Hay una trampa de la que nadie habla cuando te enamoras.
No ocurre cuando te dan el primer beso.
Ni cuando te dicen que les gustas.
Ni siquiera cuando empiezan una relación.
Ocurre después.
En los días normales.
Cuando esa persona empieza a aparecer en tu rutina sin que te des cuenta.
Y un día descubres que ya no puedes imaginar tus semanas sin ella.
Todo empezó un miércoles cualquiera.
Un miércoles aburrido.
Lleno de clases.
Tareas.
Y un profesor que parecía odiar la felicidad humana.
Yo estaba saliendo de la universidad cuando mi celular vibró.
Alessandro.
Otra vez sonreí automáticamente.
Necesitaba dejar de hacer eso.
No iba a pasar.
Pero necesitaba intentarlo.
—Hola.
—Hola.
La sonrisa apareció en mi rostro inmediatamente.
Maldita voz.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Sobreviví.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces reformularé mi respuesta. Sobreviví apenas.
Escuché una risa al otro lado.
Y algo dentro de mí se relajó.
Como siempre.
—¿Ya comiste? —preguntó.
—No.
—Julieta.
—¿Qué?
—Son las cuatro.
—He estado ocupada.
—Eso no es una excusa.
—¿Desde cuándo eres tan mandón?
—Desde que eres mi novia.
—Eso no funciona así.
—Para mí sí.
Puse los ojos en blanco aunque él no podía verme.
Y aun así...
sabía que estaba sonriendo.
Porque Alessandro tenía esa capacidad extraña de convertir una llamada normal en la mejor parte del día.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Ya comiste?
Hubo un silencio.
Pequeño.
Sospechoso.
—Alessandro.
—¿Sí?
—¿Ya comiste?
—Tomé café.
Abrí la boca indignada.
—Eso no cuenta.
—Era un café grande.
—Eso sigue sin contar.
—Había leche.
—ALLESSANDRO.
La carcajada que soltó fue tan sincera que terminé riéndome también.
—Mira quién habla.
—No cambies de tema.
—Eres muy estricta.
—Y tú eres un desastre.
—Un desastre elegante.
—No.
—¿No?
—Un desastre con dinero.
—Eso dolió.
—Porque es verdad.
—
Aquella misma tarde terminé encontrándolo frente a la librería.
Otra vez.
Porque aparentemente Alessandro había desarrollado la costumbre de aparecer donde yo estaba.
Y el problema era que me encantaba.
—Pensé que tenías trabajo.
—Lo tenía.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy aquí.
Lo dijo tan simple que mi corazón dio un pequeño vuelco.
Porque para él parecía sencillo.
Pero yo sabía que no lo era.
Sabía lo ocupado que estaba.
Sabía cuántas personas dependían de él.
Y aun así encontraba tiempo.
Para mí.
—¿Qué? —preguntó.
Me di cuenta de que llevaba varios segundos observándolo.
—Nada.
—Mentira.
—Estaba pensando.
—Eso tampoco suele terminar bien.
Sonreí.
Luego negué con la cabeza.
—Estaba pensando que siempre apareces.
Por primera vez Alessandro no respondió inmediatamente.
Sus ojos se suavizaron apenas.
—Porque quiero aparecer.
Dios.
Otra vez.
Otra de esas frases.
De las simples.
De las que parecían pequeñas.
Y aun así llegaban directo al corazón.
Caminamos sin rumbo durante casi una hora.
Hablando de todo.
Y de nada.
De libros.
De Italia.
De películas.
De sueños absurdos.
Hasta que llegamos a un parque tranquilo donde terminamos sentados en una banca.
La tarde comenzaba a teñirse de naranja.
Y por un momento todo se sintió increíblemente tranquilo.
—¿Sabes qué me gusta de nosotros? —preguntó Alessandro de pronto.
Lo miré.
—¿Qué?
Sonrió apenas.
—Que nunca me canso de hablar contigo.
Mi corazón tropezó.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—Eso es bueno.
—Es peligroso.
—¿Por qué?
Alessandro apoyó un brazo sobre el respaldo de la banca mientras me observaba.
Y cuando habló, lo hizo con esa sinceridad que siempre parecía desarmarme.
—Porque cada día me gustas más.
El mundo siguió girando.
Las personas siguieron caminando.
La ciudad siguió haciendo ruido.
Pero durante unos segundos...
solo existió esa frase.
Y la forma en que me miró después.
Como si no tuviera miedo de sentirlo.
Como si no tuviera miedo de quererme.
Y creo que fue exactamente en ese momento cuando entendí algo.
No me estaba enamorando de Alessandro por los momentos extraordinarios.
Me estaba enamorando de los ordinarios.
De los mensajes.
De las llamadas.
De las conversaciones.
De las risas.
De la forma en que aparecía.
Una y otra vez.
Como si quedarse fuera la decisión más fácil del mundo. 💗📖✨