Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 8.

Hay miradas que duran demasiado

Después de aquella cena, Alessandro empezó a aparecer en mi vida con una naturalidad alarmante.

Y lo peor era que yo lo dejaba.

No de forma desesperada ni intensa.

Simplemente… encajaba.

Como si de repente hubiera espacio para él en mis días.

A veces era un mensaje temprano preguntando si ya había desayunado.

Otras, una llamada rápida mientras salía del hospital.

Y algunas veces simplemente aparecía.

Como esa noche.

Natalia y yo acabábamos de salir de una exposición de diseño cerca del centro cuando empezó a llover inesperadamente.

Otra vez.

—Tu vida realmente parece patrocinada por el clima romántico —murmuró Natalia mientras corríamos bajo el techo de un local cerrado.

—Estoy cansada de mojarme emocional y físicamente.

Ella soltó una carcajada justo cuando mi celular vibró.

Alessandro.

Mi corazón reaccionó antes que yo.

Muy molesto de su parte.

Alessandro: ¿Dónde estás?

Julieta: En el centro. Intentando no morir bajo esta lluvia.

Alessandro: Mándame ubicación.

Natalia vio mi pantalla por encima de mi hombro y abrió muchísimo los ojos.

—AY, NO. Ahí viene el italiano proveedor.

—Cállate.

—Julieta, ese hombre te recoge bajo la lluvia. Ya ganaste.

Intenté ignorarla mientras enviaba mi ubicación.

Cinco minutos después, un auto negro se detuvo frente a nosotras.

Y honestamente, Alessandro debería dejar de verse así cuando maneja.

Era poco ético.

Bajó apenas la ventana.

—Buenas noches.

Natalia sonrió inmediatamente.

—Hola, Alessandro.

Él inclinó apenas la cabeza hacia ella antes de volver a mirarme.

Y otra vez ocurrió eso.

Esa sensación extraña de sentir que el resto del ruido desaparecía un poco cuando él me veía directamente.

—Suban —dijo.

Entramos rápidamente al auto mientras la lluvia golpeaba fuerte el techo.

—Voy a empezar a pensar que tienes un radar para encontrarme en situaciones inconvenientes —murmuré acomodándome el cinturón.

—Creo que tú tienes talento natural para meterte en ellas.

Natalia soltó una risa desde el asiento trasero.

Traidora.

El interior del auto estaba cálido y olía ligeramente a su perfume y café. Alessandro llevaba un abrigo oscuro y tenía el cabello apenas húmedo, probablemente por haber salido rápido bajo la lluvia.

Muy injusto que incluso mojado se viera elegante.

—¿Cómo estuvo la exposición? —preguntó mientras avanzábamos entre el tráfico.

—Bien. Había portadas increíbles.

—Y Julieta criticó como cuarenta diseños —agregó Natalia.

—Eso es mentira.

—Literalmente dijiste: “esta tipografía parece hecha por un hombre infeliz”.

Alessandro soltó una risa baja.

—¿Y lo sostienes?

—Completamente.

Él negó suavemente con la cabeza, divertido.

Y Dios.

Me gustaba demasiado cuando parecía relajado así.

Más humano.

Menos perfecto.

El semáforo se puso en rojo y Alessandro giró apenas hacia atrás.

—¿Dónde te dejo primero, Natalia?

—En mi departamento está bien.

Natalia me miró apenas Alessandro volvió la vista al frente.

La conozco desde hace años.

Sé exactamente qué cara pone cuando está a punto de molestar.

Y efectivamente.

—Qué bonito se ven juntos —dijo casualmente.

—Natalia.

—¿Qué? Estoy observando química.

—Estoy conduciendo —comentó Alessandro tranquilamente.

Eso solo la hizo sonreír más.

—Y aun así participas más en el coqueteo que Julieta.

Quise desaparecer.

Alessandro no.

Eso era lo peor.

Solo apoyó una mano sobre el volante y sonrió apenas mientras seguía mirando la calle.

Completamente tranquilo.

Como si escuchar ese tipo de comentarios no le incomodara en absoluto.

Traidor también.

Dejamos a Natalia unos minutos después y, antes de bajar, se inclinó hacia mí con expresión sospechosamente feliz.

—Buenas noches, Julieta. Buenas noches, futuro esposo italiano.

—LÁRGATE.

Ella salió riéndose mientras yo cerraba los ojos de pura vergüenza.

El silencio dentro del auto duró aproximadamente tres segundos.

Luego Alessandro habló.

—¿Esposo italiano?

Me cubrí la cara un momento.

—Voy a asesinarla.

Su risa llenó suavemente el espacio.

Y por alguna razón, escucharla tan cerca hizo que mi pecho se sintiera extraño otra vez.

Más suave.

Más cálido.

—Me agrada Natalia —dijo después.

—Porque no tienes que sobrevivirla diario.

La lluvia seguía cayendo afuera mientras el auto avanzaba lentamente por las calles iluminadas.

Y entonces, en uno de esos silencios tranquilos, Alessandro habló otra vez.

Más bajo esta vez.

—A mí también me gusta pasar tiempo contigo, por si eso ayuda a tu dignidad.

Giré lentamente hacia él.

No parecía bromear.

Sus ojos seguían fijos en el camino, pero había algo sincero en su voz. Algo calmado y seguro que hizo que mi corazón se moviera suavemente dentro de mi pecho.

Y por primera vez desde que lo conocí, no sentí ganas de esquivar lo que estaba pasando entre nosotros.

Solo sonreí un poco mientras miraba la lluvia detrás de la ventana.

Porque empezaba a sospechar algo peligroso.

Alessandro Bianchi ya no se sentía como una coincidencia. 💗



#2440 en Novela romántica
#719 en Otros
#307 en Humor

En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.