Lo peligroso de sentirse esperada
Descubrí que después de Alessandro Bianchi, mis días empezaban a dividirse en dos categorías:
cuando estaba con él
y cuando estaba esperando volver a verlo.
Y sinceramente, eso ya era preocupante.
Habían pasado tres días desde la noche en su departamento.
Tres días en los que:
Spoiler: gritó igual.
—¿CASI SE BESAN? —susurró agresivamente desde la cafetería de la universidad.
—No hables tan fuerte.
—¿Cómo quieres que reaccione? ¡Esto ya parece Netflix!
Le lancé una mirada de advertencia mientras removía mi café.
Natalia seguía observándome con emoción descontrolada.
—¿Y después qué pasó?
—Nada. Lo llamaron del hospital.
—Los cardiólogos italianos y sus trabajos arruinando momentos cinematográficos.
No pude evitar reír un poco.
Aunque, honestamente, una parte de mí seguía pensando en eso.
En el “casi”.
Porque había cambiado algo entre nosotros después de esa noche.
Ahora lo sentía más cerca.
Más consciente.
Como si ambos supiéramos perfectamente lo que estaba pasando y aun así ninguno quisiera apresurarlo.
Mi celular vibró justo en ese momento.
Y sí.
Mi corazón reaccionó como idiota otra vez.
Alessandro.
Alessandro: ¿Sigues en la universidad?
Julieta: Tristemente sí.
Alessandro: Ven afuera en diez minutos.
Julieta: Alessandro.
Alessandro: ¿Qué?
Julieta: Me estás acostumbrando muy mal.
Tardó unos segundos en responder.
Luego apareció otro mensaje.
Esa era exactamente mi intención.
Dios mío.
Apoyé la frente sobre la mesa automáticamente.
Natalia empezó a reírse frente a mí.
—Ay no. Ya te perdió completamente.
—Necesito terapia.
—Necesitas besarlo de una vez.
Le lancé una servilleta antes de levantarme.
—No hagas nada divertido sin mí —gritó mientras me alejaba.
—Nunca hago nada divertido.
—TU VIDA ENTERA YA ES DIVERTIDA.
Salí de la cafetería intentando ignorar el calor ridículo en mis mejillas.
La tarde estaba fría y el cielo comenzaba a teñirse de naranja suave sobre los edificios del campus.
Y entonces lo vi.
Apoyado tranquilamente junto a su auto, revisando algo en el celular.
Alessandro levantó la mirada apenas escuchó mis pasos acercarse.
Y otra vez pasó eso.
Esa pequeña pausa silenciosa que siempre parecía ocurrir cuando nuestros ojos se encontraban.
Como si él también sintiera algo.
—Hola —dijo guardando el teléfono.
—Hola.
Se acercó un poco más.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que su perfume me envolviera suavemente otra vez.
Qué peligroso era que ya empezara a reconocerlo inmediatamente.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó.
—Sobreviví a tres exposiciones, dos profesores insoportables y Natalia interrogándome sobre ti.
La esquina de sus labios se levantó.
—¿Y qué conclusión sacó Natalia?
Lo miré directamente.
—Que claramente te gusto muchísimo.
Alessandro no apartó la mirada.
Ni siquiera fingió sorpresa.
Solo sonrió apenas.
Suave.
Seguro.
—Natalia parece inteligente.
Mi corazón sinceramente ya estaba cansado de esta situación.
—Eres insufrible.
—Y aun así viniste.
Otra vez ese maldito argumento perfecto.
Antes de que pudiera responder, Alessandro abrió la puerta del copiloto.
—Tengo hambre —dijo—. Ven a cenar conmigo.
Parpadeé.
—¿Eso fue una invitación o una orden elegante?
—Una petición educada.
Lo observé unos segundos.
Y ahí estaba otra vez esa sensación.
La de sentirme esperada.
Como si Alessandro realmente quisiera compartir partes de su día conmigo.
No por costumbre. No por aburrimiento.
Porque le nacía hacerlo.
Subí al auto intentando actuar normal.
Fracaso parcial.
—¿A dónde vamos? —pregunté mientras él arrancaba.
—A un lugar tranquilo.
—Eso suena sospechosamente misterioso.
—Confía en mí.
Giré lentamente hacia él.
Y Dios.
Qué peligroso era que probablemente sí lo hacía.
El tráfico avanzaba despacio mientras sonaba música italiana suave de fondo.
Alessandro manejaba relajado, con una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de mí sobre la consola central.
Y en algún momento, sin pensarlo demasiado…
sus dedos rozaron suavemente los míos.
Solo un toque pequeño.
Casi accidental.
Pero ninguno apartó la mano después.
Mi respiración se volvió lenta.
Silenciosa.
Alessandro tampoco dijo nada.
Solo entrelazó sus dedos con los míos tranquilamente mientras seguía conduciendo.
Como si hacerlo fuera la cosa más natural del mundo.
Y sinceramente…
creo que fue exactamente en ese momento cuando entendí que ya era demasiado tarde para mí. 💗