Después de aquella conversación en el hospital, algo cambió.
No de forma evidente.
No hubo una gran confesión.
Ni un momento dramático.
Pero algo cambió.
Porque por primera vez vi a Alessandro quedarse pensando en mis palabras.
Y por primera vez entendí que él también necesitaba sentirse visto.
No admirado.
No respetado.
Visto.
Como persona.
Como hombre.
Como Alessandro.
Y desde entonces no pude dejar de pensar en eso.
Tres días después, estaba sentada en mi cama intentando terminar un trabajo de la universidad cuando recibí un mensaje suyo.
¿Estás ocupada?
Sonreí.
Automáticamente.
Como siempre.
Sí.
Pero puedo hacer una pausa para mi novio favorito.
La respuesta llegó casi instantáneamente.
¿Solo tienes uno?
Solté una carcajada.
Alessandro.
Sí, Julieta.
No me hagas arrepentirme de este mensaje.
Es demasiado tarde para eso.
Imposible.
Completamente imposible.
Esa noche terminaron caminando por el centro histórico.
Sin plan.
Sin destino.
Simplemente caminando.
Hablando.
Como hacían siempre.
Porque lo curioso de Alessandro era que nunca necesitaba una actividad para que pasar tiempo con él fuera especial.
Bastaba con una conversación.
Y eso era peligrosamente raro.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije mientras caminábamos.
—Siempre.
—¿Nunca te cansas?
Él me miró confundido.
—¿De qué?
—De ser responsable de todo.
La pregunta pareció sorprenderlo.
Mucho.
Alessandro guardó silencio unos segundos.
—A veces.
—¿Y qué haces?
Se quedó pensando.
—Sigo adelante.
Fruncí el ceño.
—Eso no parece una solución.
—No lo es.
Su respuesta fue tan sincera que me hizo sonreír.
Porque la mayoría de las personas habrían intentado parecer fuertes.
Alessandro simplemente estaba siendo honesto.
—Entonces tu método es terrible.
—Mi método funciona.
—Tu método es ignorar el problema.
—Detalles.
—Alessandro.
—Julieta.
Rodé los ojos.
Él sonrió.
Y durante unos segundos seguimos caminando en silencio.
Hasta que hablé otra vez.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
Lo observé.
Directamente.
—Creo que te permites cuidar a todos.
Hice una pausa.
—Pero casi nunca permites que alguien te cuide a ti.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
No porque estuviera molesto.
Sino porque la frase encontró un lugar donde dolía.
Lo vi en sus ojos.
En el pequeño silencio que siguió.
En cómo bajó la mirada un instante.
Y por alguna razón mi corazón se apretó.
Porque de repente Alessandro no parecía el hombre que podía resolver cualquier problema.
Parecía alguien cansado.
Alguien que llevaba mucho tiempo sosteniendo demasiadas cosas.
—Tal vez tengas razón —admitió finalmente.
Su voz sonó más baja.
Más vulnerable.
Y algo dentro de mí se rompió un poquito.
Porque nadie debería cargar con todo solo.
Nadie.
Nos detuvimos junto a una plaza iluminada.
La gente caminaba alrededor.
Los niños jugaban.
La ciudad seguía viva.
Pero por un momento sentí que solo existíamos nosotros.
—Oye —dije suavemente.
Alessandro levantó la vista.
—¿Sí?
Sonreí.
Pequeño.
Sincero.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo conmigo.
El silencio que siguió fue largo.
Y después pasó algo inesperado.
Alessandro tomó mi mano.
No como siempre.
No con confianza.
No con seguridad.
Esta vez parecía necesitarlo.
Y Dios.
Creo que fue la primera vez que entendí cuánto confiaba en mí.
Porque algunas personas solo muestran sus heridas cuando saben que no serán juzgadas.
—Gracias —murmuró.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Por qué?
La sonrisa que apareció en sus labios fue pequeña.
Pero completamente real.
—Porque contigo puedo descansar un poco.
Y de todas las cosas bonitas que Alessandro me había dicho...
ninguna me hizo sentir tanto como esa.
Porque no hablaba de romance.
No hablaba de atracción.
No hablaba de amor.
Hablaba de confianza.
Y sinceramente...
creo que ahí fue cuando entendí que lo nuestro estaba empezando a convertirse en algo mucho más profundo que una historia romántica.
Porque poco a poco, sin darnos cuenta...
nos estábamos convirtiendo en hogar para el otro. 💗📖✨