Siempre pensé que conocía a Alessandro.
O al menos eso creía.
Conocía al hombre que me llamaba para saber si ya había comido.
Al que recordaba detalles absurdamente específicos de mis historias.
Al que aparecía frente a la universidad como si casualmente siempre estuviera cerca.
Al hombre que me hacía reír incluso cuando tenía un día horrible.
Pero aquella tarde descubrí otra parte de él.
Y sinceramente...
creo que fue una de las que más me enamoró.
Todo comenzó cuando Alessandro me invitó a acompañarlo al hospital.
No a una consulta.
No a una cirugía.
Solo a pasar por unos documentos antes de ir a cenar.
—¿Estás seguro de que puedo ir? —pregunté mientras caminábamos por los pasillos.
—Claro.
—¿Y si molesto?
Alessandro me miró.
—Julieta.
—¿Sí?
—Eres incapaz de molestarme.
Mi corazón hizo lo de siempre.
Tropezar.
Caerse.
Volver a tropezar.
Y comportarse como si jamás hubiera aprendido nada.
—Eres peligrosamente encantador.
—Lo sé.
—Qué humilde.
—Muchísimo.
Eso me hizo reír.
Y seguimos caminando.
Lo que no esperaba era que prácticamente todo el mundo pareciera conocerlo.
—Doctor Bianchi.
—Buenas tardes, doctor.
—Doctor, ¿tiene un minuto?
—Doctor Bianchi.
—Doctor.
—Doctor.
—Doctor.
Parpadeé.
Luego otra vez.
—Eres famoso.
Alessandro suspiró.
—No soy famoso.
Una enfermera pasó junto a nosotros.
—¡Doctor Bianchi!
Le sonrió antes de seguir caminando.
Yo levanté una ceja.
—Claro que no.
Él soltó una risa resignada.
—Solo trabajo aquí.
—Media ciudad parece adorarte.
—Exagerada.
Pero no estaba exagerando.
Porque algo me llamó la atención.
No era que la gente lo conociera.
Era cómo lo saludaban.
Con cariño.
Con respeto.
Con confianza.
Como si Alessandro fuera el tipo de persona que mejoraba los días de los demás.
Y cuanto más observaba...
más evidente se volvía.
—¿Ya comió hoy? —escuché que le preguntaba a una enfermera.
—Todavía no.
—Entonces vaya a comer.
—Doctor...
—No es una sugerencia.
La mujer terminó riéndose.
—Sí, doctor.
Cinco minutos después ayudó a un paciente mayor a encontrar una oficina.
Luego se detuvo para preguntarle algo a un residente.
Después ayudó a otra persona.
Y otra.
Y otra.
Como si fuera incapaz de ignorar a alguien que necesitara ayuda.
Finalmente llegamos a una pequeña oficina.
Cerró la puerta detrás de nosotros.
Y por primera vez en media hora hubo silencio.
Me quedé observándolo.
Pensativa.
—¿Qué? —preguntó.
—Ahora entiendo algo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
Apoyé la espalda contra el escritorio.
—Por qué todo el mundo te quiere.
Alessandro pareció sorprendido.
Genuinamente sorprendido.
—¿Todo el mundo?
—Sí.
—No creo que sea así.
—Lo es.
Él negó con la cabeza.
Como si realmente no lo viera.
Y eso me enterneció todavía más.
—Alessandro.
—¿Sí?
—Llevas media hora cuidando personas sin darte cuenta.
Sus ojos se suavizaron un poco.
—Es mi trabajo.
—No.
Negué lentamente.
—Tu trabajo es ser médico.
Hice una pausa.
—Lo otro eres tú.
El silencio que siguió fue distinto.
Más profundo.
Porque por primera vez Alessandro pareció quedarse sin respuesta.
Y eso era raro.
Muy raro.
Lo observé unos segundos.
Y entonces ocurrió algo que jamás había visto.
Alessandro bajó la mirada.
Como si aquellas palabras le hubieran llegado más de lo que esperaba.
—¿Sabes algo? —murmuró.
—¿Qué?
Volvió a levantar los ojos hacia mí.
Y sonrió.
Esa sonrisa pequeña.
Sincera.
La que aparecía cuando hablaba desde el corazón.
—Creo que eres la primera persona que me ve así.
Mi pecho se apretó.
Porque entendí exactamente lo que quería decir.
Muchas personas admiraban al médico.
Al empresario.
Al hombre exitoso.
Pero yo estaba viendo a Alessandro.
Solo Alessandro.
Y honestamente...
cada día me gustaba más lo que encontraba. 💗📖✨