Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 32.

Los lugares a los que siempre vuelves

Julieta se quedó.

Por supuesto que se quedó.

Porque había algo en la forma en que Alessandro lo había dicho que le hizo imposible marcharse.

No fue una orden.

No fue una exigencia.

Ni siquiera una petición.

Fue algo más sencillo.

Más vulnerable.

Más honesto.

Y precisamente por eso fue imposible ignorarlo.

—Está bien —dijo finalmente.

La sonrisa que apareció en el rostro de Alessandro fue pequeña.

Pero real.

Tan real que le apretó el corazón.

—¿Sí?

—Sí.

—Perfecto.

—No te emociones tanto.

—Demasiado tarde.

Julieta soltó una carcajada.

Y por primera vez en varios días, Alessandro pareció relajarse por completo.

Una hora después seguían hablando.

La película ya había terminado.

Ninguno sabía de qué trataba.

Y sinceramente tampoco les importaba.

Estaban sentados en el suelo de la sala.

Con las piernas estiradas.

Dos tazas de café sobre la mesa.

Y una conversación que había empezado hablando de cine y ahora estaba quién sabía dónde.

—¿Cuál era tu lugar favorito cuando eras niña? —preguntó Alessandro.

Julieta sonrió inmediatamente.

—La cocina.

—¿La cocina?

—Sí.

—Esperaba algo más emocionante.

—Lo siento por decepcionarte.

Alessandro negó con la cabeza.

—Explícate.

Y Julieta lo hizo.

Le habló de las tardes.

De los olores.

De las conversaciones.

De los momentos simples que terminaban convirtiéndose en recuerdos importantes.

Mientras hablaba, Alessandro no dijo nada.

Solo escuchó.

Como siempre.

—¿Y el tuyo?

Alessandro permaneció en silencio unos segundos.

Pensando.

—La biblioteca de mi abuelo.

Julieta sonrió.

—Eso es exactamente lo que esperaba de ti.

—¿Por qué?

—Porque eres un nerd elegante.

—Eso sigue siendo un insulto.

—Es una descripción.

—Muy ofensiva.

Ella volvió a reírse.

Y Alessandro sintió que esa risa hacía que la habitación pareciera más cálida.

Después de un momento, él continuó.

—Mi abuelo tenía miles de libros.

—¿Miles?

—Miles.

—Eso es excesivo.

—Era italiano.

—Ah.

—Exacto.

Por primera vez aquella noche, Alessandro pareció viajar a otro lugar.

A otro tiempo.

Y Julieta lo observó en silencio.

Porque le gustaba cuando hablaba de su vida.

De la parte de él que existía antes de conocerla.

—Cuando era niño me escondía ahí durante horas.

Sonrió.

—Leía cualquier cosa.

Historia.

Medicina.

Novelas.

Periódicos.

Todo.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Como por qué sabes datos absurdamente específicos sobre temas aleatorios.

—Eso es una habilidad.

—Eso es preocupante.

Volvieron a reír.

Pero esta vez algo permaneció.

Una sensación diferente.

Más tranquila.

Más profunda.

Porque poco a poco estaban construyendo algo que iba más allá del romance.

Estaban construyendo confianza.

Historia compartida.

Intimidad emocional.

Las doce y media.

Luego la una.

Y ninguno parecía tener prisa.

—¿Sabes qué es extraño? —preguntó Julieta.

—¿Qué?

Ella se quedó pensando unos segundos.

—Que contigo el tiempo pasa raro.

Alessandro levantó una ceja.

—Eso sonó filosófico.

—Estoy siendo seria.

—Eso me preocupa más.

Julieta le dio un golpe suave en el brazo.

—Escúchame.

—Te escucho.

Ella bajó la mirada.

Buscando las palabras correctas.

—Siento que puedo hablar contigo durante horas.

La sonrisa de Alessandro desapareció lentamente.

No porque estuviera triste.

Sino porque aquellas palabras significaban algo.

Mucho.

—Yo también siento eso.

Su voz salió suave.

Sin bromas.

Sin defensas.

Solo sincera.

El silencio volvió.

Pero ya no era incómodo.

Era cómodo.

Como una manta tibia.

Como volver a casa después de un día largo.

Y entonces Alessandro habló otra vez.

Muy despacio.

Como si estuviera diciendo algo que acababa de descubrir.

—Creo que eres uno de mis lugares favoritos.

Julieta parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Porque de todas las cosas que esperaba escuchar...

esa no era una de ellas.

—¿Qué?

Alessandro sonrió.

Levemente avergonzado.

—Sonó raro.

—Un poco.

—Lo sabía.

—Pero también fue bonito.

Los ojos de Alessandro se suavizaron.

Y durante unos segundos simplemente se quedaron observándose.

Sin necesidad de llenar el silencio.

Sin necesidad de impresionar al otro.

Solo estando ahí.

Y Julieta entendió algo.

A veces las personas pasan años buscando un lugar donde sentirse tranquilas.

Donde sentirse escuchadas.

Donde sentirse comprendidas.

Y de repente aparece alguien.

Una persona.

Y sin darte cuenta...

se convierte en ese lugar.

Aquella noche, cuando finalmente se despidió en la puerta del departamento, Alessandro la observó marcharse con una sonrisa tranquila.

Y Julieta caminó hacia su casa con el corazón lleno de algo nuevo.

Algo que ya no se parecía al enamoramiento.

Se parecía más a la certeza.

La certeza de que, sin importar cómo hubiera sido el día...

siempre encontraría el camino de regreso a él.

Y quizá Alessandro sentía exactamente lo mismo. 💗📖✨



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 17.06.2026

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