Conocí a Alessandro Bianchi un martes lluvioso después de arrojarle café encima a una laptop que probablemente costaba más que mi estabilidad emocional.
Y si voy a ser completamente honesta, creo que desde ese momento mi vida empezó a complicarse.
Todo ocurrió a las ocho con diecisiete de la mañana.
Lo recuerdo porque iba tarde.
Otra vez.
Salí del departamento con el cabello todavía húmedo, una tostada mal hecha en la mano y Natalia gritándome por audio desde el celular.
—Julieta, te juro que si llegas después del profesor esta vez, yo sola voy a fingir que no te conozco.
—No seas dramática.
—Tú eres dramática. Yo estoy cansada.
Sonreí apenas mientras apresuraba el paso entre las personas que caminaban bajo paraguas. La lluvia había dejado las calles húmedas y el aire olía a café recién hecho y pavimento mojado.
Ciudad romántica para cualquiera.
Infierno para alguien que corría con tenis blancos.
—Ya voy —murmuré—. Solo entraré por café.
Natalia soltó una risa incrédula.
—Claro. Porque evidentemente lo que necesitas cuando vas tarde es detenerte.
—Necesito cafeína para sobrevivir socialmente.
—Necesitas terapia.
Colgué antes de responderle y entré rápidamente a la cafetería de la esquina.
El lugar estaba lleno.
Personas trabajando en laptops, parejas desayunando y música suave sonando de fondo. El ambiente era cálido, tranquilo… exactamente el tipo de lugar donde alguien como yo inevitablemente iba a humillarse.
Pedí un latte grande y revisé mi celular mientras esperaba el pedido.
Error.
Porque cuando dijeron mi nombre y me giré demasiado rápido, choqué accidentalmente con alguien que acababa de pasar detrás de mí.
El vaso se inclinó.
Y el café salió disparado directamente hacia una mesa junto a la ventana.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
El tipo de silencio que anuncia una tragedia.
El líquido cayó encima de una laptop abierta.
No unas gotas.
Todo el café.
Completo.
Mi corazón dejó de funcionar.
—No… no puede ser.
La pantalla parpadeó una vez antes de apagarse.
Muerta.
Frente a la mesa, un hombre levantó lentamente la mirada hacia mí.
Y honestamente, el universo pudo haber tenido un poco de compasión y hacer que fuera feo.
Pero no.
Claro que no.
Era alto incluso sentado. Llevaba un suéter oscuro de cuello alto y lentes delgados que le daban un aire peligrosamente elegante. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mano por él demasiadas veces durante la mañana, y una expresión tranquila que contrastaba demasiado con el crimen que acababa de cometer contra su computadora.
Lo peor fueron sus ojos.
Porque no parecía enojado.
Solo… observándome.
Y eso me puso más nerviosa.
—Dios mío —solté rápidamente—. Lo siento muchísimo. Yo no quería… fue un accidente, de verdad.
Dejé mi bolso sobre la silla más cercana y tomé servilletas desesperadamente.
—Creo que acabo de arruinarte la vida.
—No tanto —respondió él con calma.
Su voz tenía un acento suave.
Extranjero.
Perfecto.
Ahora también era atractivo internacionalmente.
—¿Cómo que “no tanto”? —pregunté mientras intentaba secar la laptop inútilmente—. Esa cosa se ve carísima.
Él soltó apenas una sonrisa.
Apenas.
Pero suficiente para desestabilizarme psicológicamente.
—He tenido días peores.
—Yo no. Este definitivamente entró al top tres de mis peores momentos.
Eso hizo que me mirara con un poco más de atención.
Y no sé por qué, pero tuve la sensación de que estaba conteniendo una risa.
—¿Siempre reaccionas así cuando algo sale mal?
—¿Como una persona al borde del colapso?
—Más o menos.
Cerré los ojos un segundo.
—Qué vergüenza.
Escuché una risa baja frente a mí.
No burlona.
Peor.
Genuina.
Cuando volví a levantar la mirada, él seguía observándome con una tranquilidad irritante.
Como si la situación no mereciera entrar en pánico.
Como si yo fuera la única persona en esa cafetería funcionando a base de ansiedad y cafeína.
—Te la voy a pagar —dije finalmente.
—No es necesario.
—Sí es necesario. Las personas mentalmente estables no destruyen laptops ajenas antes de las nueve de la mañana.
Esta vez sí sonrió bien.
Y Dios.
Error gravísimo mirarle la sonrisa directamente.
Porque era de esas sonrisas tranquilas que hacen sentir a una persona demasiado cercana aunque apenas la conozcas.
—Entonces tendré que asumir que normalmente eres mentalmente estable.
—Eso sería muy optimista de tu parte.
Volvió a reírse.
Muy poco.
Pero lo suficiente para que algo extraño se moviera dentro de mi pecho.
Odié eso inmediatamente.
—Julieta.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Tu vaso decía Julieta.
Miré el vaso vacío sobre la mesa y sentí ganas de aventarme contra una pared.
Claro.
Claro que él ya sabía mi nombre.
—Correcto —murmuré—. La criminal del café.
—Alessandro.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Ese es tu nombre o estás intentando sonar interesante?
—Es mi nombre.
Italiano.
Por supuesto que era italiano.
Porque aparentemente mi humillación necesitaba un contexto internacional para ser completa.
—Bueno, Alessandro —dije respirando profundo—, de verdad lo siento.
Él me observó unos segundos antes de responder.
Y por primera vez desde que comenzó todo, su expresión cambió apenas.
Más suave.
Más cálida.
—Tranquila, Julieta —dijo—. Prometo sobrevivir.
Y no sé exactamente qué fue.
Si la manera en que dijo mi nombre.
Su voz tranquila.
O la forma tan natural en que intentó calmarme.