Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 7.

Alessandro Bianchi empieza a ser un problema real

El trayecto duró aproximadamente veinte minutos.

Veinte minutos en los que descubrí dos cosas importantes sobre Alessandro Bianchi.

La primera: manejar le quedaba ridículamente bien.

La segunda: el silencio con él nunca se sentía incómodo.

La ciudad avanzaba lentamente detrás de las ventanas mientras sonaba música italiana suave en el auto. Alessandro tenía una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, completamente relajado.

Yo intentaba actuar normal.

Intentaba muchísimo.

Pero era difícil cuando acababa de decir:

“¿Y quién dijo que tú no lo estás haciendo?”

como si lanzar bombas emocionales fuera parte de su rutina diaria.

—No deberías decir cosas así mientras conduces —murmuré mirando por la ventana.

—¿Por qué?

—Porque distraes al conductor.

Eso hizo que sonriera apenas.

—El conductor soy yo.

—Exactamente. Muy irresponsable de tu parte.

Alessandro soltó una risa baja.

Y otra vez apareció esa sensación extraña en mi pecho.

La de estar demasiado cómoda.

Demasiado rápido.

El auto se detuvo frente a un restaurante pequeño iluminado con luces cálidas. No era exageradamente elegante ni pretencioso. Se veía tranquilo. Bonito.

Muy Alessandro.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté.

—Vas a comer algo decente por segunda vez esta semana.

Lo miré con incredulidad mientras apagaba el auto.

—¿Siempre eres tan insistente?

—Solo contigo.

Mi corazón decidió dejar de colaborar conmigo.

Excelente.

Entramos al restaurante y varias personas saludaron a Alessandro apenas cruzamos la puerta. Algunas en español, otras en italiano.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Conoces a todo el mundo?

—Vengo seguido.

—Claro. Porque además de perfecto también eres socialmente funcional.

La esquina de sus labios se levantó mientras buscaba una mesa.

—Te molesta mucho que sea funcional, ¿verdad?

—Un poco.

Él rio suavemente antes de apartar una silla para mí.

Y DIOS.

Los hombres que hacen ese tipo de cosas deberían venir con advertencias sanitarias.

Nos sentamos cerca de una ventana mientras afuera empezaban a encenderse las luces de la avenida.

—¿Siempre cenas tan tarde? —pregunté.

—Casi siempre.

—Eso suena triste.

Alessandro apoyó el brazo sobre la mesa observándome con calma.

—Es parte del trabajo.

Había algo distinto en él esa noche.

Seguía tranquilo, pero más cansado.

Más humano.

Ya no parecía solamente el hombre elegante que resolvía todo fácilmente. Había sombras suaves debajo de sus ojos y una tensión ligera en sus hombros que probablemente llevaba horas ignorando.

Y curiosamente, eso me hizo querer acercarme más.

—¿Tuviste un mal día? —pregunté.

Su mirada volvió a mí.

Por un momento pareció sorprendido de que lo hubiera notado.

—Largo —respondió finalmente.

Asentí despacio.

No insistí.

Y creo que eso le gustó.

Porque Alessandro parecía acostumbrado a personas que esperaban demasiado de él todo el tiempo. Respuestas. Soluciones. Fortaleza.

Así que simplemente tomé el menú y cambié ligeramente el tema.

—Necesito que sepas algo importante antes de seguir avanzando esta amistad.

—Eso suena serio.

—Lo es. Soy muy crítica con la pasta.

La expresión cansada de Alessandro cambió apenas.

Ahí estaba otra vez esa pequeña sonrisa.

—¿Ah sí?

—Mi abuela cocina increíble. Mis estándares son altos.

—Julieta, soy italiano.

Lo dijo tan tranquilo que terminé riéndome.

—Dios, eso fue un poquito arrogante.

—Un poquito merecido.

La conversación volvió a fluir fácilmente después de eso.

Sobre comida.
Sobre ciudades.
Sobre películas horribles que a ambos nos daba vergüenza admitir que nos gustaban.

Y en algún momento, sin darme cuenta exactamente cuándo, dejé de sentirme nerviosa.

Solo estaba ahí.

Con él.

Escuchándolo hablar italiano por teléfono unos segundos cuando recibió una llamada rápida del hospital. Viendo cómo se pasaba la mano por el cabello mientras pensaba. Notando la manera en que siempre agradecía a los meseros mirándolos directamente.

Las cosas pequeñas.

Siempre eran las cosas pequeñas.

—¿Qué? —preguntó Alessandro de pronto.

Parpadeé.

—¿Qué de qué?

—Otra vez me estás observando mucho.

Maldita sea.

Bajé la mirada al vaso de agua intentando esconder una sonrisa.

—Estoy analizándote.

—¿Y cuál es el diagnóstico?

Levanté lentamente la vista hacia él.

Y por primera vez desde que lo conocí, no sentí necesidad de esconder completamente lo que pensaba.

—Creo que eres peligrosamente fácil de querer.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue algo peor.

Porque Alessandro dejó de moverse un segundo.

Solo me miró.

Directamente.

Con esa calma suya que empezaba a sentirse demasiado íntima.

Y entonces sonrió apenas.

Suave.

Real.

Como si mi respuesta le hubiera gustado más de lo que esperaba.

—Eso también podría decirlo de ti, Julieta. 💗



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

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