Descubrí que existían silencios peligrosos.
No los incómodos.
No los vacíos.
Los otros.
Los que ocurren cuando dos personas empiezan a sentirse demasiado cerca.
Y Alessandro y yo acabábamos de entrar oficialmente en esa categoría.
La terraza seguía iluminada con luces cálidas alrededor de nosotros mientras la ciudad brillaba abajo. La música sonaba suave de fondo y, aun así, lo único de lo que era realmente consciente…
era de su mano sosteniendo la mía sobre la mesa.
Como si hacerlo ya le saliera natural.
Como si no quisiera dejar de tocarme.
Y sinceramente, yo tampoco quería que lo hiciera.
—Te estás quedando muy callada otra vez —murmuró Alessandro.
Levanté lentamente la mirada hacia él.
Error.
Porque estaba observándome exactamente igual que antes.
Con demasiada atención.
—Estoy pensando.
—Eso nunca termina bien para mí.
Eso me hizo sonreír apenas.
—¿Por qué asumes que pienso sobre ti?
Alessandro inclinó apenas la cabeza.
—Porque llevas cinco minutos mirándome como si estuvieras intentando resolver un problema matemático.
—Tal vez eres un problema matemático.
—¿Difícil?
—Italiano.
Eso hizo que soltara una risa baja.
Y Dios.
Ese sonido ya empezaba a sentirse peligrosamente adictivo.
La comida llegó unos minutos después, lo cual agradecí muchísimo porque necesitaba urgentemente dejar de mirarlo como protagonista enamorada de drama romántico.
Aunque claramente no funcionó.
Porque Alessandro seguía haciendo cosas.
Cosas pequeñas.
Servirme agua antes que a él.
Mover discretamente el plato caliente para que no me quemara.
Preguntarme cuál postre quería incluso antes de abrir el menú.
Detalles mínimos.
Pero constantes.
Y creo que precisamente por eso me afectaban tanto.
No parecían actuaciones.
Parecían costumbres.
—¿Por qué haces eso? —pregunté de pronto.
Él levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Todo esto.
Frunció ligeramente el ceño.
—Necesitas ser más específica, Julieta.
Hice un gesto pequeño alrededor de la mesa.
—Ser tan atento todo el tiempo.
Por primera vez en toda la noche, Alessandro pareció genuinamente confundido por la pregunta.
—¿Eso te molesta?
—No. Solo… no estoy acostumbrada.
La sinceridad salió antes de poder detenerla.
Y algo cambió apenas en la expresión de Alessandro cuando la escuchó.
Más suave.
Más serio.
Dejó lentamente los cubiertos sobre el plato antes de hablar.
—No creo que cuidar a alguien debería sentirse raro.
Mi pecho se tensó suavemente.
Porque lo dijo como si realmente creyera eso.
Como si amar bien a alguien fuera lo más natural del mundo.
Y quizá para él sí lo era.
—Pues para muchas personas sí lo es —murmuré.
Alessandro sostuvo mi mirada unos segundos.
—Entonces muchas personas te han querido mal.
Dios mío.
Dios mío.
Necesitaba urgentemente que dejara de decir verdades tan bonitas con esa calma.
Desvié la mirada hacia la ciudad intentando recuperar estabilidad emocional.
Imposible.
—No me mires así después de decir cosas profundas —murmuré.
—¿Así cómo?
Solté una pequeña risa.
—Como si supieras exactamente qué hacer conmigo.
La respuesta de Alessandro llegó inmediata.
—No lo sé.
Eso me sorprendió.
Volví a mirarlo lentamente.
Y por primera vez desde que lo conocía, Alessandro parecía… nervioso.
Muy poco. Casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
—¿No? —pregunté suavemente.
Negó apenas.
—Solo sé que cuando estoy contigo todo se siente más simple.
Mi corazón sinceramente ya no podía seguir soportando esto.
Porque Alessandro nunca hablaba como alguien jugando.
Hablaba como un hombre enamorándose despacio.
Y lo peor era que yo empezaba a hacer exactamente lo mismo.
El viento movió ligeramente mi cabello y Alessandro estiró la mano automáticamente para acomodarlo detrás de mi oreja otra vez.
Ese gesto.
Otra vez ese maldito gesto.
Pero esta vez sus dedos se quedaron apenas un segundo más sobre mi mejilla.
Y el ambiente cambió inmediatamente.
Más lento. Más íntimo.
Mi respiración se volvió silenciosa mientras lo observaba acercarse apenas.
Muy poco.
Lo suficiente para que mi corazón empezara a latir más fuerte.
Alessandro bajó la mirada hacia mis labios.
Y ahí estaba otra vez.
El “casi”.
Solo que esta vez se sentía mucho más peligroso.
Porque ninguno parecía querer apartarse.
—Julieta… —murmuró suavemente.
Mi nombre sonó distinto en su voz.
Más bajo. Más cercano.
Mi mano apretó ligeramente la suya sobre la mesa sin pensarlo.
Y Alessandro sonrió apenas al notarlo.
Una sonrisa pequeña.
Tierna.
Como si ese simple gesto le hubiera gustado más de lo que esperaba.
Dios.
Creo que estábamos a segundos de besarnos.
Y sinceramente…
ya no estaba segura de querer detenerlo. 💗