Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 2.

El problema con Alessandro Bianchi

Hay hombres atractivos.

Y luego están los hombres que parecen haber sido creados específicamente para arruinarte la estabilidad emocional.

Alessandro Bianchi pertenecía peligrosamente al segundo grupo.

El problema no era únicamente que fuera guapo.

Era la calma.

La forma en que hablaba sin parecer desesperado por impresionar a nadie. La manera en que te miraba cuando le hablabas, como si realmente estuviera escuchando. Incluso después de que yo acabara de asesinar su laptop frente a toda una cafetería.

Eso no era normal.

Ningún hombre tan atractivo debía tener paciencia.

Y mucho menos conmigo.

—Sigo sintiéndome terrible —murmuré mientras él terminaba de secar inútilmente la computadora.

—Lo superaré.

—Tu laptop claramente no.

Alessandro soltó una risa baja y apoyó la espalda en la silla.

La lluvia seguía golpeando los ventanales de la cafetería, y por alguna razón eso hacía que todo se sintiera extrañamente íntimo. Como si el resto de la ciudad estuviera lejos de nuestra mesa.

Lo cual era ridículo.

Apenas lo conocía.

Y aun así ahí estaba yo, sentada frente a un italiano absurdamente elegante, intentando no pensar demasiado en la forma en que pronunciaba mi nombre.

Fracaso total.

—¿Trabajas aquí cerca? —pregunté más para romper el silencio que por curiosidad.

—A unas calles.

—¿En qué trabajas?

Por un segundo dudó.

Como si estuviera acostumbrado a evitar esa pregunta.

—Soy médico.

Perfecto.

Perfecto.

Porque claramente no bastaba con que fuera atractivo, educado y tuviera voz bonita.

También tenía que salvar vidas.

Mi dignidad abandonó oficialmente el chat.

—Claro que eres médico.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—¿Eso qué significa?

—Que ahora me siento peor por haberte aventado café.

—Creo que exageras un poco.

—No, Alessandro, tú no entiendes. Si esto fuera una película romántica, este sería exactamente el momento humillante que mi cerebro recordaría durante veinte años.

Eso hizo que me observara otra vez de esa manera tan fija que empezaba a ponerme nerviosa.

No intensa.

Solo… presente.

Como si prestarme atención fuera lo más natural del mundo.

—¿Siempre piensas tanto? —preguntó.

Solté una risa corta.

—Todo el tiempo. Es agotador.

—Lo imagino.

Y ahí estuvo otra vez esa sensación extraña.

La de sentirme demasiado cómoda hablando con alguien que acababa de conocer.

Normalmente me tardaba muchísimo en bajar la guardia con las personas. Siempre pensaba demasiado lo que decía, cómo me veía, si estaba siendo rara o incómoda.

Pero con Alessandro la conversación fluía fácil.

Demasiado fácil.

Eso daba miedo.

Un mesero pasó junto a nuestra mesa y Alessandro pidió otro café para él.

Luego me miró.

—¿Quieres otro?

—Después de lo que pasó, siento que debería mantenerme alejada de las bebidas calientes.

Eso lo hizo sonreír de nuevo.

Y honestamente, empezaba a notar algo peligroso: me gustaba hacerlo sonreír.

Muchísimo.

—Puedo correr el riesgo —dijo.

—Qué valiente.

Negó apenas con la cabeza mientras el mesero se alejaba.

Llevaba un reloj plateado elegante y las mangas del suéter ligeramente dobladas. Había algo absurdamente atractivo en lo tranquilo que parecía. Como si jamás levantara la voz. Como si incluso en el caos pudiera mantener el control.

Definitivamente no era mi tipo.

Mi tipo históricamente había sido: hombres emocionalmente inestables con problemas de comunicación y complejo de fantasma.

Alessandro parecía pagar impuestos temprano.

Eso era intimidante.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué haces cuando no destruyes tecnología ajena?

Lo miré ofendida.

—Estoy estudiando diseño editorial.

—¿Te gusta?

La pregunta me tomó desprevenida.

Porque la mayoría de las personas preguntaban cosas por educación. Él sonaba genuinamente interesado en escuchar la respuesta.

—Sí —respondí más suave—. Mucho.

Y sin querer seguí hablando.

Sobre libros.
Portadas.
Tipografías.
Cómo siempre me había gustado la idea de crear algo que hiciera sentir cosas a las personas incluso antes de leer una sola página.

Alessandro no interrumpió ni una vez.

Solo escuchó.

Y Dios.

Qué peligroso era eso.

Cuando terminé de hablar, me di cuenta de que probablemente había hablado demasiado.

—Perdón —murmuré—. Me emocioné.

—No te disculpes por eso.

Lo dijo tan tranquilo que mi pecho se sintió raro otra vez.

El mesero volvió con los cafés y dejé escapar un pequeño suspiro de alivio al ver que Alessandro tomaba el suyo antes que yo.

Medidas preventivas.

—¿Tan poca confianza te tienes? —preguntó divertido.

—Julieta del pasado ya perdió el derecho a manejar líquidos cerca de ti.

—Qué tragedia.

Tomé el café cuidadosamente entre las manos.

—Además, no necesito otro momento humillante hoy.

Él inclinó apenas la cabeza.

—¿Te avergüenzas fácil?

Solté una risa seca.

—Alessandro, me avergüenzo de cosas que hice en secundaria antes de dormir.

Eso lo hizo reír otra vez.

Y ahí estaba el verdadero problema con Alessandro Bianchi.

No era solo que fuera atractivo.

Era que se sentía fácil estar con él.

Como si no tuviera que fingir tanto.

Como si pudiera hablar y equivocarme y aun así él siguiera mirándome con esa calma extraña que me hacía sentir vista en lugar de juzgada.

Y eso…

eso era muchísimo más peligroso que una cara bonita. 💗



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

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