Hay contactos que parecen pequeños…
hasta que la persona correcta los hace.
Porque Alessandro apenas entrelazó sus dedos con los míos.
Eso fue todo.
Ni un discurso romántico. Ni una escena exagerada.
Solo su mano sosteniendo la mía mientras manejaba por la ciudad como si aquello fuera completamente natural.
Y aun así, sentí el corazón desordenarse entero.
Miré nuestras manos unos segundos antes de levantar lentamente la vista hacia él.
Alessandro seguía mirando el camino.
Tranquilo.
Demasiado tranquilo para alguien que acababa de alterar mi estabilidad emocional otra vez.
—¿Vas a actuar como si esto no estuviera pasando? —pregunté finalmente.
La esquina de sus labios se levantó apenas.
—¿Qué cosa?
Lo miré ofendida.
—Alessandro.
—Julieta.
—Eres desesperante.
Eso hizo que soltara una pequeña risa.
Pero no soltó mi mano.
Al contrario.
Su pulgar acarició suavemente el dorso de la mía una vez y mi cerebro dejó de funcionar completamente.
Dios mío.
Giré rápidamente hacia la ventana intentando parecer una persona psicológicamente estable.
No lo logré.
—Estás muy callada —comentó él unos segundos después.
—Estoy procesando mi tragedia.
—¿Tu tragedia?
—Sí. Claramente tienes demasiada experiencia coqueteando.
Ahora sí me miró brevemente.
Y la expresión divertida desapareció apenas.
—No contigo.
Mi corazón tropezó peligrosamente.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—No puedes decir cosas así mientras conduzco emocionalmente —murmuré.
Eso hizo que sonriera de lado.
—¿Conduces emocionalmente?
—Pésimo además.
La risa suave de Alessandro llenó el auto mientras la ciudad avanzaba lentamente afuera.
Y entonces entendí algo importante.
Me gustaba muchísimo hacerlo reír.
Más de lo normal.
Más de lo sano.
Porque Alessandro siempre parecía cargar demasiadas cosas encima: trabajo, responsabilidades, personas dependiendo de él todo el tiempo.
Pero conmigo…
se veía ligero.
Y sinceramente, creo que esa versión de él empezaba a convertirse en mi favorita.
—Llegamos —dijo unos minutos después.
Miré por la ventana confundida.
No era un restaurante.
Era una pequeña terraza iluminada con luces cálidas sobre un edificio antiguo del centro. Había mesas discretas, plantas alrededor y música suave sonando de fondo.
Bonito era poco.
Giré lentamente hacia él.
—¿Cómo encuentras estos lugares?
Alessandro apagó el auto antes de responder.
—Me gusta traerte a sitios donde puedas relajarte.
Ah.
Bueno.
Perfecto.
Otra frase para destruirme emocionalmente.
Subimos a la terraza y el aire fresco de la noche golpeó suavemente mi rostro. Desde ahí podía verse gran parte de la ciudad iluminada.
Una mesera saludó a Alessandro apenas llegamos.
Claro.
Ese hombre conocía personas en todos lados.
—Empiezo a sospechar que secretamente eres dueño de media ciudad —murmuré mientras nos sentábamos.
—Sería demasiado trabajo.
—Claro. Porque ser médico y empresario ya era poco estrés.
Él sonrió apenas mientras me observaba acomodarme en la silla.
Y otra vez apareció esa mirada.
La que duraba demasiado.
La que hacía que el resto del mundo pareciera quedarse más silencioso.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Mentira.
Apoyó un brazo sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.
—Solo me gusta verte.
Dios.
Mi presión arterial ya era responsabilidad legal de este hombre.
Desvié la mirada intentando esconder una sonrisa.
—Natalia tenía razón. Sí eres peligroso.
—¿Y tú qué eres entonces?
La pregunta me tomó desprevenida.
Parpadeé lentamente.
—¿Yo?
—Sí. Tú.
Su voz bajó apenas.
Más suave.
Más cercana.
—Porque desde que apareciste… ya no descanso igual.
Mi respiración se detuvo un segundo.
El ruido de la terraza desapareció completamente alrededor de nosotros.
Y de repente todo se sintió distinto.
Más serio.
Porque Alessandro no estaba coqueteando solamente.
Se estaba enamorando.
Y creo que yo también.
La mesera apareció justo a tiempo para salvarme de morir emocionalmente ahí mismo.
Pedimos comida entre comentarios distraídos y pequeñas bromas, aunque la tensión seguía flotando silenciosamente entre nosotros.
Más fuerte que antes.
Muchísimo más.
En algún momento de la conversación, Alessandro tomó mi mano otra vez sobre la mesa.
Como si ya se hubiera acostumbrado.
Como si tocarme empezara a resultarle necesario.
Y honestamente…
a mí también. 💗