otra noche larga?
Daniel pensó en el cuaderno.
En las reglas.
En cómo su yo de quince años parecía conocerlo demasiado bien.
—Algo así.
Valeria lo miró con curiosidad.
—Últimamente pareces… diferente.
—¿Diferente cómo?
—No sé.
Ella pensó un momento.
—Como si estuvieras intentando ordenar algo en tu vida.
Daniel soltó una pequeña risa.
—¿Se nota tanto?
—Un poco.
El profesor empezó a explicar algo sobre el proyecto de la clase, pero Daniel apenas estaba escuchando.
En su cabeza seguía dando vueltas la regla del cuaderno.
Si empiezas el día corriendo…
Miró sus zapatos.
Literalmente todavía estaba recuperando el aliento.
—Maldita sea… —murmuró en voz baja.
Valeria lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Daniel.
—¿Sí?
—Estás hablando solo.
—Es un nuevo hábito.
Valeria rió en silencio.
Después de la clase, ambos salieron del salón.
Valeria guardó sus cosas en la mochila.
—¿Tienes trabajo hoy?
Daniel hizo una mueca.
—Sí.
—Entonces deberías irte ya.
—¿Por qué?
—Porque si te quedas hablando conmigo otra media hora… vas a llegar tarde otra vez.
Daniel se quedó pensándolo.
…tenía razón.
—Eso suena sospechosamente como un consejo inteligente.
Valeria sonrió.
—A veces tengo esos momentos.
Daniel dudó un segundo.
—Últimamente estoy leyendo algo… que dice cosas parecidas.
—¿Un libro?
Daniel pensó en el cuaderno.
En la portada gastada.
En la letra que reconocía como suya.
—Algo así.
Valeria lo miró divertida.
—Misterioso.
—Ni yo mismo lo entiendo todavía.
Valeria empezó a caminar hacia el pasillo.
—Bueno, señor misterioso… yo tengo otra clase.
—Claro.
Antes de irse, ella se detuvo un momento.
—Por cierto.
Daniel levantó la mirada.
—¿Sí?
—Me gusta esta nueva versión tuya.
—¿Nueva versión?
—La que parece que está intentando no arruinar su vida.
Daniel parpadeó.
—Estoy trabajando en eso.
Valeria sonrió una última vez y se fue por el pasillo.
Daniel se quedó ahí unos segundos.
Luego sacó el cuaderno de la mochila.
Miró la página de la Regla #5.
—Tal vez… debería empezar a tomarte en serio.
En ese momento, su celular vibró.
Mensaje de Marcos.
"Bro. Problema."
Daniel frunció el ceño.