Descubrí que extrañar a Alessandro Bianchi era absurdamente fácil.
Y eso empezó a convertirse en un problema.
Todo porque pasó dos días sin verme.
Dos.
Días.
Lo cual, racionalmente, no era mucho.
Las personas adultas trabajaban. Tenían responsabilidades. Vidas completas fuera de una relación que técnicamente todavía ni siquiera era una relación.
Yo entendía eso perfectamente.
Mi estabilidad emocional, aparentemente, no.
El primer día estuvo ocupado en el hospital y apenas hablamos por mensajes.
El segundo desapareció casi por completo.
Solo:
Día complicado. Perdóname.
Y ya.
Lo peor era que ni siquiera podía molestarse conmigo.
No había hecho nada malo.
Aun así, ahí estaba yo, sentada frente a mi laptop un viernes por la noche, fingiendo terminar un proyecto mientras revisaba el celular cada diez minutos como adolescente víctima del amor.
Patético.
—Te ves insufrible —comentó Natalia desde el sofá.
—Gracias. Tu apoyo siempre significa mucho para mí.
Ella dejó el bowl de palomitas sobre la mesa y me observó con sospecha.
—¿Hace cuánto no hablas con el doctor italiano?
—No estoy obsesionada con él.
—Eso no respondió mi pregunta.
Suspiré derrotada.
—Desde ayer en la mañana.
Natalia abrió lentamente la boca.
—Ay no… ya te enamoraste horrible.
—No estoy enamorada.
—Julieta, literalmente tienes cara de protagonista esperando carta de guerra.
Le lancé un cojín.
Ella rio apenas esquivándolo.
—Solo lo extraño un poco —admití finalmente.
Y decirlo en voz alta hizo que todo se sintiera más real de lo que quería aceptar.
Porque sí.
Extrañaba sus mensajes.
Su voz tranquila.
Las conversaciones largas.
La forma en que siempre parecía encontrarme incluso en mis días más pesados.
Extrañaba cómo se sentía estar con él.
Y eso daba miedo.
Mi celular vibró justo en ese momento.
El corazón me dio un salto tan ridículo que Natalia empezó a reírse antes incluso de que revisara la pantalla.
Alessandro.
Mi respiración se detuvo un segundo.
Miré el mensaje varias veces para asegurarme de no haberlo imaginado.
Natalia ya estaba sonriendo como psicóloga viendo un caso perdido.
—VE CON TU HOMBRE ITALIANO.
—No es mi hombre.
—Todavía.
La ignoré mientras me levantaba demasiado rápido del sofá.
Y sí.
Tal vez me arreglé el cabello antes de bajar.
Detalles irrelevantes.
Cinco minutos después salí del edificio y lo vi estacionado frente a la entrada.
Otra vez.
Como si Alessandro tuviera la costumbre de aparecer exactamente cuando más lo necesitaba.
Bajé las escaleras intentando mantener algo de dignidad.
Fracaso parcial.
Porque apenas me vio acercarme, Alessandro sonrió de esa manera suave que automáticamente desordenaba algo dentro de mí.
Llevaba un abrigo negro y tenía el cabello ligeramente húmedo por la lluvia fina que caía sobre la ciudad.
Se veía cansado.
Pero aun así estaba ahí.
—Hola —dijo cuando abrí la puerta del auto.
—Hola.
Y Dios.
Solo escuchar su voz después de dos días hizo que mi pecho se sintiera extrañamente tranquilo otra vez.
Eso definitivamente ya no era normal.
Entré al auto mientras Alessandro volvía a arrancar lentamente.
—¿Cómo estuvo tu día complicado? —pregunté.
Soltó un suspiro pequeño.
—Largo. Mucho trabajo. Casi no dormí.
Lo observé unos segundos.
Tenía ojeras suaves bajo los ojos y una tensión ligera en la mandíbula que normalmente no estaba ahí.
Por primera vez desde que lo conocí, Alessandro parecía agotado de verdad.
—Entonces deberías estar descansando.
Él me miró brevemente antes de volver la vista al camino.
—Prefería verte.
Mi corazón ya sinceramente necesitaba ayuda médica.
Guardé silencio un momento intentando procesar la frase como una persona funcional.
No pude.
—Eres peligrosamente bueno diciendo cosas bonitas sin esfuerzo —murmuré.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—No intento impresionarte, Julieta.
Y lo peor era que se notaba.
Todo en Alessandro se sentía genuino.
Eso era exactamente lo que lo volvía tan difícil de ignorar.
El auto avanzó un par de calles más antes de detenerse frente a un mirador pequeño desde donde podía verse gran parte de la ciudad iluminada.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿A dónde me trajiste?
—Necesitaba respirar cinco minutos antes de volver al hospital.
La respuesta hizo que algo suave se acomodara dentro de mí.
Porque de todas las personas que podía buscar…
había ido por mí.
Bajamos del auto y el aire frío de la noche golpeó suavemente mi rostro. Las luces de la ciudad brillaban abajo mientras la lluvia fina seguía cayendo apenas.
Alessandro apoyó los brazos sobre la baranda del mirador soltando un suspiro largo.
Y entonces pasó algo extraño.
Por primera vez, él parecía necesitar tranquilidad más que yo.
Me acerqué lentamente a su lado.
—¿Fue un día muy malo?
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Perdí a un paciente esta mañana.
Mi pecho se tensó inmediatamente.
Oh.
Giró apenas el rostro hacia la ciudad otra vez.
—A veces olvido cuánto puede cansarte este trabajo.
Había algo vulnerable en su voz.
Muy pequeño.
Muy contenido.
Pero estaba ahí.
Y de repente entendí algo importante sobre Alessandro Bianchi.
Él siempre cuidaba de todos.
Pero probablemente muy pocas personas se detenían realmente a cuidarlo a él.
Sin pensarlo demasiado, acerqué mi mano lentamente sobre la baranda hasta rozar apenas la suya.
Solo un toque pequeño.