El problema es que no siempre puedes hacerlo. A veces estás sentada a la mesa, con tus padres enfrente, fingiendo que todo es perfectamente normal. Como si tu vida no fuera un desastre constante. Como si no tuvieras antecedentes cuestionables en lugares públicos. Como si tomar buenas decisiones fuera algo que realmente supieras hacer.
-¿Y cómo te fue hoy en la escuela? -preguntó mi madre, sirviéndome más comida de la que había pedido.
-Bien -respondí, manteniendo la vista fija en el plato.
-¿Segura? -insistió mi padre, dejando los cubiertos a un lado-. Porque, si bien recuerdo, la semana pasada te peleaste con uno de tus compañeros solo por llamarte «chico».
-Es que, hija, tienes una manera de vestir muy... -mi madre buscó la palabra adecuada en el techo-, peculiar.
Tenían razón. Nunca fui de las que se sienten cómodas en vestidos o colores pastel. Mi armario es un santuario de ropa holgada, sudaderas tres tallas más grandes y ese estilo skater que mis padres confunden con una crisis de identidad. No quiero parecer un hombre, simplemente quiero que la ropa no me apriete el alma. Pero para ellos, si no llevas algo ajustado, estás ocultando un mensaje cifrado.
-Sí, normal -aseguré, clavando el tenedor en una patata.
Mentir por omisión es un arte que he perfeccionado gracias a mis amigos. Si mis padres supieran la mitad de las cosas que pasan cuando cruzo la puerta de casa, probablemente me pondrían un rastreador GPS en el tobillo. O me encerrarían en un convento.
-Normal -repitió mi padre, entrecerrando los ojos como si buscara una mancha de barro o una prueba de mi última mala decisión-. Espero que ese "normal" no incluya a los de siempre.
Miré mi celular por debajo de la mesa. La pantalla no dejaba de iluminarse con las notificaciones del chat grupal.
WhatsApp; Leo: ¿Quieren venir hoy a la playa? Vamos a usar paracaídas acuáticos.
WhatsApp; Brando: Me apunto, pero llevaré a una chica.
WhatsApp; Dante: También me apunto. Pero espero que esa chica no sea la misma de la otra vez; estás advertido, Brando.
WhatsApp; Leo: ¿Qué dices, Emanuel?
WhatsApp; Yo: Sí, claro.
Dejé el celular a un lado, escondido bajo mi muslo, y seguí comiendo como si nada.
-¿Y qué me dices de los chicos? -preguntó mi madre, rompiendo el silencio.
-Ni me los menciones -dije, tratando de sonar lo más desinteresada posible.
-Nunca me han caído bien -agregó mi padre, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta-. Ya son mayores de edad y parece que no maduran.
-Es que esa palabra no está en su vocabulario -respondí con una media sonrisa.
Y era verdad. En el diccionario de Leo, Brando y Dante, "madurar" era algo que solo le pasaba a las frutas. Para ellos, la vida era un salto constante, a veces literal y otras veces metafórico, y yo siempre terminaba siendo la que comprobaba si el arnés estaba bien puesto.
-Solo espero que no estés planeando nada raro -sentenció mi padre, clavándome la mirada.
Tragué saliva. «Paracaídas acuáticos». Si supieran.
-De hecho... voy a ir a la playa con los chicos -solté, tratando de que mi voz sonara lo más casual posible mientras terminaba mi plato.
-¿Con los mismos de siempre? -preguntó mi madre, arqueando una ceja.
-Sí. Vamos a hacer paracaidismo acuático.
Para mi sorpresa, mis padres solo asintieron. Quizás pensaron que, al menos, estaríamos en el agua y no saltando rejas urbanas. Terminé de comer rápido, ayudé a lavar los platos para ganar puntos de «hija modelo» y subí a mi cuarto a alistarme.
Me puse un bividí blanco -esta vez algo más femenino- y unos pantalones cortos que me llegaban un centímetro por encima de la rodilla; lo suficientemente holgados para moverme, pero con mi toque personal. Agarré mi mochila, comprobé que tenía todo y salí de casa antes de que cambiaran de opinión.
Pedí un Uber y, mientras esperaba en la acera, miré el cielo. «Paracaidismo acuático», repetí para mis adentros. Conociendo a Leo, Brando y Dante, lo más probable era que termináramos volando más alto de lo legal o aterrizando en el lugar equivocado.
El auto llegó y me subí.
-A la playa, por favor -le dije al conductor.
El viaje fue corto, pero mi mente ya estaba imaginando el lio. Saqué el celular y vi que el grupo de WhatsApp estaba ardiendo.
Llegué a la playa y caminé por la arena hasta donde estaban todos negociando con el encargado de los paracaídas. Allí estaba Melody. Un año mayor que yo. Tiene dieciocho años, el cabello azabache como el mío y una mirada angelical que siempre me ha caído bien. Es divertida y, sobre todo, es la única que me entiende, porque ella tampoco se salva de las locuras que traman estos tres.
Me acerqué a ellos con paso firme.
-¿Y bien? -pregunté, mirando el equipo desplegado.
-Haremos esto en pareja -sentenció Leo con una sonrisa que no me gustó nada-. Melody con Brando y tú conmigo.
-Ni loca haré esto sola -aseguré, retrocediendo un paso.
-Oh, vamos... confía en nosotros -soltó Leo.
Ahí estaba. La señal de peligro. El semáforo en rojo parpadeando en mi cerebro. No, Emanuel. Date la vuelta y huye. No importa hacia dónde: corre por la arena, lánzate al agua o súbete a un yate ajeno. Pero vete.
Pero no lo hice.
-Anda, Emanuel, será divertido -me animó Melody, que ya se estaba poniendo el arnés.
-Bien -intervino Dante-. Emanuel vendrá conmigo.
Suspiré aliviada. Al menos podía confiar en él. .
Nos abrocharon los cinturones y nos engancharon a los paracaídas, cada pareja en un yate distinto. Los motores rugieron y el viento empezó a elevarnos. En pocos segundos, estábamos volando sobre el mar, sintiendo el vacío bajo los pies. Miré a Melody; estaba igual de aterrada que yo, aferrada a las cuerdas.