Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 23.

La cita que no parecía importante

Hay citas que una persona recuerda durante años.

Y luego están las que parecen insignificantes en el momento...

hasta que se convierten en uno de tus recuerdos favoritos.

Todo comenzó un sábado por la mañana.

Yo seguía dormida cuando mi celular vibró sobre la mesita de noche.

Gruñí.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar.

Lo ignoré otra vez.

A la tercera vez abrí un ojo con resignación.

Alessandro.

Sonreí automáticamente.

Mal síntoma.

Muy mal síntoma.

—Hola —contesté con voz de persona que claramente seguía dormida.

Al otro lado hubo un silencio.

Luego una risa.

—¿Te desperté?

—No.

—Julieta.

—Sí me despertaste.

—Son las diez de la mañana.

—Es sábado.

—Eso no responde nada.

Sonreí contra la almohada.

—¿Qué quieres, doctor italiano?

—Tengo una propuesta.

Eso inmediatamente me puso alerta.

—Tus propuestas suelen ser peligrosas.

—Esta no.

—Mentira.

Escuché otra risa.

Dios.

Me gustaba demasiado cuando se reía.

—Desayuna conmigo.

Parpadeé.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No hay secuestro?

—No.

—¿Aventura sospechosa?

—Tampoco.

—¿Viaje improvisado a Italia?

—Todavía no.

Me incorporé de golpe.

—¿Todavía?

—Concéntrate.

No pude evitar reírme.

—Está bien. Dame una hora.

—Treinta minutos.

—Alessandro.

—Cuarenta.

—Trato hecho.

Cuarenta y cinco minutos después bajé del edificio.

Y ahí estaba.

Apoyado junto a su auto.

Esperándome.

Lo primero que pensé fue algo completamente ridículo.

Qué bonito se ve cuando me espera.

No cuando llegaba.

No cuando hablábamos.

Cuando esperaba.

Porque nunca parecía impaciente.

Nunca parecía molesto.

Siempre parecía feliz de verme.

Y eso seguía desarmándome.

Alessandro levantó la mirada.

La sonrisa apareció inmediatamente.

Como siempre.

—Llegaste.

—Cinco minutos tarde.

—Siete.

—No seas dramático.

—Soy italiano.

—Eso ya no te justifica todo.

—Claro que sí.

La expresión ofendida que puso me hizo reír.

Y por alguna razón...

su sonrisa se hizo todavía más grande.

Terminaron desayunando en una cafetería pequeña escondida entre calles tranquilas.

No era elegante.

No era lujosa.

Pero era acogedora.

Y Alessandro parecía conocer al dueño.

Por supuesto.

—¿Conoces a todo el mundo? —pregunté mientras nos sentábamos.

—Solo a las personas importantes.

—Eso sonó muy político.

—Lo sé.

—Qué miedo.

—Un poco.

Pedimos café.

Pan dulce.

Y una cantidad poco saludable de comida para dos personas que supuestamente iban a desayunar ligero.

La conversación comenzó normal.

Luego se volvió personal.

Luego profunda.

Luego divertida.

Y así pasaron casi dos horas sin que ninguno se diera cuenta.

—¿Cuál era tu sueño cuando eras niña? —preguntó Alessandro.

Pensé unos segundos.

—Escritora.

Él sonrió.

—Lo sabía.

—¿Cómo?

—Te gustan demasiado las historias.

Mi corazón dio un pequeño salto.

Porque tenía razón.

—¿Y tú?

Alessandro jugueteó distraídamente con su taza.

—Pianista.

—Todavía me cuesta creer eso.

—¿Por qué?

—Porque pareces alguien que nació usando traje.

La carcajada que soltó fue tan inesperada que algunas personas voltearon a verlo.

—Eso fue cruel.

—Pero cierto.

—Mi adolescencia fue terrible.

—No te creo.

—Tenía el cabello horrible.

Abrí muchísimo los ojos.

—Necesito pruebas.

—Jamás.

—Las conseguiré.

—Buena suerte.

Seguimos bromeando.

Y entonces ocurrió algo curioso.

Uno de esos momentos pequeños.

Importantes.

Alessandro se quedó observándome mientras hablaba.

No interrumpió.

No miró el celular.

No se distrajo.

Simplemente escuchó.

Como si lo que yo decía fuera interesante.

Como si yo fuera interesante.

Y sinceramente...

no mucha gente tiene la capacidad de hacerte sentir así.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Otra vez estás haciendo eso.

—¿Qué cosa?

—Mirarme.

Él sonrió.

Despacio.

Con calma.

Como si estuviera pensando exactamente lo que iba a decir.

—Es que me gustas mucho, Julieta.

Silencio.

Completo.

Absoluto.

Mi corazón olvidó cómo latir durante aproximadamente tres segundos.

Porque lo dijo así.

Sin adornos.

Sin dramatismo.

Sin intentar impresionar.

Solo como una verdad.

Y de repente entendí algo.

La intensidad de Alessandro nunca estaba en los grandes gestos.

Estaba en esas frases simples.

Las que parecían pequeñas.

Pero se quedaban contigo todo el día.

Todo el mes.

Tal vez toda la vida.

Y por primera vez en mucho tiempo...

sentí que estaba exactamente donde quería estar.

Frente a él.

Escuchándolo reír.

Mientras mi corazón hacía planes que todavía no se atrevía a confesar. 💗📖✨



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 17.06.2026

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