Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 41.

Cuando el mundo empezó a sospechar

El lunes siguiente a la gala, Julieta llegó a la universidad con una sonrisa que no había podido borrar desde el fin de semana.

Intentó disimularla.

De verdad lo intentó.

Duró exactamente treinta segundos.

—¿Por qué sonríes así? —preguntó Natalia apenas la vio entrar al salón.

—¿Así cómo?

—Como si hubieras escondido un secreto.

Julieta dejó su mochila sobre la banca.

—No escondo ningún secreto.

Natalia la observó unos segundos.

Luego chasqueó la lengua.

—Ya te conozco.

—Qué miedo.

—Cuéntame.

—No hay nada que contar.

Natalia cruzó los brazos.

—Julieta.

—¿Sí?

—¿Alessandro hizo alguna Alessandro-cosa?

Julieta soltó una risa.

—¿Qué significa eso?

—Ya sabes.

—No.

—Decirte algo bonito sin darse cuenta.

Ella bajó la mirada, incapaz de esconder la sonrisa.

Natalia dio un pequeño grito.

—¡LO HIZO!

Varias personas voltearon a verlas.

Julieta se llevó una mano a la frente.

—Habla más bajito.

—No.

—Natalia...

—¿Qué te dijo?

Julieta dudó unos segundos.

—Prométeme que no te vas a reír.

—No prometo nada.

Suspiró.

—Dijo que soy su persona favorita.

Natalia permaneció completamente seria.

Durante dos segundos.

Tres.

Y después...

—¡AY, NO!

Julieta empezó a reír.

—¡Te dije que no gritaras!

—¡Ese hombre está enamoradísimo de ti!

—Natalia...

—No, escúchame.

Le tomó las manos por encima del escritorio.

—Yo pensaba que solo era un hombre muy atento.

Hizo una pausa dramática.

—Pero ya cruzó el punto de no retorno.

Julieta arqueó una ceja.

—¿Existe ese punto?

—Claro.

—¿Cuál es?

Natalia empezó a contar con los dedos.

—Te lleva flores.

—Ajá.

—Te pregunta si ya comiste.

—Ajá.

—Te mira como si fueras un milagro.

—Natalia...

—Y ahora dice que eres su persona favorita.

Negó lentamente con la cabeza.

—Ese italiano ya no tiene salvación.

Julieta escondió el rostro entre las manos.

No sabía si quería reír o morirse de la vergüenza.

Quizá las dos cosas.

Mientras tanto...

A varios kilómetros de ahí.

Alessandro estaba terminando una consulta cuando Marco apareció en la puerta de su oficina.

—¿Tienes un minuto?

—Depende.

—Necesito un favor.

Alessandro levantó una ceja.

—Eso nunca termina bien.

Marco sonrió.

—Tengo una cena familiar el viernes.

—¿Y?

—Quiero que vengas.

—¿Y?

—Con Julieta.

Alessandro dejó de escribir.

—¿Con Julieta?

—Sí.

—¿Con toda la familia?

—Sí.

Silencio.

Marco empezó a sonreír.

—Te estás poniendo nervioso.

—No.

—Sí.

—No.

—Hermano, llevas veinte segundos mirando el mismo bolígrafo.

Alessandro bajó la vista.

Efectivamente...

seguía sosteniendo el bolígrafo sin hacer nada.

Soltó una risa resignada.

—Un poco.

—¿Sabes qué es lo mejor?

—¿Qué?

—Que la nonna ya preguntó por ella.

Alessandro abrió mucho los ojos.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—Marco...

—¿Qué?

—¿Qué le dijiste exactamente?

Marco sonrió con una tranquilidad sospechosa.

—Que nunca te había visto mirar a alguien como miras a Julieta.

Alessandro cerró los ojos.

—Voy a despedirte de la familia.

—No puedes.

—Lo intentaré.

Aquella tarde, Julieta recibió un mensaje.

¿Estás libre el viernes?

Sonrió automáticamente.

Sí. ¿Por qué?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Algo raro estaba pasando.

Finalmente llegó la respuesta.

Quiero invitarte a cenar con mi familia.

Julieta se quedó inmóvil.

Volvió a leer el mensaje.

Y otra vez.

Su corazón empezó a latir tan rápido que estaba convencida de que cualquier persona cercana podía escucharlo.

Llamó inmediatamente.

Alessandro contestó al segundo timbrazo.

—Hola.

—¿Estás hablando en serio?

Él soltó una risa.

—Sí.

—¿Tu familia?

—Mi familia.

—¿Toda?

—La mayoría.

Julieta empezó a caminar de un lado a otro de su habitación.

—Alessandro, ¿y si no les caigo bien?

—Imposible.

—No conoces a tu familia como yo.

Él rio.

—Créeme.

La conozco perfectamente.

—¿Y si hago el ridículo?

—Entonces yo también lo haré.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Porque sigue siendo verdad.

Julieta dejó escapar un largo suspiro.

—Estoy nerviosa.

La voz de Alessandro se volvió mucho más suave.

—Yo también.

Ella se detuvo.

—¿Tú?

—Claro.

—¿Por qué?

Hubo un pequeño silencio.

Después respondió con una sinceridad que le aceleró el corazón.

—Porque quiero que las personas que más quiero...

conozcan a la mujer de la que estoy enamorado.

Julieta cerró los ojos.

Sonrió.

Y por primera vez en toda la conversación...

no encontró ninguna broma para responder.

Solo apoyó una mano sobre su pecho.

Intentando calmar un corazón que, definitivamente...

ya tenía dueño.

Continuará... 💗📖



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

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