El aire frío de la noche seguía moviendo suavemente mi cabello mientras la ciudad brillaba abajo, llena de luces pequeñas y lejanas.
Pero yo apenas podía pensar en eso.
Porque Alessandro seguía mirándome.
No de esa manera intensa que aparece en las películas.
Peor.
Con algo silencioso.
Algo cansado y suave al mismo tiempo.
Mi mano todavía rozaba la suya sobre la baranda del mirador y, por primera vez desde que lo conocía, Alessandro parecía no saber exactamente qué decir.
Eso me sorprendió.
Porque él siempre parecía tener el control de todo.
De sí mismo.
De las situaciones.
De las emociones.
Pero en ese momento se veía… humano.
Más cercano que nunca.
—Lo siento —murmuré finalmente.
Él bajó la mirada un segundo antes de soltar un pequeño suspiro.
—A veces uno cree que se acostumbra —dijo en voz baja—. Pero nunca pasa del todo.
No supe qué responder inmediatamente.
Y sinceramente, no quería arruinar el momento diciendo algo vacío como:
“Todo estará bien”.
Porque claramente no funcionaba así.
Así que solo me quedé ahí con él.
Acompañándolo.
Y curiosamente, Alessandro pareció agradecer más eso que cualquier otra cosa.
El silencio entre nosotros ya no se sentía incómodo.
Se sentía íntimo.
Como si poco a poco estuviéramos aprendiendo a quedarnos incluso en las partes difíciles del otro.
Después de unos segundos, Alessandro soltó una pequeña risa cansada.
—Perdón. No quería traerte aquí para hablar de trabajo.
Giré un poco hacia él.
—No tienes que estar perfecto todo el tiempo conmigo, ¿sabes?
La frase salió suave.
Natural.
Pero algo cambió apenas en su expresión cuando la escuchó.
Como si nadie le dijera eso muy seguido.
La lluvia fina seguía cayendo lentamente alrededor de nosotros.
Alessandro me observó unos segundos antes de hablar.
—Contigo todo se siente… tranquilo.
Mi corazón se apretó suavemente.
Porque lo dijo como alguien que realmente lo necesitaba.
No como coqueteo.
No como una frase bonita.
Como verdad.
Desvié la mirada hacia la ciudad intentando ignorar el efecto que tenía en mí.
Fracaso total.
—Eso es peligroso de decirle a una mujer sensible —murmuré.
Esta vez sí sonrió un poco más.
Y Dios.
Incluso cansado seguía teniendo la sonrisa más bonita que había visto.
—¿Tú eres sensible? —preguntó.
Lo miré ofendida.
—Muchísimo.
—No. Creo que eres más fuerte de lo que aparentas.
La respuesta me dejó callada un segundo.
Porque Alessandro siempre hacía eso.
Veía cosas de mí que otras personas normalmente pasaban por alto.
Y lo peor era que parecía hacerlo sin esfuerzo.
El viento frío sopló más fuerte y automáticamente me abracé un poco a mí misma.
Alessandro lo notó enseguida.
Claro que lo notó.
Sin decir nada, se quitó el abrigo y lo colocó suavemente sobre mis hombros.
El perfume de él me envolvió inmediatamente.
Café.
Madera suave.
Algo limpio y cálido.
Demasiado Alessandro.
—Te vas a congelar tú ahora —protesté.
—Yo estoy bien.
—Eso dicen todos los hombres antes de enfermarse dramáticamente.
Una risa baja escapó de sus labios.
—¿Dramáticamente?
—Sí. Les da gripe y empiezan a despedirse de sus familias.
Eso hizo que se riera de verdad.
Y honestamente, escuchar esa risa después de verlo tan agotado me dio una satisfacción ridículamente cálida.
Como si quisiera proteger esa versión de él también.
Qué peligroso.
Nos quedamos ahí un rato más hablando de cosas pequeñas.
De Italia.
De música.
De cómo yo era incapaz de cocinar arroz correctamente.
—¿Cómo puedes arruinar arroz? —preguntó Alessandro genuinamente confundido.
—No necesito tus juicios italianos ahora mismo.
—Julieta, es arroz.
—El agua y yo tenemos una relación complicada.
Negó con la cabeza riéndose suavemente.
Y ahí estaba otra vez esa sensación.
La calma.
Como si incluso después de un día horrible, Alessandro todavía pudiera encontrar un poco de paz estando conmigo.
Y honestamente…
creo que yo también empezaba a encontrarla con él.
Después de unos minutos, su celular vibró.
Hospital.
Lo noté inmediatamente por cómo cambió ligeramente su expresión.
Alessandro revisó el mensaje y soltó un suspiro pequeño.
—Tengo que volver.
Asentí despacio.
Claro.
La realidad seguía existiendo.
Él guardó el celular en el bolsillo y luego me miró otra vez.
Más suave esta vez.
Más cercano.
—Gracias por venir conmigo.
La manera en que lo dijo hizo que algo se moviera dentro de mi pecho.
Porque entendí que no hablaba solo del mirador.
Hablaba de haberse quedado vulnerable frente a mí.
Y tal vez sin darse cuenta, Alessandro acababa de confiarme una parte de él que casi nadie veía.
Sonreí apenas mientras le devolvía el abrigo.
—Gracias por recogerme otra vez bajo la lluvia, doctor italiano.
Él tomó el abrigo sin apartar la mirada de mí.
Y entonces, muy despacio, dijo:
—Creo que ya me acostumbré a buscarte, Julieta.
Dios mío.
Mi corazón sinceramente ya no iba a sobrevivir este hombre. 💗