Había tres tipos de personas en el mundo: las que madrugaban con una sonrisa estúpida, las que necesitaban tres cafés para no cometer un homicidio, y luego estaba yo, que básicamente era un cadáver con ojeras intentando descifrar cómo funcionaba la cafetera de cápsulas de oro de los Walker.
Jackson estaba sentado en la isla de la cocina, golpeando la encimera con una cuchara de plata. El sonido me estaba taladrando el lóbulo frontal.
—Tengo hambre, Sofi. Quiero tortitas.
—Y yo quiero una herencia millonaria y un metabolismo que no me traicione, Jackson. La vida es decepcionante —respondí, metiendo la cápsula en la máquina con más fuerza de la necesaria—. Tienes cereales. Cómetelos o utilízalos como confeti, me da igual.
—Mi papá dice que los cereales son carbohidratos vacíos.
—Tu papá es un agente de bolsa que probablemente cree que el agua mineral es un privilegio. Come.
Escuché el sonido de la cerradura de la entrada y luego el portazo. No me molesté en mirar; Eustace solía entrar y salir como si esto fuera una estación de metro, pero el paso era demasiado pesado para ser el de él.
—¿No os han enseñado a cerrar con llave? —La voz de Archie retumbó desde el pasillo antes de que apareciera en la cocina—. Cualquiera podría entrar y robarte los cereales esos que huelen a cartón, Jackson.
Apareció en el umbral como si el universo le hubiera pedido permiso para existir. Llevaba ropa de deporte, el pelo sudado pegado a la frente y esa expresión de soy mejor que tú. Tiró un juego de llaves sobre la encimera —llaves que supongo Eustace le había "prestado"— y se dirigió directo a la nevera.
—Buenos días para ti también —dije, bloqueándole el paso a la cafetera—. ¿Hay algún motivo por el que hayas allanado la casa a las ocho de la mañana o simplemente te gusta recordarme que no tengo privacidad ni en mi lugar de trabajo?
—He venido a ver si el niño seguía vivo bajo tu supervisión —dijo él, ignorándome y agarrando una taza—. Y parece que hay café. Qué suerte la mía.
—Se ha acabado —mentí descaradamente, mientras la máquina empezaba a soltar un chorro negro y humeante justo frente a mis ojos.
Archie arqueó una ceja. Se acercó tanto que pude oler el rastro de aire frío de la calle y ese sudor que, injustamente, en él no olía a gimnasio barato.
—Vaya. Parece que la máquina opina lo contrario —agarró mi taza antes de que pudiera evitarlo—. Estás de un humor excelente hoy, Sofía. ¿Es que te has visto al espejo antes de ponerte el corrector?
—Vete a la mierda, Archie. De verdad.
Mira, ¿sabes qué? Quédate con el café. Ojalá te dé taquicardia —solté, apartándome de un manotazo mientras Jackson me miraba con los ojos como platos, alternando la vista entre su ídolo de acción y su niñera al borde del colapso.
Archie no se movió. Se limitó a dar un sorbo largo, cerrando los ojos un segundo como si estuviera saboreando mi derrota.
—Un poco amargo. Como tú —sentenció, dejando la taza sobre la isla de mármol. Luego se giró hacia Jackson—. Hey, enano. ¿Qué tal si dejas de torturar esa cuchara y te preparas? Tu padre me ha dicho que hoy te llevo yo al colegio.
—¿En serio? —la cara de Jackson se iluminó como si le hubieran prometido la Play 5—. ¿En el coche deportivo?
—En el deportivo. Pero solo si Sofía me deja de mirar como si quisiera apuñalarme con un tenedor de postre.
—No te daría ese placer —intervine, recogiendo los cereales que se habían esparcido por la encimera—. El tenedor dejaría pruebas. Prefiero algo que no se pueda rastrear, como veneno para ratas en tu batido de proteínas.
Archie soltó una carcajada seca, de esas que no llegan a los ojos pero que te cortan la respiración un milisegundo. Se apoyó contra el mueble, cruzando esos brazos que claramente pasaban demasiadas horas en el gimnasio, y me barrió con la mirada de arriba abajo.
—Tienes fuego, Brownsville. Lástima que lo gastes todo en intentar ser borde conmigo en lugar de, no sé, peinarte un poco antes de salir de tu habitación.
—¡Archie! —Jackson saltó de la banqueta—. ¡No te metas con Sofi! Ella me hace tortitas... a veces.
—Hoy no hay tortitas, Jackson —dije, sintiendo el nudo en la garganta de nuevo por la mención a mi madre—. Hoy hay realidad. Y la realidad es que tu vecino favorito tiene que llevarte a clase y yo tengo que limpiar el rastro de testosterona y ego que está dejando en esta cocina.
Archie se enderezó, la diversión desapareciendo de su rostro tan rápido como había llegado. Me sostuvo la mirada, y por un momento, el aire en la cocina se volvió pesado, difícil de tragar. Había algo en su forma de mirarme que no era superioridad, era algo... molesto. Como si estuviera intentando descifrar un código que yo misma no entendía.
—Vámonos, Jack —dijo finalmente, agarrando sus llaves—. Sofía necesita su espacio para... planear mi asesinato o lo que sea que haga en su tiempo libre.
—¡Adiós, Sofi! —gritó el niño, corriendo tras él.
Archie se detuvo en el umbral de la cocina. No se giró del todo, pero pude ver el perfil de su mandíbula apretada.
—Por cierto —soltó sin mirarme—, dile a tu madre que si necesita algo, el portero tiene mi número. No hace falta que moleste a la servidumbre.
Y con esa última pulla, se fue. El portazo de la entrada resonó en todo el apartamento, dejándome sola con el zumbido de la cafetera y una sensación de vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
—Idiota —susurré al aire, aunque mis manos temblaban un poco mientras recogía la taza que él había usado.
La acerqué a mis labios, casi por inercia, y bebí lo que quedaba del café frío. Sabía a ceniza y a todas las cosas que quería decirle y no podía.
Tenía que salir de aquí. Tenía que conseguir ese dinero, terminar mis estudios y largarme de este edificio antes de que Archie terminara por volverme loca... o algo peor.
Me quedé mirando la puerta cerrada, con el sabor amargo del café frío todavía en la lengua. "La servidumbre". Qué hijo de puta. Sabía perfectamente cómo darme donde más me dolía, recordándome que, aunque durmiera bajo el mismo techo, yo estaba aquí para limpiar sus desastres y él para causarlos.