Manual para sobrevivir a tres idiotas

Regla #1: nunca dejes que ellos planifiquen algo solos

No es una sugerencia. No es un consejo opcional. Es una regla de supervivencia.
​La última vez que los dejé solos menos de una hora, intentaron organizar «una idea simple». Según ellos, era algo rápido, inofensivo y fácil de controlar. Tres palabras que, cuando salen de sus bocas, deberían considerarse una declaración de guerra.

​Cuando regresé, el inventario era desastroso: una bicicleta que no era nuestra, dos botellas de refresco agitadas como granadas y una discusión muy seria sobre si saltar una reja contaba como «técnicamente ilegal». No pregunté. Nunca es buena idea preguntar. Solo respiré hondo, miré el desastre y entendí que había cometido un error. Otra vez.

​-¿A dónde iremos?-Error: no preguntes Solo deja que te lleven... y si algo sale mal, aprovecha que aún eres menor de edad y corre.

​-Ya dijimos que saltaríamos una reja -bufó Leo, impaciente.

-Pero no hablamos de ir a un día de campo -masculló Brando.

-Sería buena idea... tal vez mañana -opinó Dante, con calma.

​Miré hacia atrás. Luego al frente. Di un paso atrás, luego otro. Era el momento perfecto para escapar; solo necesitaba una distracción... que claramente no tenía.

​-¿A dónde vas, Emanuel? -Leo frunció el ceño con una sonrisa divertida.

-Quiero hacer pipí -mentí, fingiendo desesperación. Pero los idiotas ya no me creen nada.

-Será después -sentenció Leo-, porque en cuanto crucemos esa reja, tendrás que usar tu «encanto» para distraer al guardia.

​Antes de que pudiera protestar, Leo y Brando me sujetaron de los brazos.

-¿Hay un guardia? -pregunté, ahora sí con pánico real.

​Querían volver a entrar a ese centro comercial. A causar el desastre. Otra vez. Por eso tenemos la entrada prohibida; por culpa de ellos, porque yo soy un ángel en medio de demonios.

Pero un consejo: si alguna vez te sujetan de los pies para obligarte a entrar... acepta tu destino. No hay nada más hermoso que eso

Sus madres siempre terminan sacándonos de la comisaría como si fuera parte de la rutina dominical.

​-Anda -ordenaron una vez dentro.

Parecían caníbales apuntándome con lanzas, así que no tuve opción. Caminé hasta el mostrador esperando que el guardia no me reconociera. Suerte la mía: no lo hizo. Me toqué un mechón de cabello, tratando de invocar ese supuesto encanto.

​-¿Qué necesita? -preguntó el guardia.

-Estoy... perdida. Soy nueva en Ottawa y quería saber si podía llevarme a la comisaría. No conozco nada de esto -solté con mi mejor tono dramático.

​En cuanto vi que los chicos ya se habían infiltrado, detuve al guardia justo antes de que sacara su radio.

-De hecho... ya llamaré a mis padres. Solo quiero comprar unas cosas.

​Entré corriendo. Si hay algo que ellos no conocen es la palabra «esperar». Me lancé directo sobre Dante, mi mejor amigo y el único en quien confío al cien por ciento. Me atrapó antes de que me estrellara contra el suelo y seguimos avanzando conmigo colgada a su espalda como un mono.

​Llegamos a las escaleras eléctricas. Me bajé y, porque tomar buenas decisiones nunca ha sido lo mío, me pasé a la escalera contraria. La que bajaba. Empecé a correr hacia arriba mientras los peldaños me arrastraban hacia el abismo.

​-¡Vamos, tú puedes! -gritaban los tres desde arriba, como si fuera una competencia olímpica.

​Puse más esfuerzo del que jamás le he dedicado a mis estudios y, contra todo pronóstico, llegué a la cima. Me desplomé en el suelo con las piernas convertidas en gelatina. Pero la paz no existe para mí. Me arrastraron de los brazos como un saco de papas hasta una máquina de algodón de azúcar.

​Prioridades.

​Se sirvieron, pagaron y empezaron a caminar como si yo fuera invisible.

Levanté las manos en protesta, pero ni se inmutaron.

Qué considerados.

Me acerqué corriendo y le di una patada en el trasero a Leo. Mala decisión. Él tiene mucha más fuerza, así que la única que terminó en el suelo fui yo. Se giró, me agarró de los tobillos y empezó a arrastrarme como una bolsa de basura. Definitivamente, hoy tengo prohibido caminar.

​Me arrastraron un poco más hasta que logré ponerme de pie. Y entonces vimos a un señor con un traje de salchicha repartiendo muestras gratis. Grave error. Nos acercamos con una calma y le quitamos todo. Absolutamente todo.

​El pobre hombre terminó en el suelo mientras nosotros huíamos con las manos llenas. Cuando logró levantarse, empezó a perseguirnos. Sí... un hombre vestido de salchicha gigante corriendo detrás de nosotros por todo el centro comercial. Mi vida es un chiste.

Correr por un centro comercial ya es bastante vergonzoso, pero hacerlo mientras te persigue un embutido gigante es otro nivel de humillación.

​El hombre-salchicha era sorprendentemente rápido para alguien que llevaba un disfraz de espuma de dos metros. Gritaba cosas sobre «respeto a la propiedad» y «muestras limitadas», pero su voz sonaba apagada dentro del traje, lo que lo hacía aún más ridículo.

​-¡Separación en abanico! -gritó Leo, como si estuviéramos en una película de acción y no huyendo de un snack animado.

​Dante, que seguía conmigo a cuestas, ni siquiera se inmutó.

​-No -respondió con calma, sin dejar de correr-. Emanuel es el amuleto. Si lo soltamos, nos atrapan.

​-¡Yo no soy un amuleto! -protesté -. ¡Soy una víctima!

​Doblamos una esquina derrapando en el suelo pulido. Frente a nosotros: la zona de comidas. El peor lugar posible. Había demasiada gente, demasiadas mesas y, lo más importante, demasiados testigos.

​-¡Al corral de juegos! -ordenó Brando, señalando el área para niños pequeños.

​Fue una idea brillante y terrible a la vez. Brando saltó la pequeña valla de colores con agilidad. Leo lo siguió. Dante, conmigo, hizo un salto que casi nos mata a los dos, aterrizando en seco sobre una colchoneta azul.
​Un segundo después, la Salchicha Gigante llegó a la valla.



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En el texto hay: hola amados lectores

Editado: 06.04.2026

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