Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 14.

Lo que casi pasó en la cocina

El problema con la tensión romántica es que nadie te explica qué hacer cuando finalmente aparece de verdad.

Porque una cosa es fantasear con momentos intensos.

Y otra muy distinta es tener a Alessandro Bianchi parado frente a ti, demasiado cerca, acomodándote el cabello detrás de la oreja como si tocarte fuera lo más natural del mundo.

Mi cerebro dejó de funcionar aproximadamente en ese instante.

Él también lo notó.

Estoy segura.

Porque Alessandro sonrió apenas después de apartar la mano lentamente, como si hubiera sentido exactamente el efecto que tuvo sobre mí.

Fatal.

—¿Por qué sonríes? —pregunté en voz baja.

—Porque te pusiste nerviosa.

Qué horror enamorarse de un hombre observador.

—No estoy nerviosa.

—Claro.

Su tono tranquilo solo empeoró todo.

Seguíamos demasiado cerca.

Yo todavía tenía una mano apoyada sobre la encimera y Alessandro estaba frente a mí con esa calma peligrosa que hacía parecer que nunca se precipitaba en nada.

Ni siquiera en esto.

Y creo que eso era lo que más me desordenaba.

Que no parecía estar jugando.

No había prisa en él. No había ego.

Solo atención.

Toda puesta en mí.

—Deberías dejar de mirarme así —murmuré intentando sonar más estable de lo que me sentía.

—¿Así cómo?

Solté una pequeña risa incrédula.

—Alessandro, sabes perfectamente cómo.

Sus ojos bajaron apenas hacia mis labios un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente para arruinarme psicológicamente.

—Tal vez me gusta mirarte —dijo suavemente.

Dios mío.

Mi corazón estaba atravesando una experiencia religiosa.

Desvié la mirada respirando lento, intentando recuperar algo de dignidad femenina.

Inútil.

Porque Alessandro seguía ahí.

Cerca. Calmado. Peligrosamente hermoso.

Y el silencio entre nosotros ya no se sentía tímido.

Se sentía expectante.

Como si algo estuviera a punto de pasar.

—Esto ya parece una escena de libro romántico —murmuré.

Eso hizo que sonriera un poco más.

—¿Y eso te molesta?

Lo pensé unos segundos.

La verdad era…

no.

Para nada.

Porque estar con Alessandro empezaba a sentirse demasiado fácil.

Demasiado correcto.

Y eso daba miedo.

—Me preocupa mi estabilidad emocional —admití finalmente.

Él soltó una risa baja.

—La mía empezó a preocuparse hace semanas.

Parpadeé lentamente.

—¿Semanas?

—Desde el café, probablemente.

Mi corazón literalmente tropezó dentro de mi pecho.

—¿Estás diciendo que te gusté después de que destruí tu laptop?

—Julieta —dijo mirándome directamente—, creo que me gustaste precisamente por eso.

No sobreviví emocionalmente a esa frase.

Simplemente no.

Lo observé en silencio sintiendo algo cálido expandirse lentamente dentro de mí.

Porque Alessandro no parecía enamorarse de mí a pesar de mis imperfecciones.

Parecía enamorarse también de ellas.

Y sinceramente…

nadie me había hecho sentir así antes.

—Eso es peligrosamente lindo —murmuré.

—¿Lindo?

—No me hagas repetir cosas tiernas. Me da vergüenza.

Él rio suavemente otra vez.

Y fue justo en ese momento cuando el celular de Alessandro empezó a sonar.

Los dos nos quedamos quietos un segundo.

La realidad regresando de golpe.

Alessandro cerró los ojos apenas frustrado antes de sacar el teléfono del bolsillo.

Hospital.

Claro.

Contestó en italiano mientras se alejaba unos pasos hacia la sala.

Yo aproveché esos segundos para respirar como persona funcional nuevamente.

O intentarlo.

Apoyé ambas manos sobre la encimera sintiendo las mejillas calientes.

Dios mío.

Dios mío.

Dios mío.

—Julieta.

Levanté la vista rápidamente.

Alessandro había terminado la llamada, pero ahora tenía esa expresión seria y ligeramente cansada que aparecía cada vez que el trabajo lo alcanzaba otra vez.

—Tengo que irme.

Y aunque intentó decirlo tranquilo, noté inmediatamente la decepción en su voz.

Eso me enterneció más de lo sano.

—Está bien.

Él se acercó otra vez, más despacio esta vez.

Como si dudara de algo.

—Lo siento.

Fruncí un poco el ceño.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque quería quedarme más tiempo contigo.

Mi corazón sinceramente ya no sabía cómo sobrevivir a este hombre.

Sonreí apenas.

—Ve a salvar vidas, doctor italiano.

La tensión en su expresión se suavizó un poco.

Luego tomó mis manos entre las suyas por un instante.

Y Dios.

Ese hombre hacía demasiado con cosas pequeñas.

—Te llevo a casa primero —dijo.

—Alessandro…

—Julieta.

Lo miré unos segundos antes de rendirme.

—Eres insoportable.

—Y aun así sigues aquí.

Muy buen punto.

Demasiado buen punto.

Treinta minutos después estábamos frente a mi edificio otra vez.

La lluvia había regresado suavemente y las luces de la calle iluminaban apenas el interior del auto.

Ninguno parecía tener demasiada prisa por despedirse.

Qué peligroso era eso.

—Entonces… —murmuré jugando distraídamente con la manga de mi suéter— ¿siempre llevas chicas a tu departamento para impresionarlas con pasta italiana?

Alessandro me miró como si la pregunta tuviera trampa.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Mi respiración se desacomodó apenas.

Porque le creí inmediatamente.

Él apoyó un brazo sobre el volante sin apartar la vista de mí.

Y otra vez apareció ese silencio lento entre nosotros.

Ese que cada vez se parecía menos a amistad.

—Buenas noches, Julieta.

La forma en que dijo mi nombre debería estar prohibida.

Sonreí suavemente antes de abrir la puerta.

—Buenas noches, Alessandro.



#2440 en Novela romántica
#719 en Otros
#307 en Humor

En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 02.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.