Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 13.

La diferencia entre gustar y empezar a enamorarse

Hay un momento exacto en el que alguien deja de sentirse como una posibilidad divertida…

y empieza a dar miedo.

No miedo malo.

Miedo real.

Del que aparece cuando una persona comienza a importarte demasiado.

Y Alessandro Bianchi estaba empezando a importarme muchísimo.

Lo supe esa noche, sentada en la cocina de su departamento mientras él seguía observándome después de decir:

“Haces que quiera contarte todo.”

El problema con Alessandro era que nunca parecía decir las cosas por decirlas.

Cuando hablaba, hablaba en serio.

Y eso hacía imposible tomarse sus palabras a la ligera.

Intenté ignorar el efecto que tenía en mí tomando otro bocado de pasta.

Fracaso total.

—¿Por qué me miras así? —pregunté finalmente.

La esquina de sus labios se levantó apenas.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras pensando demasiadas cosas.

Alessandro apoyó el brazo sobre la mesa sin apartar la mirada de mí.

—Tal vez lo estoy haciendo.

Perfecto.

Maravilloso.

Excelente para mi presión arterial.

Desvié la vista hacia la ventana intentando recuperar compostura.

La lluvia había vuelto a empezar afuera y las luces de la ciudad se reflejaban suavemente sobre el cristal.

Todo se sentía peligrosamente íntimo.

Muy romance. Muy mala idea para alguien emocionalmente débil como yo.

—Natalia dice que tienes cara de hombre enamorado —solté antes de pensar demasiado.

Alessandro soltó una pequeña risa.

—¿Ah sí?

—Sí. Y honestamente empieza a preocuparme porque normalmente ella tiene razón.

—¿Y qué más dice Natalia sobre mí?

Tomé la copa entre las manos intentando parecer tranquila.

—Que me miras demasiado.

Él no respondió inmediatamente.

Y eso fue peor.

Porque cuando volví a levantar la vista, Alessandro seguía observándome exactamente igual.

Con calma. Sin vergüenza. Sin intención de negarlo.

Mi corazón empezó a comportarse de manera sospechosa.

—Tal vez Natalia también tenga razón en eso —dijo finalmente.

Dios mío.

Necesitaba urgentemente dejar de respirar el mismo aire que este hombre.

Solté una risa nerviosa mientras negaba con la cabeza.

—¿Siempre hablas así de tranquilo o practicas antes?

Eso hizo que sonriera.

—¿Así cómo?

—Como si supieras exactamente lo que provocas en las personas.

Por primera vez en toda la noche, Alessandro pareció pensar un poco antes de responder.

—No me interesa provocarle cosas a muchas personas.

La manera en que dijo muchas hizo que el ambiente cambiara inmediatamente.

Porque entendí perfectamente lo que realmente quería decir.

Y creo que él también supo que lo entendí.

El silencio entre nosotros se volvió más lento.

Más pesado.

No incómodo.

Solo… lleno de algo.

Mi corazón estaba haciendo cosas peligrosas dentro de mi pecho.

—Eso fue muy específico —murmuré bajando la mirada hacia mi plato.

—Tal vez quería que lo fuera.

Ah.

Bueno.

Excelente.

Mi dignidad acababa de abandonar oficialmente el edificio.

Intenté cambiar de tema antes de que mi cerebro colapsara emocionalmente.

—Entonces, señor ex pianista frustrado, ¿qué más escondes?

Alessandro soltó una risa suave, agradeciendo silenciosamente el cambio de dirección.

—No estoy frustrado.

—Claro que sí. Lo vi en tus ojos.

—Qué dramática eres.

—Y tú misterioso. Compénsalo.

Él se quedó observándome unos segundos más antes de responder.

—Sé cocinar.
Hablo tres idiomas.
Odio las aceitunas.

Abrí muchísimo los ojos.

—¿ODIAS LAS ACEITUNAS?

—No me mires así.

—Eres italiano. Esto es culturalmente ofensivo.

Alessandro rio por lo bajo mientras negaba con la cabeza.

—Tu reacción es exagerada.

—No. Estoy descubriendo que nadie es perfecto.

—Qué decepción para ti.

Sonreí apenas mientras apoyaba la barbilla sobre mi mano.

Y entonces pasó algo peligrosamente simple.

Alessandro sonrió de vuelta.

No una sonrisa divertida. No una sonrisa elegante.

Una sonrisa suave.

De esas que aparecen cuando alguien está genuinamente feliz de estar contigo.

Y Dios.

Creo que ahí fue donde empecé a perder completamente la batalla.

Porque por primera vez no pensé en lo atractivo que era.

Pensé en lo bien que se sentía estar ahí con él.

La conversación siguió después de eso.

Más ligera. Más cercana.

Alessandro me contó historias de Italia, de su hermana menor, de cómo aprendió español viendo películas horribles cuando llegó al país.

Yo terminé riéndome tanto que en algún momento me dolía el estómago.

Y en medio de todo eso ocurrió algo importante:

dejé de sentir que estaba intentando impresionarlo.

Simplemente estaba siendo yo.

Y él parecía disfrutar eso más que cualquier otra cosa.

Cuando terminamos de cenar, me levanté para ayudar a recoger los platos.

—Déjalos —dijo Alessandro.

—No voy a dejarte toda la cocina.

—Julieta.

—Alessandro.

Me observó unos segundos antes de acercarse lentamente.

Demasiado lentamente.

Mi respiración se desordenó apenas.

Se detuvo justo frente a mí.

Cerca.

Mucho más cerca de lo necesario.

—Eres muy terca —murmuró.

—Y tú demasiado mandón.

La pequeña sonrisa que apareció en sus labios hizo que mi corazón tropezara otra vez.

Entonces Alessandro levantó una mano suavemente hacia mi rostro.

Solo para apartar un mechón de cabello detrás de mi oreja.

Un gesto mínimo.

Pequeño.

Pero tan delicado que sentí un escalofrío recorrerme entera.

Sus dedos rozaron apenas mi piel antes de apartarse.

Y el silencio que quedó después…



#2440 en Novela romántica
#719 en Otros
#307 en Humor

En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.