Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 43.

La nonna tenía un plan

Julieta sobrevivió exactamente cuatro minutos.

Cuatro.

Porque después de la frase de la nonna, toda la familia decidió que Alessandro merecía ser avergonzado.

Y ninguno mostró la menor intención de detenerse.

—Siéntense, siéntense —dijo la madre de Alessandro mientras servía la cena.

Julieta tomó asiento.

Alessandro se acomodó a su lado.

La nonna, por supuesto, eligió sentarse enfrente de ellos.

Como un juez.

—Nonna... —murmuró Alessandro.

Ella sonrió con inocencia.

—¿Sí?

—Compórtate.

—No prometo nada.

Marco soltó una carcajada.

—Eso dijo cuando rompió un florero porque discutió con el abuelo.

—¡Marco!

—¿Qué? Es una historia familiar.

La anciana levantó el mentón.

—Él tenía la culpa.

Toda la mesa empezó a reír.

Julieta ya entendía de dónde había heredado Alessandro ese humor tranquilo.

La cena transcurrió entre historias familiares.

Lucía contó cómo Alessandro, cuando tenía diez años, había intentado construir un microscopio con piezas de un reloj.

Marco recordó la vez que incendió accidentalmente un sartén intentando cocinar pasta.

—Fue un accidente científico.

—Quemaste la cocina —respondió Lucía.

—Detalles.

Julieta reía tanto que le dolían las mejillas.

Nunca había imaginado a Alessandro haciendo semejantes desastres.

—No me mires así —dijo él.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras disfrutando demasiado esto.

Ella sonrió.

—Lo estoy disfrutando muchísimo.

En medio de la conversación, la madre de Alessandro habló.

—Julieta.

—¿Sí?

—¿Mi hijo realmente cocina para ti?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y cocina bien?

Julieta miró a Alessandro con una sonrisa traviesa.

—Demasiado bien.

La madre suspiró dramáticamente.

—Qué injusticia.

Todos la miraron.

—A mí nunca me cocina.

Alessandro abrió mucho los ojos.

—¡Mamá!

—Es la verdad.

Marco intervino.

—Confirmo.

Lucía levantó la mano.

—Yo también.

La nonna golpeó suavemente la mesa con el bastón.

—¡Protesto!

Todos voltearon hacia ella.

—A mí sí me cocina.

Alessandro sonrió.

—Porque usted me chantajea emocionalmente.

La anciana asintió orgullosa.

—Y funciona.

Julieta ya no podía respirar de la risa.

Después de cenar, algunos salieron al jardín.

La noche era fresca.

Las luces colgantes iluminaban la terraza.

Julieta observó el lugar mientras Alessandro hablaba con Marco.

Entonces sintió un ligero toque en el brazo.

Era la nonna.

—¿Puedes caminar conmigo?

Julieta asintió.

—Claro.

Comenzaron a caminar lentamente por el jardín.

Durante unos segundos ninguna habló.

Hasta que la anciana rompió el silencio.

—Mi nieto sonríe diferente contigo.

Julieta sintió un calor subir a sus mejillas.

—¿Sí?

La nonna asintió.

—Cuando era niño...

Sonreía así.

Después dejó de hacerlo por mucho tiempo.

Julieta bajó la mirada.

No sabía qué responder.

—Trabajó demasiado.

Se exigió demasiado.

Siempre cuidando a todos.

Siempre siendo fuerte.

La anciana suspiró.

—Pero olvidó que él también necesitaba ser feliz.

Julieta sintió un nudo en la garganta.

Porque eso era exactamente el Alessandro que había conocido.

El hombre que cuidaba a todos...

menos a sí mismo.

La nonna tomó la mano de Julieta.

Sus manos estaban llenas de arrugas.

Pero transmitían una calidez inmensa.

—No permitas que vuelva a olvidarse de vivir.

Julieta levantó la vista.

La anciana sonrió.

—Y tampoco te olvides tú.

Porque las personas que siempre cuidan de los demás...

también necesitan que alguien cuide de ellas.

Julieta apretó suavemente su mano.

—Lo prometo.

La nonna asintió satisfecha.

—Lo sabía.

Cuando regresaron a la terraza, Alessandro las observó con curiosidad.

—¿Qué tanto hablaron?

La nonna respondió antes que Julieta.

—Secretos de mujeres.

Él frunció el ceño.

—Eso me preocupa.

—Debe preocuparte.

Marco se acercó riendo.

—¿Qué hiciste, nonna?

—Nada.

—Esa respuesta nunca significa nada bueno.

La anciana sonrió con picardía.

—Solo le dije a Julieta que, si algún día Alessandro es muy terco...

Hay una solución.

Alessandro suspiró.

—No quiero saber cuál.

—Hazle tiramisú.

Toda la familia estalló en carcajadas.

—¡Nonna! —protestó Alessandro.

Ella levantó un dedo.

—Ese muchacho no puede resistirse al tiramisú.

Julieta lo miró divertida.

—¿Es cierto?

Él escondió el rostro entre las manos.

—Lamentablemente...

sí.

Julieta sonrió con esa expresión traviesa que Alessandro ya conocía demasiado bien.

—Interesante.

Él levantó la vista inmediatamente.

—No.

—¿No qué?

—No uses esa información en mi contra.

Ella soltó una pequeña risa.

—No prometo nada.

Alessandro negó con la cabeza mientras toda su familia volvía a reír.

Y en ese momento comprendió algo.

Julieta ya no parecía una invitada.

Se reía con ellos.

Bromeaba con ellos.

La nonna ya la había adoptado oficialmente.

Y su madre la miraba con el mismo cariño con el que la había recibido al entrar.

Por primera vez en mucho tiempo, Alessandro sintió una paz inmensa.

Porque las dos partes más importantes de su vida...

acababan de encontrarse.

Y, contra todo pronóstico...

se habían querido desde el primer momento.

Continuará... 💗📖



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 28.07.2026

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