Hay momentos que parecen enormes cuando ocurren.
Y luego están los pequeños.
Los que se te quedan grabados sin que entiendas exactamente por qué.
El beso que Alessandro dejó sobre mis nudillos fue uno de esos.
Porque no fue apasionado.
No fue impulsivo.
No fue cinematográfico.
Fue peor.
Fue tierno.
Y sinceramente, yo no tenía defensas contra eso.
Durante todo el camino de regreso a casa fui incapaz de pensar en otra cosa.
Ni en la universidad.
Ni en los proyectos pendientes.
Ni en las cuarenta responsabilidades que debería estar atendiendo.
Solo en Alessandro.
Y en la forma en que me había mirado después.
Como si ya hubiera tomado una decisión.
Como si ya supiera exactamente lo que sentía.
Y no le asustara.
A diferencia de mí.
Porque sí.
A mí sí me asustaba un poco.
Mucho, de hecho.
—
Dos días después estaba en la librería donde trabajaba medio tiempo organizando una montaña interminable de libros cuando sonó mi celular.
Alessandro.
Sonreí automáticamente.
Mal síntoma.
Muy mal síntoma.
—Hola.
—Hola.
Dios.
Esa voz.
Ya ni siquiera era justo.
—¿Estás ocupada?
—Estoy peleando contra una sección completa de novelas románticas.
—¿Vas ganando?
—No.
—Siempre sospeché que eras débil ante el romance.
—Mira quién habla.
Escuché su risa al otro lado de la línea.
Y por alguna razón mi día mejoró instantáneamente.
Qué ridículo.
—¿A qué hora sales? —preguntó.
Miré el reloj.
—En una hora.
—Perfecto.
Fruncí el ceño.
—¿Perfecto por qué?
Silencio.
Sospechoso.
Muy sospechoso.
—Alessandro.
—¿Sí?
—¿Qué estás planeando?
—Nada.
—Mentiroso.
—Tal vez un poco.
—
Una hora después entendí exactamente por qué era un mentiroso.
Porque cuando salí de la librería encontré a Alessandro esperándome.
Otra vez.
Pero esta vez no estaba solo.
A su lado había una mujer elegante de cabello oscuro que sonreía divertida.
Y un hombre de unos treinta años que parecía estar disfrutando demasiado mi confusión.
Me detuve en seco.
—¿Qué está pasando?
Alessandro tuvo la decencia de parecer un poco culpable.
Solo un poco.
—Julieta...
—No me gusta ese tono.
La mujer soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué estás tan enamorado.
Alessandro cerró los ojos.
—Lucía.
Mi cerebro dejó de funcionar.
Parpadeé.
Luego otra vez.
—¿Enamorado?
El hombre comenzó a reírse.
—Fantástico. Llegamos justo a tiempo.
Alessandro parecía estar considerando seriamente desaparecer del planeta.
Y sinceramente, estaba disfrutando muchísimo verlo incómodo por primera vez.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.
La mujer extendió la mano.
—Soy Lucía.
Miró a Alessandro.
—La hermana que escucha hablar de ti todos los días.
Mis ojos se abrieron lentamente.
Oh.
Oh.
Alessandro quería que conociera a su hermana.
Mi corazón inmediatamente empezó a comportarse como un animal salvaje.
—Y yo soy Marco —dijo el otro hombre—. Mejor amigo de este desastre emocional.
—Marco —gruñó Alessandro.
—¿Qué? Es verdad.
No pude evitar reírme.
Porque por primera vez desde que lo conocía, Alessandro parecía genuinamente avergonzado.
Y resultaba sorprendentemente adorable.
—Esto fue una emboscada —dije cruzándome de brazos.
—Técnicamente sí —admitió Lucía.
—Lucía.
—¿Qué? Ya la adoro.
Alessandro se pasó una mano por el rostro mientras yo intentaba no reírme.
Y entonces ocurrió algo que me desarmó completamente.
Lucía me observó unos segundos.
Luego sonrió suavemente.
Y dijo:
—Gracias por hacerlo feliz.
El silencio cayó entre nosotros.
Pequeño.
Suave.
Real.
Porque no sonó como una broma.
Ni como una exageración.
Sonó como alguien que había visto a su hermano cambiar.
Y mi corazón se apretó dulcemente.
Giré la cabeza hacia Alessandro.
Él también me estaba mirando.
Con esa expresión tranquila.
Esa que ya conocía.
Esa que siempre parecía decir más de lo que hablaba.
Y por primera vez entendí algo.
Mientras yo estaba preocupada por enamorarme de Alessandro...
él ya se había quedado.
Desde hacía mucho tiempo. 💗📖✨