Las personas siempre hablan de estar presentes en los momentos felices.
Las celebraciones.
Los logros.
Las victorias.
Pero el amor se pone a prueba en otro lugar.
En los días horribles.
En los días donde nada sale bien.
En los días donde uno simplemente quiere desaparecer debajo de una cobija y no hablar con nadie.
El problema comenzó un lunes.
Porque los lunes tienen esa capacidad especial para arruinar vidas.
Julieta llegó tarde a la universidad.
Olvidó entregar un trabajo.
Derramó café sobre sus apuntes.
Y para terminar de completar aquella maravillosa experiencia humana, recibió una calificación mucho peor de la que esperaba.
A las cuatro de la tarde ya estaba agotada.
A las cinco estaba frustrada.
Y a las seis tenía ganas de llorar.
—Estoy harta —declaró mientras caminaba junto a Natalia.
—Lo sé.
—No, en serio.
—Lo sé.
—¿Y si me voy a vivir a una montaña?
—Durarías tres días.
—Dos.
—Uno.
—Qué poca fe me tienes.
Natalia sonrió.
—Te quiero demasiado para mentirte.
Julieta intentó ignorar su mal humor.
Lo intentó durante horas.
Pero cuando llegó a casa seguía sintiéndose igual.
Peor, incluso.
Porque ahora tenía tiempo para pensar.
Y pensar casi nunca ayudaba.
Su celular vibró.
Alessandro.
Lo observó unos segundos.
Normalmente contestaba de inmediato.
Pero esta vez no.
No tenía ganas de hablar.
No quería fingir que estaba bien.
Y tampoco quería descargar toda su frustración sobre él.
Así que dejó sonar el teléfono.
Cinco minutos después llegó un mensaje.
¿Todo bien?
Julieta cerró los ojos.
Maldito hombre observador.
Sí.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Mentira.
Ella bufó.
¿Cómo sabes?
Porque pusiste un punto al final del mensaje.
Julieta se quedó mirando la pantalla.
Indignada.
Eso no significa nada.
Significa que algo pasa.
Eres insoportable.
Lo sé. ¿Qué ocurrió?
Y ahí estaba el problema.
Que Alessandro nunca preguntaba por compromiso.
Preguntaba porque realmente quería saber.
Ella tardó varios minutos en responder.
Finalmente escribió:
Solo tuve un día horrible.
La llamada llegó menos de diez segundos después.
—Hola.
—Hola.
Su voz salió más triste de lo que esperaba.
Y Alessandro lo notó inmediatamente.
Claro que lo notó.
—Cuéntame.
La frase fue suave.
Tranquila.
Sin presión.
Y por alguna razón...
Julieta terminó contándole todo.
El trabajo.
La calificación.
El café.
La frustración.
Las dudas.
Todo.
Absolutamente todo.
Cuando terminó, hubo silencio.
Un silencio pequeño.
Pensativo.
—Julieta.
—¿Sí?
—¿Sabes qué escuché durante los últimos diez minutos?
Ella suspiró.
—Que soy un desastre.
—No.
—¿Que arruiné mi vida?
—Tampoco.
—¿Entonces qué?
La sonrisa podía escucharse en la voz de Alessandro.
—Escuché a una chica inteligente teniendo una semana difícil.
Julieta permaneció callada.
—No es lo mismo.
Su garganta se cerró un poquito.
Porque necesitaba escuchar eso.
Más de lo que quería admitir.
—¿Y si fracaso?
La pregunta salió antes de poder detenerla.
Pequeña.
Vulnerable.
Real.
Alessandro tardó unos segundos en responder.
—Entonces te levantarás.
—Eso suena demasiado fácil.
—Porque no dije que sería fácil.
Su voz se volvió más suave.
Más profunda.
—Pero te conozco.
Y confío en ti.
El corazón de Julieta se apretó.
Porque a veces uno deja de creer en sí mismo.
Y necesita que alguien sostenga esa fe por un rato.
—¿Sabes qué haría yo si tuviera un día horrible? —preguntó Alessandro.
—¿Qué?
—Pediría comida.
Ella soltó una carcajada.
—Qué consejo tan mediocre.
—Todavía no termino.
—Continúa.
—Pediría comida, vería una película horrible y descansaría.
—Eso sigue siendo mediocre.
—Y después recordaría que un mal día no define una buena vida.
El silencio que siguió fue largo.
Porque aquella frase encontró un lugar dentro de Julieta.
Un lugar que estaba lleno de dudas.
—Repítelo.
—¿Qué cosa?
—Eso último.
Alessandro sonrió.
Ella pudo escucharlo.
—Un mal día no define una buena vida.
Julieta cerró los ojos.
Y por primera vez desde la mañana...
respiró tranquila.
Más tarde, cuando colgaron, recibió otro mensaje.
Uno más.
Solo uno.
Por cierto.
¿Sí?
Sigo estando orgulloso de ti. Incluso en tus días malos.
Y Dios.
Aquello terminó de romperle el corazón.
De la forma bonita.
Porque estaba empezando a descubrir algo sobre Alessandro.
Algo que quizá era la razón por la que se sentía tan segura con él.
No aparecía solamente cuando las cosas iban bien.
Aparecía cuando iban mal.
Cuando ella dudaba.
Cuando estaba cansada.
Cuando sentía que no era suficiente.
Y esa noche, antes de dormir, Julieta sonrió por primera vez en todo el día.
Porque el día había sido horrible.
Eso era cierto.
Pero también era cierto algo más.
Tenía a alguien que le recordaba quién era cuando ella misma lo olvidaba.
Y eso empezaba a sentirse como amor del bueno. 💗📖✨