Hay algo que nadie te advierte sobre el amor.
No es el miedo a enamorarte.
No es el miedo al rechazo.
No es siquiera el miedo a salir lastimada.
Es otro.
Más silencioso.
Más profundo.
El miedo a acostumbrarte.
Porque una vez que alguien se vuelve parte de tu vida...
la idea de perderlo empieza a doler incluso antes de que ocurra.
Dos días después de aquella llamada de madrugada, estaba sentada en la biblioteca intentando estudiar.
Intentando.
Porque claramente no lo estaba logrando.
Miré el mismo párrafo cuatro veces.
No entendí una sola palabra.
Mi celular vibró.
Y mi corazón reaccionó antes que mi cerebro.
Alessandro.
Sonreí.
Como una idiota.
Otra vez.
¿Ya comiste?
Solté una carcajada.
Increíble.
Ese hombre tenía una obsesión preocupante con mi alimentación.
Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
¿La verdad o la versión Julieta?
Abrí la boca indignada.
Qué grosero.
Eso no responde la pregunta.
Comí unas galletas.
Tres puntos.
Luego:
Voy por ti.
Mis ojos se abrieron.
¿QUÉ?
Dije lo que dije.
Cuarenta minutos después estaba sentada frente a él en una pequeña cafetería.
Con un plato de comida frente a mí.
Y Alessandro observándome como si fuera un inspector nutricional.
—No tienes que vigilarme mientras como.
—No te estoy vigilando.
—Me estás vigilando.
—Estoy verificando.
—Eso sigue siendo vigilar.
La sonrisa apareció en sus labios.
—Al menos ahora sé que estás comiendo algo que no salió de una máquina expendedora.
—Qué poca fe me tienes.
—Julieta.
—Está bien. La merezco.
Eso hizo que se riera.
Y otra vez pensé lo mismo.
Me gustaba demasiado hacerlo reír.
La tarde pasó entre conversaciones.
Historias.
Bromas.
Momentos pequeños.
Y justo cuando estaban saliendo de la cafetería, ocurrió algo inesperado.
—¡Doctor Bianchi!
Los dos volteamos.
Una niña de unos ocho años corría hacia ellos desde la acera de enfrente.
Alessandro sonrió inmediatamente.
Una sonrisa enorme.
Diferente.
La reconoció al instante.
—Emma.
La pequeña se lanzó a abrazarlo.
Y Alessandro se agachó para recibirla.
Como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Yo observé la escena en silencio.
Sorprendida.
Porque nunca lo había visto así.
Tan despreocupado.
Tan feliz.
Tan... luminoso.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—¡Bien!
La niña señaló una mujer que se acercaba detrás de ella.
—Mamá me dejó comer helado.
—Eso suena peligroso.
—Lo sé.
Alessandro fingió preocupación.
Emma se rio.
Y durante varios minutos hablaron como si fueran viejos amigos.
Cuando finalmente se despidieron, seguimos caminando.
Yo todavía estaba sonriendo.
—¿Qué? —preguntó Alessandro.
—Nada.
—Mentira.
—Me gustó verte con ella.
La expresión de Alessandro se suavizó.
—Fue paciente mía hace dos años.
Parpadeé.
—¿En serio?
Asintió.
—Pasó mucho tiempo en el hospital.
Guardó silencio unos segundos.
—Ahora está bien.
Mi corazón se apretó.
Porque entendí inmediatamente por qué aquella niña había corrido a abrazarlo.
Y entendí por qué él sonreía de esa manera cuando hablaba de ella.
—Debes haber significado mucho para ella.
Alessandro bajó la mirada.
Como hacía siempre que alguien le reconocía algo bueno.
—Ella también significó mucho para mí.
Dios.
Otra vez.
Otra vez enamorándome.
Continuaron caminando por la ciudad mientras el sol comenzaba a ocultarse.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Algo pequeño.
Algo que probablemente nadie más habría notado.
Pero yo sí.
Porque Alessandro estaba hablando de algo que había pasado en el hospital.
Y de pronto se quedó callado.
Solo unos segundos.
Como si hubiera olvidado lo que iba a decir.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él sonrió apenas.
—Nada.
—Te conozco.
—Eso es preocupante.
—Alessandro.
Suspiró.
Luego respondió.
—A veces me da miedo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Me observó unos segundos.
Como si estuviera decidiendo si decirlo o no.
Y cuando finalmente habló, su voz fue suave.
Sincera.
—Acostumbrarme a ti.
Mi corazón dejó de latir durante un segundo.
La ciudad desapareció.
El ruido desapareció.
Todo desapareció.
Solo quedó esa frase.
—¿Por qué? —pregunté casi en un susurro.
Alessandro sonrió.
Pero había algo vulnerable detrás de ella.
Algo real.
—Porque ya no recuerdo cómo era mi vida antes de que llegaras.
Y Dios.
Aquello no se sintió como una declaración de amor.
Se sintió como algo todavía más profundo.
Como una verdad.
De esas que salen del corazón antes de pasar por la cabeza.
Yo tomé su mano.
Sin decir nada.
Porque a veces las palabras no alcanzan.
Y caminamos así.
En silencio.
Con la ciudad brillando alrededor.
Mientras ambos entendíamos la misma cosa.
Ya no éramos dos personas aprendiendo a quererse.
Poco a poco...
nos estábamos convirtiendo en parte de la vida del otro. 💗📖✨