Daniel llegó al trabajo con la misma sensación que tienes cuando sabes que algo salió mal… pero todavía no sabes qué tan mal.
El lugar donde trabajaba no era exactamente el trabajo de sus sueños. Era una pequeña cafetería moderna cerca de la universidad donde los estudiantes iban a estudiar, hablar y fingir que entendían sus tareas.
Daniel empujó la puerta.
La campanita sonó.
Y en ese mismo segundo supo que algo estaba mal.
El lugar estaba demasiado silencioso.
Demasiado.
Marcos estaba detrás del mostrador.
Y tenía la cara de alguien que había tomado muchas malas decisiones en muy poco tiempo.
Daniel dejó su mochila en una silla.
—Ok… —dijo lentamente—. ¿Qué rompiste?
Marcos levantó la mirada.
—Primero que nada… hola.
—Marcos.
—Sí.
—¿Qué rompiste?
Marcos señaló lentamente hacia una esquina del local.
Daniel giró la cabeza.
Y vio el desastre.
La nueva máquina de café.
La máquina cara.
La máquina extremadamente cara.
Estaba apagada.
Había café derramado por todas partes.
Y un panel abierto como si alguien hubiera intentado operarla con herramientas que claramente no entendía.
Daniel se quedó en silencio.
—…
Luego miró a Marcos.
—¿Qué hiciste?
Marcos levantó las manos.
—En mi defensa… intenté arreglarla.
—¿Arreglarla?
—Sí.
—¿Sabes arreglar máquinas de café?
—No.
—Entonces ¿por qué intentaste?
Marcos suspiró.
—Porque primero la rompí.
Daniel se pasó la mano por la cara.
—Perfecto.
En ese momento apareció el jefe desde la parte de atrás.
El jefe era uno de esos hombres que no gritaban mucho… pero cuando hablaban todos se ponían tensos.
—Daniel.
—Jefe.
—Llegas justo a tiempo.
Eso nunca era buena señal.
El jefe señaló la máquina.
—¿Sabes algo de máquinas de café?
Daniel miró la máquina.
Miró el desastre.
Miró a Marcos.
Luego volvió a mirar al jefe.
—Lo suficiente para saber que eso no debería verse así.
El jefe suspiró profundamente.
—Bien.
Se cruzó de brazos.
—Entonces tenemos un problema.
Daniel miró a Marcos otra vez.
Marcos estaba mirando el suelo como si quisiera desaparecer.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó Daniel.
Marcos habló sin levantar la cabeza.
—La máquina empezó a hacer un ruido raro.
—Ajá.
—Entonces pensé que podía arreglarla.
—Marcos.
—Sí.
—Tú no puedes arreglar ni una tostadora.
—Lo sé ahora.
El jefe volvió a hablar.
—La máquina costó más que el salario de ustedes dos juntos durante varios meses.
Daniel cerró los ojos.
Ese día realmente estaba cumpliendo la profecía del cuaderno.
Si empiezas el día corriendo… probablemente pasarás todo el día tropezando.
El jefe respiró hondo.
—Voy a llamar al técnico.
—Ok —dijo Daniel.
—Mientras tanto, ustedes dos van a limpiar todo esto.
Daniel asintió.
—Claro.
El jefe regresó a la oficina.
Silencio.
Daniel miró a Marcos.
Marcos miró a Daniel.
—…
—Te voy a matar —dijo Daniel.
—Lo sé.
—Te dije que no tocaras esa máquina.
—No pensé que fuera tan complicada.
—Tiene veinte botones.
—Sí, bueno… parecía más fácil.
Daniel agarró un trapo y empezó a limpiar el café del suelo.
—Esto es increíble.
—Oye —dijo Marcos.
—¿Qué?
—Al menos ahora tenemos una buena historia.
Daniel lo miró.
—No.
—Sí.
—No tenemos una buena historia.
—Sí la tenemos.
Marcos levantó una ceja.
—El día que casi destruimos una cafetería.
Daniel siguió limpiando.
—El día que tú casi destruiste una cafetería.
—Detalles.
Después de unos minutos de limpiar el desastre, el ambiente empezó a relajarse un poco.
Marcos apoyó los codos en el mostrador.
—Oye.
—¿Qué?
—¿Qué tal te fue hoy en la universidad?
Daniel pensó en la clase.
En Valeria.
En su sonrisa.
—Normal.
—¿Normal normal… o normal con Valeria?
Daniel lo miró.
—Cállate.
Marcos sonrió.
—Sabía.
—No pasó nada.
—Eso dicen todos antes de que pase algo.
Daniel negó con la cabeza.
—Solo hablamos.
—Claro.
—Marcos.
—Sí.
—Concéntrate en no destruir más cosas.
Marcos levantó las manos.
—Prometo que no tocaré más máquinas hoy.
En ese momento la puerta de la cafetería se abrió.
Entraron varios estudiantes de la universidad.
Daniel levantó la mirada automáticamente.
Y entre ellos vio a alguien que reconoció.
Valeria.
Ella caminó hacia el mostrador.
Miró el desastre.
Miró a Daniel.
Luego miró la máquina rota.
—…
—No preguntes —dijo Daniel inmediatamente.
Valeria levantó una ceja.
—¿Ustedes rompieron la máquina?
Marcos respondió rápido.
—Técnicamente… sí.
Daniel lo miró.
—¿Técnicamente?
Valeria cruzó los brazos.
—¿Qué pasó?
Daniel suspiró.
—Día complicado.
Valeria sonrió un poco.
—Te dije que si empezabas el día corriendo…
Daniel abrió los ojos.
—Espera.
—¿Qué?
—Eso es exactamente lo que dice una regla que leí anoche.
Valeria se rió.
—Entonces tal vez deberías escuchar más ese cuaderno misterioso.
Daniel pensó en eso.
Tal vez tenía razón.
Tal vez ese cuaderno no era solo un recuerdo tonto de su yo adolescente.
Tal vez…
Era una advertencia.
Mientras limpiaba el desastre del café, Daniel pensó algo que no había pensado antes.
Tal vez el problema no era que su vida estuviera arruinada.
Tal vez el problema era que todavía estaba aprendiendo a no arruinarla.