Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 36.

Elegirse otra vez

Dicen que el verdadero amor no se demuestra cuando todo va bien.

Se demuestra después de una discusión.

Cuando el orgullo tiene la oportunidad de ganar.

Y aun así...

alguien decide dar un paso hacia el otro.

Julieta apenas durmió aquella noche.

No porque siguiera enojada.

Sino porque entendió algo.

No quería tener razón.

Quería estar bien con Alessandro.

Y había una enorme diferencia entre esas dos cosas.

Cuando abrió los ojos, lo primero que hizo fue mirar el celular.

No había mensajes nuevos.

Sintió un pequeño vacío.

—Qué ridícula eres —se dijo a sí misma.

—¿Con quién hablas? —preguntó Natalia al entrar a la cocina.

—Con mi falta de dignidad.

—Ah, entonces sigue la pelea.

Julieta dejó escapar un suspiro.

—No fue una pelea tan grande.

Natalia levantó una ceja.

—¿Y por qué tienes esa cara?

—Porque lo extraño.

—¿Desde cuándo no lo ves?

Julieta bajó la mirada.

—Dos días.

Natalia casi escupió el café.

—¿DOS DÍAS?

—No grites.

—Julieta, yo pensé que llevaban semanas.

—Se sintieron como semanas.

Natalia negó con la cabeza.

—Qué enamorados dan miedo.

Mientras tanto, Alessandro estaba terminando una reunión.

O al menos lo intentaba.

Porque llevaba diez minutos leyendo la misma hoja.

Marco lo observó desde el otro lado de la oficina.

—No has escuchado una sola palabra de lo que dije, ¿verdad?

Alessandro levantó la vista.

—¿Qué?

Marco sonrió con satisfacción.

—Lo sabía.

—Estoy escuchando.

—Perfecto. Repite lo último que dije.

Silencio.

—...No puedo.

—Estás pensando en Julieta.

Alessandro suspiró.

—Sí.

—Ve a buscarla.

—No es tan sencillo.

Marco soltó una carcajada.

—Hermano, eres un hombre que negocia contratos millonarios y dirige una empresa.

Se inclinó hacia él.

—¿Y me vas a decir que te da miedo hablar con tu novia?

Alessandro se quedó callado.

Marco sonrió todavía más.

—Estás perdidamente enamorado.

—Eso ya lo sabía.

A las cinco de la tarde, Julieta salió de la universidad.

El cielo estaba cubierto de nubes.

Había empezado a lloviznar.

Buscó un paraguas dentro de su mochila.

Nada.

—Perfecto...

Empezó a caminar rápido.

Hasta que alguien habló detrás de ella.

—Siempre olvidas el paraguas.

Julieta se quedó inmóvil.

Reconocería esa voz entre miles.

Giró lentamente.

Alessandro estaba ahí.

Con un paraguas negro en una mano.

Y una expresión entre nerviosa y esperanzada.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo se miraron.

Como si ambos estuvieran buscando las palabras correctas.

Fue Alessandro quien rompió el silencio.

—Hola.

Julieta sonrió sin poder evitarlo.

—Hola.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Podemos caminar?

Ella asintió.

Los dos quedaron bajo el mismo paraguas.

Muy cerca.

El sonido de la lluvia llenó el silencio que ninguno sabía cómo romper.

Hasta que Alessandro respiró hondo.

—Lo siento.

Julieta levantó la cabeza.

—No quería que sintieras que no eras importante.

Su voz era tranquila.

Pero sus ojos decían otra cosa.

Decían preocupación.

Decían culpa.

—Nunca cancelo nuestros planes porque no quiera verte.

Hizo una pausa.

—Los cancelo porque hay personas que, si no entro al quirófano, podrían no volver a casa.

Julieta sintió un nudo en la garganta.

Porque siempre lo había sabido.

Pero escucharlo decirlo así...

era diferente.

—Y cada vez que pasa... pienso en ti.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿En mí?

Él sonrió con tristeza.

—Porque sé que te estoy fallando.

Julieta negó inmediatamente.

—No.

Tomó su mano.

Con firmeza.

—No me estás fallando.

Los dos se detuvieron en medio de la acera.

La lluvia seguía cayendo alrededor.

La gente pasaba sin prestarles atención.

—Lo que me dolió fue extrañarte.

No tu trabajo.

Te extrañé a ti.

Alessandro cerró los ojos un instante.

Como si esas palabras le quitaran un peso enorme de encima.

—Yo también te extraño todo el tiempo.

Julieta soltó una pequeña risa.

—Eso ya lo sé.

Él la miró con curiosidad.

—¿Cómo?

—Porque eres incapaz de disimular.

Por primera vez desde la discusión, Alessandro rio de verdad.

Una risa limpia.

Sincera.

Y Julieta sintió que todo volvía a su lugar.

—Ven aquí.

Él sonrió.

—Ahora sí me estás copiando.

—Cállate.

Se acercó un paso más.

No para besarla.

Solo para abrazarla.

Y Alessandro la rodeó con los brazos lentamente.

Como si estuviera llegando a casa después de un viaje muy largo.

Ninguno habló durante un buen rato.

No hacía falta.

A veces un abrazo dice todo lo que las palabras no pueden.

Después de unos minutos, Julieta levantó la cabeza.

—¿Hacemos un trato?

—Todos los que quieras.

—La próxima vez que alguno se sienta triste o frustrado...

Nada de guardar silencio.

Nada de fingir que está bien.

Nos lo decimos.

Aunque dé miedo.

Aunque sea incómodo.

Aunque no sepamos cómo explicarlo.

Alessandro la observó con una ternura inmensa.

—Trato hecho.

Entrelazó sus dedos con los de ella y sonrió.

—Porque si vamos a construir una vida juntos algún día...

quiero que aprendamos a resolver las cosas de este lado.

No desde el orgullo.

Desde el amor.

Julieta sintió que el corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo.

Y, por primera vez, entendió que aquella discusión no había debilitado su relación.



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 05.07.2026

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