Abrí la puerta y allí estaba ella, esa mujer que había escuchado mencionar, Luzbelia. Su presencia llenó la entrada de algo que no podía explicar: no era frío ni miedo, pero me atravesó como un relámpago. Apenas logré sostener la mirada en sus ojos, oscuros como pozos sin fondo.
—Manuela, quiero hablar contigo —dijo con una voz tan tranquila que me erizó la piel. Me quedé paralizada por un momento, tratando de interpretar qué buscaba realmente—. No te quitaré mucho tiempo.
No supe cómo reaccionar. La dejé pasar. Caminó con la cabeza en alto, observando la casa como si evaluara un terreno desconocido. Cerré la puerta con cuidado, pero mi mente no podía calmarse.
—¿Qué necesitas? —pregunté, intentando que mi voz no delatara mi inseguridad. Me crucé de brazos, buscando una postura más firme.
Luzbelia me miró, ladeando la cabeza como si disfrutara de mi nerviosismo. Luego sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
—He oído cosas sobre ti —empezó, acercándose con paso lento. Quería retroceder, pero me obligué a quedarme inmóvil—. Sobre lo que dicen los vecinos. Sobre tu relación con Román.
Mis manos empezaron a sudar. ¿Qué sabía esta mujer? ¿Qué buscaba? Antes de que pudiera responder, ella continuó.
—Hay algo que debes entender, Manuela. En pueblos como este, ciertas historias no se perdonan... ciertas vidas no deberían cruzarse. Tú y Román son un ejemplo de eso.
Su tono era sereno, casi cordial, pero cada palabra caía pesada, como un peso sobre mi pecho. La miré, intentando reunir el coraje que sabía que necesitaba en ese momento.
—No entiendo por qué te importa nuestra relación —respondí finalmente, tratando de que mi voz sonara firme. Mis brazos seguían cruzados, pero mis piernas amenazaban con temblar.
—No es cuestión de que me importe —contestó ella, encogiéndose de hombros como si estuviera hablando del clima—. Es cuestión de orden. Román está fuera de lugar contigo. Y tarde o temprano, ese desorden se corrige.
Mi corazón latía tan fuerte que temí que ella pudiera oírlo. Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta con fuerza. Di un respingo y giré rápidamente para abrir. Román. Era Román.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, mirando a Luzbelia con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Ella no dijo nada, simplemente ajustó su abrigo y se giró hacia la salida.
—Nada importante, Román —respondió con calma. Se detuvo un momento frente a él y luego giró la cabeza hacia mí—. Cuídate, Manuela. Te vendrá bien.
Su sombra desapareció por la puerta y, con ella, el aire denso que había llenado mi casa. Román me miró, sus ojos estaban encendidos.
—¿Qué quería? ¿Te dijo algo? —preguntó, acercándose a mí. Puse las manos en su pecho para calmarlo.
—Nada que no pueda manejar —mentí. No quería preocuparlo, pero había algo en Luzbelia que no podía ignorar. Algo que me decía que esto no había terminado.
Román me abrazó con fuerza, y en ese momento me permití un pequeño respiro. Pero mientras estaba en sus brazos, sentí que las sombras de Luzbelia y sus palabras seguían acechándome desde algún rincón oscuro.