Descubrí que Alessandro tenía la costumbre de recordar detalles mínimos.
Y honestamente, eso era más peligroso que cualquier cosa.
Lo noté una semana después, cuando volvió a aparecer en mi vida como si ya perteneciera un poco a ella.
Habíamos empezado a hablar por mensajes después de la librería.
No todo el tiempo.
No de esa manera intensa y desesperada que tienen algunas personas cuando recién conocen a alguien.
Con Alessandro todo era tranquilo.
Natural.
A veces me mandaba una foto rápida del café horrible del hospital con el mensaje:
Necesito demandar a quien hizo esto.
O respondía algo sarcástico cuando yo me quejaba de la universidad a las dos de la mañana.
Y poco a poco, sin darme cuenta, empecé a acostumbrarme a verlo aparecer en mi pantalla.
Eso probablemente ya era una mala señal.
Aquella tarde estaba sentada en las escaleras de la facultad esperando a Natalia, intentando terminar una presentación en mi laptop mientras sobrevivía gracias a un café mediocre de máquina.
—Te ves al borde de una tragedia académica —dijo una voz conocida detrás de mí.
Levanté la mirada inmediatamente.
Alessandro.
Llevaba una camisa gris oscura doblada hasta los antebrazos y el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera pasado demasiadas horas trabajando. Tenía el celular en una mano y la expresión cansada más atractiva que había visto en mi vida.
Eso debería ser ilegal.
—Qué miedo tienes para aparecer de la nada —dije cerrando la laptop.
—Tú eres la que parece perseguida por el estrés.
Se sentó a mi lado con naturalidad, como si ya hubiera estado ahí antes.
Y quizá lo más extraño era que no se sintió raro.
Se sintió… bien.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Reunión cerca de aquí.
—¿Empresario importante y además médico? Qué exceso de productividad.
La esquina de sus labios se levantó apenas.
—Intento sobrevivir.
—No sé cómo te da tiempo de vivir.
—No estoy seguro de hacerlo correctamente.
Eso me hizo sonreír un poco.
Había momentos en que Alessandro dejaba salir pequeñas partes más honestas de sí mismo. Cosas simples. Comentarios rápidos.
Y curiosamente, eran esas cosas las que más me gustaban.
—¿Ya comiste? —preguntó de repente.
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
Su mirada bajó automáticamente hacia el vaso de café que tenía entre las manos.
—Eso no cuenta como comida.
—Tiene leche. Técnicamente nutre.
Alessandro suspiró suavemente, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.
—Julieta…
—No me regañes. Soy adulta.
—Una adulta que claramente se alimenta mal cuando está ocupada.
Abrí la boca para defenderme.
La cerré.
Porque desafortunadamente tenía razón.
Eso pareció divertirle un poco.
—Ven —dijo levantándose.
Fruncí el ceño.
—¿A dónde?
—A comer algo de verdad.
—¿Eso fue una orden?
—Una recomendación médica.
Lo miré unos segundos antes de guardar la laptop lentamente.
—Utilizas demasiado bien el hecho de ser doctor.
—Años de práctica.
Caminamos un par de calles hasta un pequeño restaurante italiano escondido entre varios edificios antiguos. El lugar olía a pan recién horneado y especias, y apenas entramos un señor mayor saludó a Alessandro en italiano desde la cocina.
—¿Vienes seguido aquí? —pregunté mientras nos sentábamos.
—Cuando extraño mi casa.
La respuesta me hizo mirarlo un segundo más.
Había algo melancólico en la forma en que hablaba de Italia. Algo suave y contenido al mismo tiempo.
No parecía alguien que compartiera mucho de sí mismo fácilmente.
Y aun así conmigo lo hacía poco a poco.
Eso me gustaba más de lo que quería admitir.
El mesero llegó y Alessandro pidió por ambos después de preguntarme qué me gustaba.
Normalmente habría odiado que alguien decidiera por mí.
Pero curiosamente, él lo hizo de una manera tranquila. Atenta.
Como si realmente estuviera pensando en qué me haría feliz comer.
Muy peligroso.
—Natalia dice que eres sospechosamente perfecto —comenté mientras él servía agua en mi vaso.
Alessandro levantó una ceja.
—¿Sospechosamente?
—Sus palabras, no las mías.
—¿Y tú qué piensas?
Lo observé unos segundos.
La luz cálida del restaurante hacía que sus ojos se vieran más suaves. Más cercanos.
Y por primera vez desde que lo conocí, sentí algo distinto al nerviosismo.
Calma.
Una calma extraña.
—Pienso que eres demasiado atento —respondí honestamente.
Él no apartó la mirada.
—¿Eso es algo malo?
Negué lentamente.
—No. Solo… poco común.
Alessandro permaneció en silencio unos segundos, como si estuviera pensando algo.
Luego habló más bajo.
—Cuando alguien me importa, prefiero que lo note.
Mi corazón se tensó suavemente.
Porque otra vez ahí estaba esa manera de decir cosas simples y aun así dejarme pensando demasiado tiempo en ellas.
Y lo peor era que Alessandro ni siquiera parecía darse cuenta del efecto que tenía. 💗