Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 38.

El baile que nadie iba a recordar

Julieta siempre creyó que los bailes elegantes eran como en las películas.

Personas moviéndose con absoluta sincronía.

Sonrisas impecables.

Vestidos girando.

Hombres seguros de cada paso.

Cinco minutos después descubrió que las películas mentían.

Muchísimo.

—Última oportunidad para huir —murmuró Alessandro mientras caminaban hacia la pista.

Julieta levantó una ceja.

—¿Tanto miedo te da?

—No es miedo.

—¿Entonces?

—Es instinto de supervivencia.

Ella soltó una carcajada.

—Relájate. Solo es un vals.

—Julieta...

Él la miró con absoluta seriedad.

—Estoy a punto de avergonzar a generaciones enteras de italianos.

—No exageres.

—Mi abuela está sintiendo vergüenza desde Europa y ni siquiera sabe por qué.

Julieta ya no podía dejar de reír.

—Ven.

Lo tomó de la mano y lo llevó hasta el centro de la pista.

—Si pisas mi vestido, prometo perdonarte.

—Eso no me tranquiliza.

—Si me pisas el pie...

—¿Sí?

—Te cobraré un café.

Alessandro sonrió.

—Eso sí puedo pagarlo.

La música comenzó.

Él colocó una mano en su cintura.

La otra sostuvo la de Julieta.

Sus miradas se encontraron.

—Respira —dijo ella.

—Estoy respirando.

—No, estás sobreviviendo.

Él dejó escapar una risa.

—Qué poco apoyo recibo de mi propia novia.

—Te estoy apoyando.

—¿Riéndote de mí?

—Exactamente.

Dieron los primeros pasos.

Sorprendentemente...

no salió tan mal.

—¿Ves? —dijo Julieta.

—Todavía es muy pronto para celebrar.

Dos pasos más.

Todo seguía bien.

Hasta que Alessandro calculó mal una vuelta.

Y terminó pisando discretamente el borde del vestido azul.

Julieta perdió un poco el equilibrio.

Él abrió los ojos como platos.

La sostuvo inmediatamente por la cintura antes de que cayera.

Durante dos segundos permanecieron completamente quietos.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

—...Creo que acabo de confirmar mi teoría —susurró Alessandro.

Julieta lo miró divertida.

—¿Cuál?

—La de avergonzar a Italia.

Ella rompió a reír.

Una risa tan contagiosa que varias personas alrededor comenzaron a sonreír también.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Alessandro.

—¿Qué?

—Que llevo años dando conferencias frente a cientos de personas sin ponerme nervioso.

Julieta inclinó un poco la cabeza.

—¿Y ahora sí?

Él asintió.

—Contigo siempre.

Su corazón dio un vuelco.

—¿Todavía?

—Cada vez más.

Julieta sonrió con ternura.

—Pensé que ya te habías acostumbrado.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

Alessandro la observó como si la respuesta fuera la cosa más sencilla del mundo.

—Que cada vez descubro algo nuevo de ti.

Hizo una pequeña pausa.

—Y vuelvo a enamorarme.

Julieta sintió que el aire le faltaba por un instante.

Aquel hombre...

tenía la costumbre de decir las cosas más bonitas con una naturalidad desesperante.

La canción terminó entre aplausos.

Cuando salieron de la pista, Alessandro respiró aliviado.

—Sobrevivimos.

—Y solo casi me tiras una vez.

—Eso cuenta como éxito.

—Definitivamente.

Un hombre mayor se acercó a ellos con una sonrisa amable.

—Doctor Bianchi.

—Señor Ricci, qué gusto verlo.

El hombre estrechó su mano y luego miró a Julieta.

—Así que tú eres la famosa Julieta.

Ella parpadeó.

—¿Famosa?

Alessandro carraspeó con evidente incomodidad.

—No le haga caso.

El señor Ricci soltó una carcajada.

—Este muchacho no habla de otra cosa.

Alessandro cerró los ojos un instante.

—Por favor...

—En cada reunión encuentra la manera de mencionarte.

"Julieta dijo esto."

"Julieta piensa aquello."

"Julieta me recomendó ese libro."

El hombre sonrió con complicidad.

—Ya todos queríamos conocerte.

Julieta giró lentamente hacia Alessandro.

Él parecía querer desaparecer.

—¿Es verdad?

Alessandro se frotó la nuca.

—...Tal vez.

—¿Tal vez?

—Bueno...

Ella cruzó los brazos, conteniendo una sonrisa.

—Alessandro Bianchi.

Él suspiró derrotado.

—Me gusta hablar de ti.

Aquella confesión fue tan sencilla...

tan honesta...

que Julieta sintió un calor agradable extenderse por todo el pecho.

No era una gran declaración.

Era algo mucho más íntimo.

Ella ya formaba parte de sus conversaciones.

De sus días.

De sus pensamientos.

Cuando el señor Ricci se alejó, Julieta se acercó un poco más.

—¿Sabes qué significa eso?

Alessandro la miró con cautela.

—¿Qué cosa?

—Que estás completamente perdido.

Él sonrió.

Una sonrisa tranquila.

De esas que nacían en los ojos.

—Julieta...

Tomó su mano entre las suyas.

La observó unos segundos antes de volver a levantar la vista.

—Creo que llevo perdido desde el día en que me tiraste café encima.

Ella soltó una risa.

—Entonces no pienso pedirte perdón nunca.

—Menos mal.

—¿Por qué?

Él besó con delicadeza el dorso de su mano.

Un gesto breve.

Elegante.

Tan propio de él.

—Porque ha sido el accidente más bonito de toda mi vida.

Y, por primera vez en toda la noche, Julieta se quedó completamente sin palabras. 💗📖✨



#3311 en Novela romántica
#986 en Otros
#362 en Humor

En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.