Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 3.

Las personas interesantes siempre vuelven a aparecer

Después de que Alessandro recibió aquella llamada del hospital, pensé que todo terminaría ahí.

Un accidente vergonzoso.
Una conversación inesperadamente agradable.
Y ya.

Dos desconocidos siguiendo con sus vidas.

Eso era lo lógico.

Pero antes de irse, Alessandro tomó una servilleta de la mesa y escribió algo rápidamente.

Luego la deslizó hacia mí.

—Por si vuelves a atacar propiedad privada italiana.

Miré el número escrito y levanté la vista hacia él.

—¿Esto es una amenaza o una invitación?

La esquina de sus labios se levantó apenas.

—Todavía no lo decido.

Y luego se fue.

Así de fácil.

Como si no acabara de dejarme completamente desconcentrada para el resto del día.

—Entonces déjame entender —dijo Natalia esa misma noche mientras me observaba desde mi cama—. ¿Le destruiste la laptop a un italiano guapo y aun así te dio su número?

—No me “dio” su número.

—Julieta, literalmente escribió su número en una servilleta. Eso solo pasa en películas románticas o en relaciones que terminan mal.

Le lancé una almohada.

Natalia la atrapó riéndose.

Mi mejor amiga llevaba años diciendo que mi vida tenía potencial cinematográfico, aunque normalmente se refería a mis desgracias.

—Tal vez solo fue amable.

—Los hombres atractivos no son amables porque sí.

—Qué comentario tan misándrico.

—Y correcto.

Rodé los ojos mientras abría mi laptop sobre las piernas.

Intenté concentrarme en el proyecto pendiente de diseño editorial que tenía que entregar esa semana, pero mi atención seguía regresando involuntariamente a la servilleta sobre mi escritorio.

Alessandro Bianchi.

Incluso su nombre sonaba demasiado elegante.

Lo peor era que ni siquiera había coqueteado realmente conmigo.

No hubo frases ensayadas.
Ni intentos desesperados de impresionarme.

Solo había sido atento.

Y eso resultaba muchísimo más peligroso.

—Te gusta —canturreó Natalia.

—No me gusta.

—Entonces deja de mirar la servilleta como si fuera una carta de amor del siglo XVIII.

Tomé la servilleta y la guardé dentro de un libro antes de volver a mirarla.

—Solo pienso que fue… interesante.

Natalia soltó una carcajada.

—Ay no. Ya valiste.

Los siguientes dos días transcurrieron relativamente normales.

Bueno, tan normales como podían ser cuando un cardiólogo italiano aparecía aleatoriamente en tus pensamientos cada veinte minutos.

Intenté ignorarlo.

De verdad lo intenté.

Pero entonces recordaba la forma tranquila en que me había hablado en la cafetería o cómo parecía escuchar incluso las cosas pequeñas que decía, y mi cerebro volvía a traicionarme.

Muy molesto de su parte.

El jueves por la tarde terminé una clase especialmente agotadora y decidí caminar un rato antes de volver al departamento.

La lluvia finalmente había desaparecido y la ciudad estaba cubierta por esa luz dorada que aparece justo antes del atardecer.

Entré a una librería pequeña cerca de la universidad casi por impulso.

El lugar olía a papel nuevo y café.

Mi tipo favorito de combinación.

Recorrí lentamente los estantes mientras sonaba música suave de fondo. Siempre me habían gustado las librerías silenciosas; tenían algo tranquilo, como si el tiempo avanzara más lento ahí dentro.

Estaba hojeando un libro de diseño de portadas cuando escuché una voz detrás de mí.

—Empiezo a pensar que tienes una obsesión con aparecer donde estoy.

Me giré inmediatamente.

Y ahí estaba Alessandro.

Otra vez.

Llevaba una camisa negra doblada hasta los antebrazos y un abrigo oscuro sobre el brazo izquierdo. Los lentes seguían puestos, aunque ahora tenía el cabello un poco más desordenado que el otro día.

Se veía cansado.

Pero seguía siendo injustamente atractivo.

—Eso es muy gracioso considerando que esta vez yo sí estaba aquí primero —respondí.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Tienes razón. Retiro la acusación.

Cerré el libro lentamente intentando actuar completamente normal.

Fracaso parcial.

—¿También vienes seguido aquí?

—Cuando necesito silencio.

La respuesta me gustó más de lo que debería.

Alessandro dio un vistazo al libro que tenía entre las manos.

—Diseño editorial.

—¿Recuerdas eso?

Me miró como si la pregunta fuera extraña.

—Claro que lo recuerdo.

Y Dios.

No sabía por qué algo tan simple me afectaba tanto.

Tal vez porque la mayoría de las personas olvidaban rápido las pequeñas cosas.

Alessandro no parecía ser así.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué hace un cardiólogo italiano en una librería un jueves por la tarde?

—Escapar del hospital diez minutos antes de volver.

—Suena agotador.

—A veces lo es.

Lo dijo tranquilo, pero había algo cansado en sus ojos.

Por primera vez desde que lo conocí, dejó de parecer perfectamente compuesto.

Y curiosamente eso lo hizo sentirse más cercano.

Más real.

—Entonces definitivamente necesitas café —dije cerrando el libro—. Aunque no sé si debería ofrecerme a acompañarte considerando nuestro historial.

Alessandro soltó una risa suave.

Y esta vez, en lugar de sentir nervios, me descubrí sonriendo antes de poder evitarlo.

Tal vez ese era el verdadero problema.

Que con Alessandro todo empezaba a sentirse demasiado natural. 💗



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

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