Hay personas que llegan a tu vida de manera tranquila.
Como una canción suave de fondo.
Como lluvia ligera en una tarde cualquiera.
Y luego está Alessandro Bianchi.
Alessandro no llegó.
Arrasó.
La primera vez que lo vi pensé dos cosas: que era el hombre más insoportablemente atractivo que había conocido… y que definitivamente era una mala idea.
Debí hacerle caso a esa segunda parte.
Pero, claro, nadie nunca le hace caso a las advertencias cuando vienen envueltas en una sonrisa bonita, ojos peligrosos y una voz capaz de convencerte de cualquier estupidez.
Yo tenía una vida relativamente normal. Caótica, sí. Un poco desordenada emocionalmente también. Pero normal. Trabajaba, sobrevivía a mis propias decisiones cuestionables y fingía que sabía hacia dónde iba mi vida.
Entonces apareció él.
Con sus trajes oscuros, su acento italiano irritantemente perfecto y esa costumbre de mirarme como si supiera cosas de mí que ni yo misma entendía todavía.
Desde el principio dejamos algo claro: no nos soportábamos.
O eso intentábamos creer.
Porque hay una línea muy delgada entre odiar a alguien y pensar demasiado en esa persona a las tres de la mañana.
Y Alessandro tenía la mala costumbre de quedarse en mi cabeza más tiempo del permitido.
Por eso hice el manual.
Un manual absurdo, exagerado y completamente necesario para no enamorarme de él.
Regla número uno: no mirarlo demasiado tiempo.
Regla número dos: no dejar que te toque.
Regla número tres: recordar constantemente que Alessandro Bianchi era un desastre vestido de hombre.
Spoiler: rompí todas las reglas.
Y quizá ese fue el inicio de mi problema.
O el inicio de toda mi vida.