Hay momentos pequeños que cambian algo dentro de ti sin hacer demasiado ruido.
No grandes declaraciones.
No escenas dramáticas.
Solo detalles.
Y Alessandro estaba empezando a llenarme la vida de ellos.
La semana siguiente estuvo especialmente pesada en la universidad. Teníamos entregas finales, profesores de mal humor y demasiadas horas sin dormir.
Yo llevaba tres cafés encima y probablemente cero estabilidad mental cuando finalmente salí del edificio de diseño cerca de las nueve de la noche.
El campus estaba casi vacío.
Suspiré cansada mientras buscaba mis audífonos dentro del bolso.
Entonces vi el auto.
Negro.
Estacionado justo frente a la entrada.
Mi corazón reaccionó antes de que pudiera evitarlo.
Alessandro bajó del auto apenas me vio salir.
Llevaba un abrigo oscuro y las mangas de la camisa dobladas. El viento movía ligeramente su cabello mientras caminaba hacia mí con esa calma elegante que empezaba a resultarme peligrosamente familiar.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, aunque una parte de mí ya sonreía.
—Vine por ti.
Así.
Sin esfuerzo.
Como si fuera la respuesta más normal del mundo.
Y honestamente, nadie debería tener permitido decir ese tipo de cosas tan tranquilamente.
—Alessandro, son las nueve de la noche.
—Lo sé.
—¿Y manejaste hasta acá solo para recogerme?
Él frunció apenas el ceño, como si la pregunta fuera extraña.
—Sí.
Mi corazón hizo algo muy inconveniente dentro de mi pecho.
Porque Alessandro nunca parecía actuar como si cuidarme fuera una obligación.
Lo hacía como si realmente quisiera hacerlo.
Y eso era muchísimo más íntimo.
—Debiste avisarme —murmuré mientras caminábamos hacia el auto.
—Quería sorprenderte.
Abrí la puerta lentamente intentando ignorar el efecto ridículo que esa frase tuvo en mí.
El interior del auto estaba cálido y olía a café recién hecho.
Había un vaso en el portavasos del lado del copiloto.
Mi café favorito.
Lo miré inmediatamente.
—¿Eso es para mí?
Alessandro arrancó el auto antes de responder.
—Llevas toda la semana sobreviviendo a base de estrés. Pensé que lo necesitarías.
Lo observé unos segundos en silencio.
Porque ahí estaba otra vez.
Las cosas pequeñas.
Siempre las cosas pequeñas.
—Empiezas a dar mucho miedo —murmuré finalmente.
Una sonrisa suave apareció en su rostro.
—¿Por recordar cómo te gusta el café?
—No. Por recordar absolutamente todo.
El semáforo cambió a rojo y Alessandro giró apenas hacia mí.
Solo un poco.
Lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran.
—Tú también recuerdas cosas de mí.
El problema era que tenía razón.
Recordaba:
Demasiadas cosas para alguien que supuestamente no estaba enamorándose.
Miré rápidamente hacia la ventana.
Cobarde.
—Eso no cuenta.
—¿Ah no?
—No.
—Interesante teoría.
Su tono tranquilo hizo que sonriera sin querer.
La ciudad avanzaba lentamente afuera mientras sonaba música suave en el auto. Alessandro manejaba con una mano sobre el volante y la otra descansando relajadamente cerca de la palanca de cambios.
Y otra vez apareció esa sensación.
La de calma.
Como si estar con él desacelerara un poco el ruido dentro de mi cabeza.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté.
Él soltó un pequeño suspiro.
—Largo.
—¿Hospital?
Asintió.
—Y reuniones después.
Giré ligeramente hacia él.
—¿Nunca descansas?
Alessandro sonrió apenas.
—Estoy descansando ahora.
Mi respiración se trabó un segundo.
Dios mío.
¿Cómo hacía eso?
¿Cómo lograba decir cosas tan simples y aun así dejarme completamente desarmada?
El auto se detuvo frente a mi edificio unos minutos después.
Pero ninguno se movió inmediatamente.
La lluvia comenzaba a caer otra vez sobre el parabrisas mientras las luces de la ciudad brillaban alrededor de nosotros.
Alessandro apagó el motor.
El silencio se sintió distinto esta vez.
Más cercano.
Más lento.
Giré apenas hacia él.
—Gracias por venir por mí.
Él también me miró.
Y ahí estaba otra vez esa manera suya de observarme.
Atenta.
Suave.
Como si nunca tuviera prisa por apartar la mirada.
—Me gusta hacerlo.
Mi corazón definitivamente ya no estaba sobreviviendo a esta situación.
Bajé la vista un instante intentando ordenar mis pensamientos.
Error.
Porque entonces noté algo.
Alessandro seguía sosteniendo el vaso de café que yo ya había terminado hacía varios minutos.
Lo había sujetado automáticamente para que pudiera buscar algo en mi bolso al llegar.
Un gesto pequeño.
Casi invisible.
Pero curiosamente, fue eso lo que terminó de desarmarme.
No la sonrisa.
No la voz.
No lo atractivo que era.
Eso.
La naturalidad con la que me cuidaba.
Como si hacerlo le naciera solo.
Y sinceramente, empezaba a sentir que nadie me había mirado así antes. 💗