Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 37.

El vestido azul

Después de aquella conversación bajo la lluvia, algo cambió entre ellos.

No era un cambio evidente.

No era que se quisieran más.

Eso parecía imposible.

Era otra cosa.

Ahora sabían que podían discutir sin romperse.

Y esa certeza hacía que todo se sintiera más seguro.

Más tranquilo.

Más suyo.

Dos semanas después, Julieta estaba terminando una clase cuando recibió un mensaje.

Alessandro.

Tengo una invitación para ti.

Sonrió inmediatamente.

¿Es una invitación o una emboscada?

Depende de cómo lo veas.

Ya me dio miedo.

El sábado hay una gala benéfica organizada por el hospital y por la fundación de mi empresa.

Julieta leyó el mensaje dos veces.

¿Una gala?

Eso sonaba demasiado elegante.

Creo que te equivocaste de Julieta.

La respuesta llegó enseguida.

No. Quiero que vengas conmigo.

Ella mordió su labio inferior.

Nunca había asistido a un evento así.

¿Y si hago el ridículo?

Pasaron unos segundos antes de que apareciera la respuesta.

Entonces haré el ridículo contigo.

Julieta soltó una risa.

Ese hombre tenía una respuesta para todo.

El sábado llegó demasiado rápido.

Julieta llevaba casi una hora frente al espejo.

Había elegido un vestido azul marino de corte sencillo y elegante.

No era extravagante.

Pero la hacía sentir bonita.

Aun así, seguía dudando.

—¿Y si todos van vestidos mejor?

Natalia, sentada sobre la cama, rodó los ojos.

—Julieta.

—¿Qué?

—Al hombre que va a recogerte le daría igual si fueras con una bolsa de basura.

Julieta se rio.

—Exagerada.

—¿Exagerada?

Natalia se levantó y acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja.

—Ese italiano te mira como si hubieras inventado la felicidad.

Julieta sintió cómo sus mejillas se calentaban.

—No dice esas cosas.

—No necesita decirlas.

Las hace con los ojos.

El timbre sonó.

Julieta respiró hondo.

—Ya llegó.

—Lo sé.

—Estoy nerviosa.

Natalia sonrió.

—Él también.

Cuando Julieta abrió la puerta...

Alessandro dejó de respirar por un instante.

Llevaba un traje negro perfectamente ajustado.

Corbata oscura.

El cabello ligeramente despeinado, como siempre.

Pero no fue él quien llamó la atención.

Fue la forma en que la miró.

Como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Julieta sintió un cosquilleo recorrerle el cuerpo.

—Hola...

Alessandro tardó unos segundos en responder.

Simplemente la observaba.

Con una mezcla de admiración y sorpresa.

—¿Alessandro?

Él parpadeó.

—Perdón.

Ella sonrió, divertida.

—¿Qué pasó?

Él negó lentamente con la cabeza.

—No estaba preparado.

Julieta frunció el ceño.

—¿Para qué?

Alessandro soltó una risa baja.

—Para verte tan hermosa.

El silencio que siguió fue absoluto.

Julieta sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—No puedes decir esas cosas así.

Él sonrió.

—¿Por qué?

—Porque me pongo nerviosa.

—Qué curioso.

—¿Qué cosa?

—Tú me haces sentir exactamente igual.

Durante el trayecto en automóvil hablaron de cualquier cosa.

De música.

De Italia.

De cómo Marco había insistido en que Alessandro aprendiera a bailar porque "un italiano no podía tener dos pies izquierdos".

—¿Y aprendiste?

—No.

—¿Tan grave es?

—Julieta...

—Sí.

—Tengo un doctorado.

—Ajá.

—Dirijo una empresa.

—Ajá.

—He realizado cirugías de más de ocho horas.

Ella sonrió.

—¿Y?

Alessandro la miró con absoluta seriedad.

—Pero el vals sigue ganando.

Julieta soltó una carcajada tan fuerte que casi tuvo que limpiarse las lágrimas.

—No me estoy riendo de ti.

—Claro que sí.

—Un poquito.

Al llegar al salón de la gala, varias personas saludaron a Alessandro.

Directivos.

Médicos.

Empresarios.

Todos parecían conocerlo.

Pero esa noche ocurrió algo distinto.

Él no soltó la mano de Julieta ni un solo segundo.

—Doctor Bianchi, qué gusto verlo.

—Gracias.

—¿Y la señorita?

Alessandro sonrió con orgullo.

—Ella es Julieta.

No dijo "una amiga".

No dijo "me acompaña".

Solo dijo su nombre.

Como si eso bastara para explicar lo importante que era.

Y, de alguna manera...

bastaba.

Más tarde, cuando la música comenzó a sonar, Alessandro se acercó a ella.

—Tengo una mala noticia.

Julieta levantó una ceja.

—¿Cuál?

—Van a poner un vals.

Ella sonrió de inmediato.

—¿Y?

Él suspiró con dramatismo.

—Voy a humillar a todo mi árbol genealógico italiano.

Julieta empezó a reír.

—No seas exagerado.

—Lo soy.

Le extendió la mano.

—¿Me concedes este desastre?

Ella colocó su mano sobre la de él.

—Con mucho gusto.

Mientras caminaban hacia la pista, Julieta sintió que Alessandro apretaba ligeramente su mano.

—¿Estás nervioso?

Él la miró de reojo.

—Muchísimo.

—¿Por bailar?

Sonrió.

—No.

Hizo una pausa.

—Porque quiero que esta noche sea especial para ti.

Julieta lo observó unos segundos.

Y entendió que, aunque Alessandro podía comprar cualquier cosa en el mundo...

las cosas que más le importaban no tenían precio.

Como verla sonreír.

Y mientras la música comenzaba a llenar el salón, Julieta pensó que, si alguien le hubiera dicho meses atrás que un accidente con una taza de café la llevaría hasta ese momento...



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

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