Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 12.

Celos, pasta y un comentario peligrosamente específico

—Te estoy diciendo que no necesito ayuda.

—Y yo te estoy diciendo que claramente sí.

—Alessandro.

—Julieta.

Lo miré con cansancio existencial desde la cocina de su departamento mientras sostenía una cuchara de madera como si fuera un arma defensiva.

Todo había comenzado una hora antes, cuando Alessandro mencionó casualmente que no había cenado.

Yo, en un impulso completamente innecesario de dignidad femenina, respondí:

“Entonces yo cocino.”

Grave error.

Porque ahora Alessandro estaba observando cómo intentaba sobrevivir a una receta de pasta mientras claramente perdía la fe en mí como ser humano funcional.

—¿Por qué el agua se ve así? —preguntó acercándose a la estufa.

—¿Así cómo?

—Preocupante.

Solté una risa incrédula.

—Qué dramático eres.

—Soy italiano. Tenemos derechos culturales sobre la pasta.

Eso me hizo reír otra vez.

La cocina olía a tomate, ajo y al perfume suave de Alessandro, que llevaba una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos.

Muy injusto cocinar viéndose así.

—Relájate —dije removiendo la salsa—. Todo está bajo control.

Alessandro apoyó una mano sobre la barra observándome con esa expresión tranquila que siempre parecía debatirse entre divertirse conmigo o cuidarme.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que está a punto de incendiar algo.

—Tienes muy poca fe en mí.

—Julieta, una vez casi quemaste arroz.

—¿POR QUÉ TODOS SIGUEN RECORDANDO ESO?

Su risa llenó suavemente la cocina.

Y honestamente, verlo reírse así ya empezaba a convertirse en una de mis cosas favoritas del mundo.

Qué situación tan peligrosa.

—Ven acá —dijo acercándose finalmente a la estufa.

—¿Qué haces?

—Salvar nuestra cena.

Se colocó detrás de mí para alcanzar la cuchara y mi cerebro dejó de funcionar automáticamente.

Porque Alessandro estaba demasiado cerca.

Su brazo rozó suavemente el mío mientras movía la salsa con tranquilidad absoluta, como si no acabara de alterar químicamente mi sistema nervioso.

—La estás dejando demasiado tiempo —murmuró.

—Ya no puedo pensar correctamente.

Eso hizo que girara apenas el rostro hacia mí.

Y por un segundo nuestros ojos quedaron demasiado cerca.

Muchísimo demasiado cerca.

—¿Por la receta? —preguntó suavemente.

Cobarde como siempre, desvié la mirada primero.

—Sí. Definitivamente por la receta.

La pequeña sonrisa que apareció en sus labios me hizo querer aventarme por la ventana.

Alessandro se alejó apenas después de eso, probablemente porque sí tenía autocontrol.

Qué envidia.

—Pon los platos mientras termino aquí —dijo.

—Eso sí puedo hacerlo sin provocar una tragedia internacional.

—Tengo dudas razonables.

Le saqué la lengua antes de buscar los platos en la cocina.

El departamento de Alessandro se parecía mucho a él: elegante, ordenado y absurdamente tranquilo.

Luces cálidas.
Libros por todas partes.
Música italiana suave sonando de fondo.

Y una sensación extraña de hogar.

Eso último me asustó un poco.

—¿Qué piensas tanto? —preguntó Alessandro sin voltearse.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo sabes que estoy pensando?

—Porque haces silencio cuando estás dentro de tu cabeza.

Maldito hombre perceptivo.

Me apoyé sobre la barra mirándolo terminar la pasta.

—Tu departamento se siente bonito.

Él levantó apenas la mirada hacia mí.

—¿Bonito?

—Sí. Tranquilo.

Alessandro guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Me gusta que te guste.

Y ahí estaba otra vez.

Esa manera de decir cosas pequeñas que se quedaban conmigo demasiado tiempo.

Nos sentamos finalmente a cenar cerca de la ventana de la cocina mientras la ciudad brillaba afuera.

Y honestamente…

la pasta estaba increíble.

Lo cual me molestaba un poco.

—Odio admitirlo —murmuré después del primer bocado.

—¿Qué cosa?

—Que sí sabes cocinar mejor que yo.

Alessandro sonrió con completa satisfacción.

—Gracias.

—No te emociones tanto.

—Nunca superaré esta victoria.

Rodé los ojos mientras seguíamos comiendo.

La conversación pasó de un tema a otro fácilmente: la universidad, el hospital, películas malas, historias vergonzosas de la infancia.

Y por primera vez desde que lo conocía, Alessandro empezó a hablar más de él.

De verdad.

—Cuando tenía quince años quería ser músico —dijo tomando un sorbo de vino.

Parpadeé sorprendida.

—¿Qué?

—Tocaba piano.

—¿TÚ TOCABAS PIANO?

Él soltó una pequeña risa ante mi reacción.

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Porque cada día descubro algo más ridículamente atractivo sobre ti y sinceramente ya estoy cansada.

Eso lo hizo reír de verdad.

Apoyó la cabeza un segundo sobre la mano sin dejar de mirarme.

—Tú también eres peligrosa, ¿sabes?

Mi corazón tropezó ligeramente.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por quemar arroz?

—Por hacer que quiera contarte todo.

El silencio cayó entre nosotros inmediatamente.

Pero esta vez no fue incómodo.

Fue intenso.

Porque Alessandro seguía mirándome de esa manera tranquila y directa que hacía imposible esconderse.

Y por primera vez…

sentí que algo estaba a punto de cambiar entre nosotros. 💗



#2440 en Novela romántica
#719 en Otros
#307 en Humor

En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.