El lunes en la universidad empezó relativamente normal.
Lo cual, para Daniel, ya era una victoria.
No llegó tarde.
No estaba corriendo.
Y nadie había roto ninguna máquina de café esa mañana.
De hecho, mientras caminaba por el campus con su mochila al hombro, recordó otra vez la Regla #5 del cuaderno.
Si empiezas el día corriendo, probablemente pasarás todo el día tropezando.
Miró el reloj.
Llegaba diez minutos temprano a clase.
—Mira eso… —murmuró—. Progreso.
Entró al edificio y se dirigió al salón.
Cuando abrió la puerta, vio a Valeria sentada como siempre en la segunda fila.
Pero esta vez no estaba sola.
Había un chico sentado a su lado.
Daniel no lo conocía.
Alto.
Cabello bien arreglado.
Ropa cara.
Y, peor aún, parecía demasiado seguro de sí mismo.
Daniel frunció el ceño.
Caminó hacia su asiento.
Valeria levantó la mirada.
—¡Daniel!
Sonrió.
Ese pequeño gesto mejoró su humor… un poco.
—Hola.
El chico a su lado también lo miró.
Valeria habló:
—Daniel, él es David.
—Mucho gusto —dijo David, extendiendo la mano.
Daniel la estrechó.
—Igualmente.
Pero algo en la forma en que David sonreía… era demasiado perfecto.
Como esas personas que parecen protagonistas de su propia película.
Valeria continuó:
—David se transfirió este semestre. Está en varias de nuestras clases.
Daniel asintió.
—Ah.
David habló con calma.
—Valeria me estaba contando sobre algunos proyectos del semestre pasado.
Daniel levantó una ceja.
—¿Ah sí?
Valeria sonrió.
—Sí. Le conté del proyecto donde casi nos reprobamos.
Daniel rió.
—No fue culpa mía.
—¡Sí fue!
—¡El experimento explotó!
—Porque tú mezclaste cosas que no debías.
David los observaba divertido.
—Parece que ustedes dos tienen historia.
Valeria respondió rápido:
—Somos amigos desde hace tiempo.
Daniel sintió algo extraño en el estómago.
No sabía exactamente qué era.
Pero no le gustaba.
El profesor entró al salón.
La clase empezó.
Pero Daniel se dio cuenta de algo rápidamente.
David era muy bueno.
Respondía preguntas.
Participaba.
Parecía entender todo.
Y los profesores lo miraban con esa expresión de aprobación que Daniel conocía demasiado bien.
El estudiante perfecto.
En medio de la clase, el profesor anunció algo.
—Este semestre tendremos una competencia académica entre grupos.
Los estudiantes empezaron a murmurar.
El profesor continuó:
—Será un proyecto importante. Los mejores equipos recibirán recomendaciones para prácticas profesionales.
Eso llamó la atención de todos.
Luego el profesor empezó a formar grupos.
—Daniel… Valeria… David… ustedes tres estarán en el mismo equipo.
Daniel parpadeó.
Valeria sonrió.
David asintió con confianza.
—Perfecto.
Daniel pensó:
Esto puede salir muy bien… o muy mal.
Después de la clase, los tres salieron juntos al pasillo.
Valeria parecía emocionada.
—Esto va a ser divertido.
Daniel preguntó:
—¿Divertido?
—Sí. Me gustan estas competencias.
David sonrió.
—A mí también.
Luego miró a Daniel.
—Espero que te gusten los retos.
Daniel cruzó los brazos.
—Depende del reto.
Valeria intervino rápidamente.
—Ok, ok… calma, chicos.
David rió.
—Solo estoy bromeando.
Daniel no estaba completamente convencido.
Caminaron un poco más por el pasillo.
Valeria habló:
—Deberíamos reunirnos esta semana para empezar el proyecto.
David respondió:
—Yo estoy libre mañana en la tarde.
Luego miró a Daniel.
—¿Y tú?
Daniel pensó en su trabajo.
—Salgo del trabajo a las seis.
—Perfecto —dijo Valeria—. Podemos reunirnos después.
David asintió.
—Me parece bien.
Cuando David se despidió y se fue por otro pasillo, Daniel y Valeria siguieron caminando.
Valeria lo miró.
—¿Qué?
Daniel levantó una ceja.
—¿Qué qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que haces cuando algo no te gusta.
Daniel suspiró.
—No me cae bien.
Valeria se rió.
—Lo conociste hace diez minutos.
—Exacto.
—Daniel.
—¿Sí?
—No todo es una competencia.
Daniel pensó un momento.
—Excepto cuando literalmente es una competencia.
Valeria suspiró.
—Solo intenta llevarte bien con él.
Daniel no respondió.
Esa noche, cuando llegó a su apartamento, abrió el cuaderno otra vez.
Pasó algunas páginas.
Y encontró otra regla.
Regla #7:
No conviertas todo en una batalla. Algunas personas no son tus enemigos.
Daniel se quedó mirando la frase.
Luego recordó la sonrisa confiada de David.
Cerró el cuaderno.
—Sí… —murmuró—.
—Eso lo veremos. 😅