Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 39.

El hombre del que todos hablaban

Hay una diferencia enorme entre enamorarte de la persona que conoces...

y enamorarte de la persona que descubres a través de los demás.

Julieta lo entendió aquella noche.

Porque hasta ese momento Alessandro solo era Alessandro.

Su novio.

El hombre que le preguntaba si ya había comido.

El médico que se desvelaba por sus pacientes.

El empresario que siempre encontraba tiempo para ella.

Pero esa noche descubrió cómo lo veía el resto del mundo.

Y no estaba preparada.

—¿Te estás escondiendo? —preguntó Julieta mientras lo encontraba junto a una mesa de postres.

Alessandro sostenía un pequeño plato con un tiramisú.

La miró con expresión inocente.

—Jamás.

—Llevas cinco minutos aquí.

—Estoy analizando el tiramisú.

—¿Analizando?

—Es un asunto serio.

Ella soltó una risa.

—Claro, doctor.

Él tomó una cucharada.

—La crema está bien.

—Ajá.

—Pero mi nonna diría que le falta café.

—¿Tu abuela criticaba los postres?

—Mi abuela criticaba absolutamente todo.

Julieta comenzó a reír.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—Era adorable.

—Suena aterradora.

—Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.

Mientras seguían bromeando, una mujer de unos cincuenta años se acercó a ellos.

—¿Doctor Bianchi?

Alessandro sonrió inmediatamente.

—Señora Ferrer.

—Qué gusto verlo.

La mujer lo abrazó con cariño.

Julieta observó la escena con curiosidad.

—Hace mucho que no nos veíamos.

—Lo sé. ¿Cómo está Daniel?

La mujer sonrió emocionada.

—Terminó la preparatoria este año.

Alessandro abrió los ojos con sorpresa.

—¿Ya?

—Y quiere estudiar Medicina.

Julieta notó cómo el rostro de Alessandro se iluminó.

—Me alegra muchísimo.

La señora Ferrer volvió la mirada hacia Julieta.

—¿Tú eres Julieta?

Ella asintió.

—Mucho gusto.

La mujer le tomó las manos con una sonrisa cálida.

—Cuídalo mucho.

Julieta sonrió.

—Lo intento.

La señora Ferrer negó lentamente.

—Él siempre cuida de todos.

A veces se olvida de cuidarse a sí mismo.

El corazón de Julieta se encogió.

Porque aquella frase era exactamente lo que ella había descubierto semanas atrás.

La mujer continuó.

—Hace años mi hijo estuvo muy enfermo.

El doctor Bianchi estuvo con nosotros en los peores días.

Nunca nos hizo sentir solos.

Nunca.

Se le humedecieron los ojos.

—Jamás vamos a poder agradecerle lo suficiente.

Julieta miró a Alessandro.

Él estaba ligeramente incómodo.

Como siempre que alguien hablaba bien de él.

—Solo hice mi trabajo.

La señora Ferrer sonrió con ternura.

—No, hijo.

Hiciste mucho más que eso.

Cuando la mujer se marchó, caminaron en silencio hacia el jardín del salón.

La música seguía sonando dentro.

Afuera solo se escuchaba el viento moviendo los árboles.

Julieta se detuvo.

—¿Por qué nunca me cuentas esas cosas?

Alessandro la miró confundido.

—¿Cuáles?

—Las personas a las que ayudaste.

Él bajó la vista.

—Porque no creo que sea necesario.

—¿No es necesario?

Él negó con tranquilidad.

—No hago las cosas para que me admiren.

Julieta sintió un nudo en la garganta.

Claro que no.

Ese era precisamente el problema.

Nunca buscaba reconocimiento.

Nunca hablaba de sí mismo.

Simplemente hacía el bien...

y seguía adelante.

—Ven.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

Julieta acomodó con delicadeza una arruga imaginaria en la solapa de su saco.

—Solo quería estar un poquito más cerca.

Alessandro sonrió.

—Esa es una buena excusa.

—Lo sé.

Ella levantó la vista hacia él.

—¿Puedo decirte algo?

—Siempre.

Respiró hondo.

—Estoy muy orgullosa de ti.

Alessandro se quedó inmóvil.

Completamente inmóvil.

Como si nadie le hubiera dicho esas palabras en mucho tiempo.

—¿Por qué?

Julieta sonrió con dulzura.

—Porque todos hablan del gran médico.

Del gran empresario.

Pero yo conozco al hombre que se preocupa porque yo desayune.

Al que llama a las dos de la mañana cuando tiene un día difícil.

Al que se pone nervioso bailando un vals.

Sus ojos empezaron a brillar.

—Y me gusta muchísimo más esa versión.

Alessandro tragó saliva.

Por primera vez desde que se conocían...

no encontró una respuesta ingeniosa.

No hizo una broma.

No cambió de tema.

Simplemente dio un paso hacia ella.

—Julieta...

Ella levantó la mirada.

Él acarició suavemente su mejilla con el dorso de la mano.

Un gesto tan delicado que parecía tener miedo de romper el momento.

—Gracias por mirarme como si todo lo demás no importara.

Julieta apoyó su mano sobre la de él.

—Porque para mí...

lo más importante nunca ha sido el doctor Bianchi.

Sonrió.

—Siempre ha sido Alessandro.

Él cerró los ojos un instante.

Y cuando volvió a abrirlos, había una emoción tan profunda en ellos que Julieta sintió que el tiempo se detenía.

Sin importar cuántas personas hubiera en aquella gala...

sin importar el ruido...

sin importar las luces...

en ese momento solo existían ellos dos.

Y, sin darse cuenta, Alessandro comprendió algo que jamás había sentido con nadie.

No tenía que impresionar a Julieta.

No tenía que demostrarle nada.

Porque ella ya había elegido quedarse...

por el hombre que era cuando nadie estaba mirando.

💗📖 Continuará...



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

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