Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 4.

Hay personas que hacen que el mundo se sienta más tranquilo

La cafetería estaba a dos calles de la librería.

Y aunque técnicamente había sido idea mía, empecé a cuestionar mis decisiones en el momento exacto en que Alessandro sostuvo la puerta para dejarme entrar primero.

Porque ese tipo de hombres eran peligrosos.

Los hombres atentos.
Los que parecían haber sido educados correctamente.
Los que te hacían sentir cuidada sin esfuerzo.

Fatal para mi estabilidad emocional.

El lugar era pequeño y cálido, con luces tenues y música italiana sonando suavemente de fondo. Alessandro miró alrededor apenas entrar.

—Esto definitivamente parece un sitio que te gustaría.

Lo observé sorprendida.

—¿Y tú cómo sabes qué tipo de lugares me gustan?

Se encogió ligeramente de hombros mientras caminábamos hacia una mesa junto a la ventana.

—Lo imaginé.

No debería ser atractivo que alguien prestara atención a detalles mínimos.

Y aun así…

Muy injusto de su parte.

Nos sentamos frente a frente y, por primera vez desde que lo conocí, sentí el tiempo desacelerarse un poco.

No había lluvia.
Ni cafés volando.
Ni llamadas del hospital.

Solo una conversación tranquila entre dos personas que todavía estaban intentando entenderse.

Una mesera se acercó a tomar la orden.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó Alessandro.

—Algo que no pueda derramarse fácilmente.

Eso hizo que sonriera.

—Creo que ya es momento de superar el incidente de la laptop.

—Nunca me recuperaré completamente.

—Yo sí sobreviví, por si te sirve de consuelo.

Pedimos café y algo de comer, y durante unos segundos se hizo un silencio cómodo entre nosotros.

No incómodo.

Cómodo.

Eso seguía sorprendiéndome.

Normalmente me costaba mucho relajarme con personas nuevas. Siempre sentía que debía medir lo que decía o actuar de cierta manera para agradar.

Con Alessandro no ocurría eso.

Y honestamente no sabía si eso me tranquilizaba o me preocupaba.

—Entonces —dije apoyando el brazo sobre la mesa—, ¿cuánto tiempo llevas viviendo aquí?

—Casi seis años.

—¿Extrañas Italia?

La pregunta hizo que desviara la mirada un instante hacia la ventana.

—Todos los días.

La sinceridad en su voz me tomó desprevenida.

No sonó dramático.
Solo real.

—¿Y por qué te quedaste?

Volvió a mirarme.

—Trabajo. Oportunidades. Costumbre, supongo.

—Eso sonó muy adulto.

—Lo soy.

Solté una pequeña risa.

—Sí, definitivamente lo eres.

Porque Alessandro tenía esa energía imposible de ignorar.

No solo era mayor.

Era estable.

La clase de hombre que parecía saber exactamente qué hacer incluso cuando todo salía mal.

Y quizá por eso me gustaba tanto hablar con él.

Porque yo vivía pensando demasiado las cosas, cambiando de opinión constantemente y sintiéndome un poco perdida la mitad del tiempo.

Alessandro, en cambio, parecía firme.

Como alguien en quien podrías apoyarte sin miedo a que desapareciera.

La mesera volvió con nuestros cafés y Alessandro agradeció con una sonrisa amable antes de acercar mi taza hacia mí.

Ese pequeño gesto tan simple me pareció absurdamente íntimo.

Qué ridícula podía ser una cuando empezaba a notar demasiado a alguien.

—¿Qué? —preguntó de repente.

Parpadeé.

—¿Qué de qué?

—Me estabas viendo mucho.

Sentí calor en las mejillas inmediatamente.

Maldita sea.

—No te emociones. Solo estaba pensando.

—Eso nunca suena bien.

—Estaba intentando descubrir si eres una persona real o si mi mente te inventó después de demasiado estrés universitario.

Alessandro soltó una risa baja.

—¿Y ya llegaste a una conclusión?

Tomé un sorbo de café antes de responder.

—Todavía no. Las personas demasiado perfectas me generan desconfianza.

—Qué alivio. Por un momento pensé que estabas coqueteando conmigo.

Lo miré directamente.

Y ahí estaba otra vez.

Ese humor tranquilo.
Sin esfuerzo.
Como si jamás intentara verse encantador y aun así lo lograra todo el tiempo.

—No necesito coquetear contigo —respondí antes de pensarlo demasiado.

Sus cejas se elevaron apenas.

Mi cerebro tardó aproximadamente dos segundos en comprender lo que acababa de decir.

Perfecto.

Excelente.

Magnífico.

Pero, sorprendentemente, Alessandro no pareció burlarse.

Solo siguió mirándome con esa expresión calmada que empezaba a desordenarme las ideas.

—Entonces eso significa que normalmente hablas así.

—A veces.

—Interesante.

Dios mío.

Necesitaba urgentemente que dejara de decir palabras simples como si tuvieran doble significado.

Desvié la mirada hacia la ventana intentando recuperar algo de dignidad.

La ciudad comenzaba a iluminarse lentamente mientras el cielo se teñía de naranja y azul.

—Extraño esto de Italia —dijo Alessandro de pronto.

Volví a mirarlo.

—¿El café?

—Las conversaciones largas. Sentarte sin prisa con alguien. Comer bien. Escuchar ruido de platos y personas hablando al fondo.

Había algo suave en su voz mientras decía eso.

Algo nostálgico.

Y sin querer imaginé a Alessandro en otra ciudad, caminando por calles antiguas, hablando italiano rápidamente con su familia, entrando a cafeterías como esta donde todos lo conocían.

La imagen se sintió demasiado cercana.

—Suena bonito.

—Lo era.

Por un momento ninguno habló.

Y curiosamente, el silencio no se sintió vacío.

Alessandro jugueteó distraídamente con la cucharita del café antes de volver a verme.

—Me alegra haberte encontrado otra vez.

La frase llegó tranquila.

Natural.

Pero algo en mi pecho se tensó suavemente.

Porque no sonó como un comentario cualquiera.



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

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