Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 27.

La llamada a las dos de la mañana

Dicen que uno descubre quién es importante cuando piensa en esa persona durante el día.

Yo creo que la verdadera prueba ocurre de madrugada.

Cuando estás cansado.

Cuando ya no tienes energía para fingir.

Cuando el mundo está en silencio.

Y aun así eliges llamar a alguien.

Eran las dos y doce de la mañana cuando mi celular vibró sobre el buró.

Gruñí.

Abrí un ojo.

Luego el otro.

Y cuando vi el nombre en la pantalla, me incorporé inmediatamente.

Alessandro.

Contesté sin pensarlo.

—¿Hola?

Hubo unos segundos de silencio.

Luego escuché su voz.

—Hola.

Mi corazón se relajó instantáneamente.

Pero algo en su tono llamó mi atención.

Estaba cansado.

Mucho.

—¿Estás bien?

Escuché una pequeña risa.

—Hola para ti también.

—Alessandro.

—Estoy bien.

Mentira.

No una mentira malintencionada.

Pero mentira.

Ya empezaba a conocerlo.

—¿Dónde estás?

—Hospital.

Claro.

Suspiré mientras me acomodaba mejor entre las almohadas.

—¿Cuántas horas llevas despierto?

Silencio.

Mala señal.

Muy mala señal.

—Alessandro.

—No estoy seguro.

—¿Eso significa que son demasiadas?

—Probablemente.

Cerré los ojos.

A veces olvidaba que detrás del hombre que siempre parecía tener energía infinita existía una persona normal.

Una persona que se agotaba.

Que se frustraba.

Que tenía noches difíciles.

—¿Cómo salió todo? —pregunté suavemente.

Escuché el sonido de una silla moviéndose.

Como si acabara de sentarse.

—Bien.

—Pero...

—Pero fue un día largo.

Su voz sonó más baja esta vez.

Más honesta.

Más cansada.

Y algo dentro de mí quiso abrazarlo.

Lo cual era complicado considerando que estaba a varios kilómetros de distancia.

—Cuéntame.

Hubo silencio.

No incómodo.

Solo tranquilo.

Como si estuviera pensando si realmente quería hacerlo.

Finalmente suspiró.

—Perdimos a un paciente esta mañana.

Mi corazón se encogió.

Porque de repente entendí todo.

El cansancio.

La llamada.

La tristeza escondida detrás de su voz.

—Lo siento.

Alessandro permaneció callado unos segundos.

—A veces olvido que no puedo salvar a todo el mundo.

La frase me rompió un poquito el corazón.

Porque era exactamente el tipo de pensamiento que tendría él.

El hombre que intentaba cuidar a todos.

El hombre que siempre cargaba más de lo que debía.

—Ven aquí —murmuré.

Escuché una pequeña risa.

—¿Cómo?

—No lo sé. Resuelve la logística.

—Muy profesional de tu parte.

—Gracias.

La risa apareció otra vez.

Pequeña.

Pero apareció.

Y eso ya era una victoria.

—Julieta.

—¿Sí?

—¿Por qué siempre sabes qué decir?

Parpadeé.

—No tengo idea de lo que estoy haciendo.

—Pues funciona.

Sonreí.

Porque sinceramente tampoco tenía respuestas mágicas.

No podía arreglar lo que había pasado.

No podía quitarle el dolor.

Solo podía acompañarlo.

Y a veces eso también importaba.

—¿Sabes qué creo? —pregunté.

—¿Qué?

—Creo que hoy salvaste a muchas personas.

Silencio.

—Julieta...

—Déjame terminar.

Escuché otra pequeña risa resignada.

—Está bien.

—Creo que eres demasiado duro contigo mismo.

Tomé aire.

—Y creo que si tus pacientes pudieran escucharte ahora mismo, te dirían exactamente lo mismo.

El silencio se alargó.

Más de lo normal.

Y cuando Alessandro volvió a hablar, su voz sonó diferente.

Más suave.

—Te extrañé hoy.

Dios.

Mi corazón.

Mi pobre corazón.

—Yo también te extrañé.

La confesión salió tan fácil que me sorprendió.

Pero era verdad.

Completa verdad.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó.

—¿Qué?

—Que llamé porque quería escuchar tu voz cinco minutos.

Sonreí.

—¿Y ahora?

—Llevamos treinta y dos minutos hablando.

Solté una carcajada.

—Qué tragedia.

—Terrible.

—Deberías colgar.

—No quiero.

Mi sonrisa se hizo más grande.

Y durante los siguientes cuarenta minutos hablamos de cualquier cosa.

De libros.

De comida.

De Italia.

De la universidad.

De recuerdos absurdos.

Hasta que poco a poco la tristeza en su voz empezó a desaparecer.

Y el Alessandro que conocía regresó.

Más ligero.

Más tranquilo.

Más él.

—Deberías dormir —dije finalmente.

—Probablemente.

—Definitivamente.

Escuché un suspiro.

—Gracias por contestar.

Mi pecho se apretó.

—Siempre voy a contestarte.

La respuesta salió antes de que pudiera pensarla.

Pero no me arrepentí.

Porque era verdad.

Alessandro guardó silencio unos segundos.

Y cuando habló de nuevo, su voz sonó tan cálida que sentí algo moverse dentro de mí.

—Creo que esa es una de mis frases favoritas que me han dicho.

Las lágrimas amenazaron con aparecer de la nada.

Qué grosero.

—Buenas noches, doctor italiano.

—Buenas noches, Julieta.

Hubo una pausa.

Pequeña.

Suave.

Y entonces dijo:

—Gracias por ser mi lugar seguro.

La llamada terminó unos segundos después.

Pero yo seguí sonriendo en la oscuridad.

Porque por primera vez entendí algo.

El amor no siempre se veía como flores.

O cenas.

O grandes gestos.

A veces se veía como una llamada a las dos de la mañana.

Y la certeza de que la otra persona respondería. 💗📖✨



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 17.06.2026

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