Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 44.

El regalo inesperado

Hay familias que te reciben con un apretón de manos.

Otras con una sonrisa.

Y luego estaba la familia Bianchi.

Que te recibía con comida, abrazos... y un interrogatorio cariñoso.

La sobremesa llevaba más de una hora.

Las tazas de café iban y venían.

El tiramisú de la nonna había desaparecido casi por completo.

Y Julieta ya no se sentía como una invitada.

Se sentía... cómoda.

Como si hubiera estado sentada en esa mesa muchas veces antes.

—Julieta —preguntó Lucía mientras servía otra taza de café—. ¿Cómo se conocieron?

Julieta y Alessandro se miraron.

Los dos sonrieron al mismo tiempo.

—Fue culpa de ella —dijo Alessandro con total tranquilidad.

Julieta abrió mucho los ojos.

—¿Perdón?

—Tú me aventaste café.

Toda la mesa volteó a verla.

—¡Fue un accidente! —se defendió ella entre risas.

Marco empezó a aplaudir.

—Ya me cayó mejor.

—¡Marco!

—¿Qué? Siempre quise saber quién había sido capaz de atacar al perfeccionista de mi hermano.

La madre de Alessandro miró a su hijo.

—¿Y tú qué hiciste?

Julieta respondió antes que él.

—Se preocupó más por mí que por su computadora.

Todos guardaron silencio.

La madre sonrió con ternura.

—Sí...

Ese definitivamente es mi hijo.

—¿Y fue amor a primera vista? —preguntó Lucía.

Julieta casi se atragantó con el café.

—¡No!

Alessandro soltó una risa.

—No.

La nonna los observó con cara de pocos amigos.

—Mentirosos.

Los dos la miraron.

—¿Cómo que mentirosos? —preguntó Alessandro.

La anciana señaló a su nieto con la cuchara.

—Tú llegaste esa noche a mi casa...

Imitó perfectamente su voz.

—"Nonna... hoy conocí a una chica muy interesante."

Toda la mesa explotó en carcajadas.

Alessandro abrió los ojos con horror.

—¡Yo nunca dije eso!

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

La nonna cruzó los brazos.

—Y luego dijiste...

Volvió a imitarlo.

—"Tiene la sonrisa más bonita que he visto."

Julieta sintió que el rostro le ardía.

Giró lentamente hacia Alessandro.

Él parecía querer desaparecer debajo de la mesa.

—¿Es verdad?

Alessandro se aclaró la garganta.

—...Tal vez.

—¿Tal vez?

—Bueno...

Marco ya estaba riéndose tanto que casi se caía de la silla.

—Hermano, ya ríndete.

Cuando las risas se calmaron, la madre de Alessandro desapareció unos minutos.

Regresó con una pequeña caja envuelta en papel color crema.

Se acercó a Julieta.

—Esto era para más adelante...

Pero creo que hoy es el momento correcto.

Julieta la miró confundida.

—¿Para mí?

—Para ti.

La tomó con cuidado.

—No era necesario.

—Ábrela.

Dentro había una delicada pulsera de plata.

Muy sencilla.

Con un pequeño dije en forma de olivo.

Julieta levantó la vista, sorprendida.

—Es hermosa...

La madre de Alessandro sonrió.

—En nuestra familia solemos regalar un olivo a las personas que esperamos que vuelvan muchas veces a casa.

El silencio fue inmediato.

Julieta sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Miró a Alessandro.

Él también estaba sorprendido.

—Mamá...

—¿Qué?

—No sabía que ibas a hacer eso.

Ella sonrió.

—Yo tampoco.

Simplemente sentí que debía hacerlo.

Julieta no supo qué decir.

Solo abrazó a la mujer con fuerza.

—Gracias.

—No me las des.

La abrazó de vuelta.

—Gracias por querer a mi hijo.

Cuando ya era hora de irse, Alessandro acompañó a Julieta hasta el coche.

La noche estaba tranquila.

Las luces de la casa seguían encendidas.

Antes de subir, Julieta volvió la vista hacia la ventana.

La nonna estaba espiándolos detrás de la cortina.

Al verla descubrirla, levantó el pulgar discretamente.

Julieta soltó una carcajada.

—Tu nonna nos está vigilando.

Alessandro ni siquiera volteó.

—Lo sé.

—¿Y no te preocupa?

—Ya me acostumbré.

Subieron al automóvil.

Durante unos minutos ninguno habló.

Hasta que Alessandro rompió el silencio.

—¿Te asusté invitándote hoy?

Julieta negó lentamente.

—Al principio sí.

—¿Y ahora?

Ella observó la pulsera que llevaba en la muñeca.

Sonrió.

—Ahora siento que conocí una parte muy importante de ti.

Alessandro tomó su mano con delicadeza.

—Tenía miedo de que no encajaras.

Julieta lo miró sorprendida.

—¿Tú tenías miedo?

Él asintió.

—Muchísimo.

Ella entrelazó sus dedos con los de él.

—Pues deja de tenerlo.

—¿Por qué?

Julieta sonrió con esa calma que siempre lograba transmitirle.

—Porque tu familia me hizo sentir como si ya perteneciera ahí.

Alessandro permaneció en silencio unos segundos.

Después llevó la mano de Julieta hasta sus labios y dejó un beso suave sobre sus nudillos.

—Eso era exactamente lo que esperaba.

Ella inclinó un poco la cabeza.

—¿Qué cosa?

Él sonrió con una felicidad serena.

—Que el lugar donde nací...

también pudiera sentirse un poquito como tu hogar.

Y mientras el automóvil se alejaba de la casa de los Bianchi, Julieta miró por última vez las luces del jardín.

Pensó que, a veces, el amor no solo te regalaba una persona.

También podía regalarte una familia.

Y ese era un regalo que jamás había esperado recibir.

Continuará... 💗📖



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 07.10.2026

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