Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 31.

Quédate un poco más

Hay una diferencia entre querer a alguien...

y empezar a necesitar su presencia.

No de una manera dependiente.

No de una manera desesperada.

Sino de esa forma tranquila y peligrosa en la que tu día mejora simplemente porque esa persona está ahí.

Julieta descubrió esa diferencia un martes por la noche.

Y Alessandro también.

La película seguía reproduciéndose.

Ninguno la estaba viendo.

De hecho, llevaban casi veinte minutos hablando de cualquier cosa menos de la trama.

—¿Entonces te caí mal cuando nos conocimos? —preguntó Alessandro.

Julieta levantó la vista.

—No me caíste mal.

—Me tiraste café encima.

—Eso fue un accidente.

—Le tiraste café a mi computadora.

—Seguimos hablando del mismo accidente.

Alessandro soltó una risa.

—Recuerdo que pensé que eras un desastre.

—Qué grosero.

—Y muy bonita.

Julieta dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá.

—No puedes decir esas cosas así.

—¿Por qué?

—Porque luego no sé qué responder.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—Eres imposible.

—Y tú me quieres igual.

Maldito.

Porque tenía razón.

La sonrisa permaneció en sus labios unos segundos.

Pero después desapareció lentamente.

Y Julieta lo notó.

Claro que lo notó.

Porque ya conocía esas pequeñas señales.

—¿En qué piensas?

Alessandro desvió la mirada hacia la ventana.

La ciudad brillaba detrás del cristal.

Le tomó varios segundos responder.

—En nada importante.

—Mentira.

—Julieta.

—Alessandro.

Él suspiró.

Y por alguna razón aquello hizo que el corazón de Julieta se encogiera.

Porque ya sabía ese suspiro.

Era el que aparecía cuando estaba cansado.

Cuando llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo solo.

—A veces me pregunto cuándo se supone que uno aprende a hacer todo bien.

La pregunta tomó a Julieta por sorpresa.

Parpadeó.

—¿Qué?

Alessandro sonrió sin humor.

—Ser médico.

Dirigir una empresa.

Ayudar a la familia.

Tomar decisiones.

Miró sus manos.

—A veces siento que todo el mundo espera que siempre tenga las respuestas.

El silencio cayó entre ellos.

Suave.

Pesado.

Honesto.

Porque por primera vez Alessandro no estaba hablando como alguien seguro.

Estaba hablando como alguien agotado.

Julieta lo observó durante varios segundos.

Y de repente vio algo que nunca había visto.

No al empresario.

No al médico.

No al hombre que parecía tener todo bajo control.

Vio al chico.

Al chico que seguramente había tenido que madurar demasiado rápido.

Al chico que probablemente llevaba años intentando no decepcionar a nadie.

Y por alguna razón eso le dolió.

Mucho.

—Ven aquí.

Alessandro levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Ven aquí.

—Esa es mi frase.

—Ahora es nuestra.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Y obedeció.

Se acercó un poco más.

Entonces Julieta tomó su mano.

Solo eso.

Nada más.

Pero Alessandro sintió cómo algo dentro de él se relajaba.

—No creo que tengas que hacerlo todo perfecto.

Él bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

Escuchando.

Siempre escuchando.

—¿No?

—No.

Julieta negó suavemente.

—Creo que eres humano.

—Qué decepcionante.

Ella soltó una carcajada.

Y por primera vez en varios minutos él también sonrió.

—¿Sabes qué veo yo?

Alessandro la observó.

Esperando.

—Veo a alguien que se esfuerza muchísimo.

Tomó aire.

—Veo a alguien que se preocupa por las personas.

Veo a alguien que intenta hacer las cosas bien incluso cuando nadie está mirando.

Sus ojos se suavizaron.

Y Julieta continuó.

—Y sinceramente...

La sonrisa apareció en sus labios.

Pequeña.

Cariñosa.

—Creo que eso ya es suficiente.

El silencio que siguió fue distinto.

No incómodo.

No triste.

Solo lleno de algo difícil de explicar.

Porque Alessandro sintió que aquellas palabras encontraban un lugar dentro de él que llevaba mucho tiempo vacío.

Un lugar que rara vez alguien veía.

—¿Cómo haces eso?

La voz de Alessandro salió más baja de lo normal.

—¿Qué cosa?

—Hacer que todo parezca más sencillo.

Julieta sonrió.

—No hago eso.

—Sí lo haces.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Madura.

—Jamás.

Ahora ambos estaban riendo.

Y el ambiente pesado había desaparecido.

Pero Alessandro seguía observándola.

Como si estuviera pensando algo.

Algo importante.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa respuesta ya no funciona conmigo.

—Lo sé.

—Entonces habla.

Alessandro sonrió.

Despacio.

Con una ternura que casi dolía.

—Solo estaba pensando que eres increíble.

Julieta sintió cómo su corazón se detenía un instante.

Mal síntoma.

Terrible síntoma.

Miró el reloj.

Las once y media.

—Debería irme.

La sonrisa de Alessandro desapareció inmediatamente.

Y fue tan evidente que ambos se dieron cuenta.

Los dos.

Al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Nada.

—Alessandro.

Él bajó la mirada.

Culpable.

Como un niño atrapado haciendo algo indebido.

Y aquello era tan adorable que casi le dio risa.

—Solo...

Se detuvo.

Como si estuviera dudando.

Lo cual era raro.

Muy raro.

Porque Alessandro normalmente sabía exactamente qué decir.

Finalmente levantó la vista.

Y habló.

—Quédate un poco más.

Así.

Sin adornos.

Sin excusas.

Sin esconderse.

Solo la verdad.

El corazón de Julieta se apretó tan fuerte que casi dolió.



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 17.06.2026

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