Mar Arcano: Las Maldiciones del Mar

Capítulo IV

—¡Hemos llegado a Sahamaria! —Yeong-Seok anunció.

Su voz, llevada por el viento fue escuchada en ambas tripulaciones.

—Ahí está, Sahamaria —dijo uno de los soldados sintiéndose de nuevo en casa al ver la ciudad norte de su tierra.

—¿Eso es Sahamaria? Es muy hermosa —señaló Agatha.

La Perla Roja y la Concha Negra se detuvieron en el puerto de aquella pequeña ciudad. Varios hombres, pescadores y constructores de barcos se acercaron para recibir a los recién llegados. Los Capitanes fueron los primeros en descender.

—Bienvenidos a Al-Saghir. ¿Puedo preguntar de dónde nos visitan? —dijo un viejo constructor de barcos.

—Venimos del Mar de Bronce —respondió Bong-Cha.

—El Mar de Bronce, sí. Me imagino que deben estar cansados después de su largo viaje, por favor siéntanse como en casa. Todo viajero que llegar a Al-Saghir es tratado como un ciudadano de Sahamaria.

—Le agradezco —la joven inclinó la cabeza mostrando respeto al experimentado hombre.

—Nuestros barcos están dañados, necesitan reparaciones —Jang-Seo se unió a la conversación.

—Por supuesto. Mis hombres y yo nos encargaremos de ellos. Está ciudad se especializa en la construcción de naves. Le puedo asegurar que quedarán como nuevos.

El Capitán asintió e indicó a su tripulación que lo siguieran.

—Como ya escucharon, esto es Al-Saghir, la ciudad más pequeña de Sahamaria, pero también la más acogedora. El Palacio del Sol se encuentra en Al-Dhahabi, la capital de estas tierras —explicó al líder de los soldados mientras entraban en la ciudad.

—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó Bong-Cha.

—No mucho, pero el calor es intenso. Si me permite, Capitana, sugiero que descansemos un poco antes de continuar, tanto por nosotros como por su gente.

—Así lo haremos. Nos vemos al amanecer aquí mismo.

—Gracias Capitana, le aseguro que la recompensa valdrá la pena.

—Espero que así sea —musitó Jang-Seo, ganándose un discreto empujón por parte de la chica.

Los soldados se retiraron a descansar a algún mesón mientras que los Capitanes ordenaron a sus tripulaciones que hicieran lo mismo antes de conocer la ciudad.

—¿Qué clase de sol es este? Si no disminuye moriremos de calor —Yeong-Seok se quejó.

—Es un desierto, ¿qué esperabas? —se burló Jang-Seo.

—Le hace falta un poco de viento —su primo se dispuso a usar su poder para contrarrestar un poco el sofocante calor, pero el Capitán lo detuvo.

—Ni se te ocurra usar tu magia, no conocemos bien este lugar o a estas personas —dijo este discretamente.

—Ugh, bien, como digas, pero cálmate, primo. Estas muy tenso —señaló Yeong-Seok.

Jang-Seo volteó los ojos hasta encontrarse con la dulce mirada de la pelinegra.

—Tranquilo, disfruta —ella lo tomó de la mano.

Yeong-Seok dio un respingo al notar la presencia de Hinata detrás de él. Esta lo tomó del brazo.

—Si me permite, Capitán... —empezó a decir la joven.

—Claro, sácalo de mi vista —Jang-Seo le hizo una seña para que se lo llevara a otra parte.

Hinata sonrió y jaló al primer oficial para llevarlo con ella. Bong-Cha por su parte llamó la atención del Capitán acariciando su mano.

—No tienes por qué tener miedo, todo estará bien.

—¿Miedo de qué? —él apartó la mirada.

—Te conozco, sé cuándo el gran y temido Colmillo Escarlata tiene miedo. Este es un reino pacífico, no tienes de que preocuparte. Además, nos espera mucho oro y joyas. Eso te interesa, ¿no? —ella acarició su espalda.

—Me conoces tan bien —él tocó suavemente su mejilla.

—Por supuesto —la joven le dio un beso pequeño que lo dejó deseando más —¿Esos son gatos? —dijo ella después y se acercó a una vendedora que ofrecía pequeñas estatuillas de gatos negros decorados con piedras preciosas.

—Bienvenida, ¿gusta llevar un amuleto de Sekhara? —la voz de la mujer de mediana edad era suave y amable.

—¿Sekhara? —inquirió la pirata.

—La diosa protectora de las arenas, la madre del desierto. Dicen que cuando aparece un gato negro en nuestra tierra significa que ella está aquí, velando por su pueblo —explicó la vendedora.

—Así que los gatos son sagrados en este lugar —Jang-Seo tomó una figura para admirarla.

—Eso le gustaría al gato de tu tía —comentó Bong-Cha.

—Supongo.

—Mira sus ojos, perfectamente bien tallados. Me llevaré uno.

Cuando la joven se disponía a pagar, Jang-Seo la tomó rápidamente de la muñeca para detenerla, dejándola algo confundida. A continuación, sacó algunas monedas y se las entregó a la mujer.

—¿Es suficiente? —le preguntó.

—Más que suficiente. Tenga —ella le entregó la figura que después él le dio a Bong-Cha.

Ambos se despidieron de la mujer amablemente y continuaron recorriendo las vendimias.

—Debiste dejarme pagar, aprecias mucho tu oro —Bong-Cha le lanzó una mirada a Jang-Seo.

—Aprecio más a mi mujer —él la tomó de la cintura.

—Jang-Seo, estamos en público —ella rio nerviosa.

—Me dejas con las ganas, tendrás que compensarme en privado entonces —Jang-Seo le tocó suavemente la barbilla.

—Como digas, Capitán —la chica le lanzó una mirada provocativa.

Poco después cayó la noche, el cielo se cubrió con el manto nocturno de estrellas. La oscuridad traía consigo un intenso frío contrario al calor sofocante del día. El fuego de las antorchas iluminaba las calles empedradas de la pequeña ciudad y la volvía todavía más hermosa. Las personas salían a caminar para disfrutar del cielo estrellado y de la actividad nocturna. Había músicos en las calles, algunos bailaban siguiendo el ritmo y otros ofrecían comida que ellos mismos habían preparado.

—Nunca había visto un pueblo tan alegre como este —Bong-Cha comentó, sentada junto a Jang-Seo en la orilla de piedra de un estanque.

—Es una ciudad pequeña, naturalmente la gente es más unida. Pero si, este lugar es particularmente alegre —dijo él.

—La música es extraña pero de cierto modo también es bella.



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En el texto hay: piratas, romance, magia aventura y fantasía

Editado: 04.04.2026

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