Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 42.

La cena más importante

Nunca había entendido por qué la gente se ponía tan nerviosa por conocer a la familia de su pareja.

Hasta ese viernes.

Entonces lo entendió absolutamente todo.

Julieta llevaba cuarenta minutos frente al espejo.

No porque quisiera verse perfecta.

Sino porque absolutamente nada le parecía suficiente.

Se probó un vestido.

Luego otro.

Después un pantalón elegante.

Volvió al primer vestido.

Y terminó sentada en la cama, abrazando un cojín.

—No puedo hacer esto.

Natalia, que observaba la escena desde la puerta, negó con la cabeza.

—Sí puedes.

—¿Y si su mamá piensa que soy muy seria?

—No lo hará.

—¿Y si hablo demasiado?

—No hablas demasiado.

—¿Y si hablo muy poco?

Natalia soltó una carcajada.

—Julieta...

—¿Qué?

—Respóndeme algo.

—¿Qué?

—¿Alessandro te quiere?

Julieta sonrió sin darse cuenta.

—Sí.

—¿Mucho?

Su sonrisa creció todavía más.

—Muchísimo.

—Entonces deja de preocuparte.

A las siete en punto sonó el timbre.

Julieta respiró profundamente.

Abrió la puerta.

Y ahí estaba él.

Traje azul oscuro.

Camisa blanca.

Una pequeña caja de chocolates en una mano.

Y un ramo de flores en la otra.

Julieta frunció el ceño.

—¿Las flores son para mi familia?

Alessandro sonrió.

—No.

—¿Entonces?

Le entregó el ramo.

—Son para la mujer más bonita que voy a ver esta noche.

Julieta sintió que el corazón le dio un vuelco.

—No puedes empezar así.

—¿Por qué?

—Porque luego no sé cómo recuperarme.

Él rio con esa risa tranquila que tanto le gustaba.

—Entonces voy ganando.

—Definitivamente.

Durante el camino, Julieta jugueteaba con el cinturón de seguridad.

Alessandro la observó de reojo.

—Estás nerviosa.

—Muchísimo.

Él estiró la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

—Todo va a salir bien.

—¿Cómo lo sabes?

Sonrió.

—Porque te van a querer.

Ella negó inmediatamente.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—¿Y si no?

Alessandro la miró un instante.

Con una seguridad que casi desarmaba.

—Porque yo ya te quiero lo suficiente por todos.

Julieta sintió un nudo en la garganta.

Ese hombre...

algún día iba a terminar con su estabilidad emocional.

Media hora después, el automóvil se detuvo frente a una casa elegante, rodeada de jardines.

No era ostentosa.

Era cálida.

Con las luces encendidas y el aroma de comida escapando por una ventana entreabierta.

—¿Lista?

Julieta respondió con total sinceridad.

—No.

Alessandro sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Yo tampoco.

Ella lo miró sorprendida.

—¿En serio?

Él asintió.

—Quiero que todo salga bien.

Y eso me pone nervioso.

Julieta sonrió con ternura.

—Ven aquí.

—¿Qué?

Ella acomodó la corbata de Alessandro, que estaba perfectamente colocada.

—Necesitaba hacer algo para sentir que controlo la situación.

Él soltó una carcajada.

—¿Funcionó?

—No.

—Lo imaginé.

La puerta se abrió antes de que tocaran el timbre.

—¡Alessandro!

Una mujer de cabello castaño y una sonrisa luminosa salió a recibirlos.

Sin esperar un segundo, abrazó a Alessandro.

—Mamá.

Julieta sonrió al ver cómo él le devolvía el abrazo con el mismo cariño.

Había algo muy tierno en verlo dejar de ser el doctor y el empresario.

Ahí solo era un hijo.

—Y tú debes ser Julieta.

La mujer se acercó a ella con una sonrisa tan cálida que los nervios comenzaron a desaparecer.

—Mucho gusto.

Antes de que Julieta pudiera decir algo más...

la señora la abrazó.

Así.

Sin más.

—Gracias por hacer sonreír a mi hijo otra vez.

Julieta sintió que el corazón se le encogía.

Miró a Alessandro.

Él estaba completamente avergonzado.

—Mamá...

—¿Qué?

—La estás asustando.

La mujer rio.

—Perdón.

Pero es que llevo meses escuchando hablar de ti.

Julieta levantó lentamente una ceja hacia Alessandro.

—¿Meses?

Él carraspeó.

—Podemos hablar de eso después.

—Claro que hablaremos de eso después.

Entraron a la casa.

Las risas llenaban el comedor.

Marco fue el primero en levantarse.

—¡Julieta!

La saludó con un abrazo amistoso.

—Qué bueno que viniste.

Después apareció Lucía.

—¡Por fin te conozco!

Julieta apenas alcanzó a responder cuando una voz fuerte, con un marcado acento italiano, resonó desde el fondo del comedor.

—¿Esta es la ragazza?

Todos guardaron silencio.

Una mujer mayor, de cabello completamente blanco y ojos vivaces, caminó lentamente hacia ellos apoyándose en un bastón.

Era pequeña de estatura.

Pero llenaba la habitación con su presencia.

Alessandro sonrió con un cariño inmenso.

—Nonna.

La anciana ignoró por completo a su nieto.

Se detuvo frente a Julieta.

La observó de arriba abajo.

Con toda la seriedad del mundo.

Julieta tragó saliva.

Nadie dijo una palabra.

Hasta que, de pronto...

La nonna tomó las mejillas de Julieta entre sus manos.

Sonrió de oreja a oreja.

Y dijo con un español mezclado con italiano:

—Ah...

Ahora entiendo por qué mi nieto dejó de hablar de medicina...

para empezar a hablar de amor.

Toda la mesa estalló en carcajadas.

Alessandro se llevó una mano al rostro.

—Nonna, por favor...

Pero era demasiado tarde.

Julieta ya lo estaba mirando con una sonrisa imposible de ocultar.

Y Alessandro comprendió que iba a pasar el resto de la noche siendo el centro de todas las bromas familiares.



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

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