La tormenta de arena duró toda la noche hasta la mañana del siguiente día, el viaje podía continuar.
—La ira de Sekhara ha cesado y en su lugar nos ha otorgado una mañana liberada. Tanto ustedes como nosotros debemos continuar nuestro comino —dijo el viejo comerciante mirando al horizonte.
—Siempre les estaremos agradecidos —Bong-Cha habló.
—Saben dónde encontrarnos. Si algún día encuentran un tesoro valioso y buscan ganar algo por él, estamos dispuestos a darles un buen precio —rio el hombre.
—No se preocupe, serán nuestra primera opción —asintió Jang-Seo.
—Buen viaje, amigos míos. Al-Dhahabi los espera.
El grupo de piratas y soldados se despidió de Bakari y sus hijos y continuaron su camino. Los caballos, hidratados y descansados, habían recuperado sus fuerzas para soportar el duro sol del día. Dejando las huellas de sus cascos en la arena, avanzaron llevando a sus jinetes a través de las dunas. Sin la presencia de tormentas, el trayecto fue mucho más llevadero. Para cuando el sol había pasado de su punto más alto, un soldado apuntó a la distancia a una cúpula dorada que alzaba en el cielo azul.
—Ahí está. El Palacio del Sol, hogar de la familia real.
Los caballos trotaron hasta llegar a la entrada de la ciudad capital. Las personas vestían ropas finas y joyas llamativas. Las casas estaban finamente adornadas y se notaba a primera vista que era la ciudad más poblada y bulliciosa. Todas las calles se juntaban al centro de la ciudad, donde se alzaba el Palacio del Sol, un lugar tan bello que parecía irreal. Todos bajaron de los caballos que fueron recibidos por los guardias de la entrada y llevados a los establos reales.
—Esperen aquí y no se dispersen mucho. Volveremos con un buen botín —indicó Jang-Seo a los suyos.
—No tardaremos —añadió Bong-Cha.
Acompañados de Yeong-Seok y Cayden, los Capitanes siguieron a los soldados, quienes los guiaron para encontrarse con los gobernantes.
—Tienes un problema con el dinero, ¿sabes? —la pelinegra dijo a su pareja.
—¿Qué puedo decir? Me gustan las cosas brillantes y valiosas —él respondió orgulloso.
La chica volteó los ojos. Poco después, llegaron a un gran portón adornado con piedras y pinturas culturales. El líder de los soldados tocó dos veces. Las enormes puertas fueron abiertas por dos guardias, revelando a Emperador, su esposa y sus tres hijos sentados en sus tronos. Los cinco se pudieron de pie al ver entrar a sus soldados perdidos, incluso los guardias de la sala del trono estaban sorprendidos.
—Emperador Adom, hemos regresado —el líder se inclinó, seguido de los demás soldados.
—Mis más valientes soldados, ¿por qué han tardado tanto en volver? —preguntó el Emperador.
—Fuimos capturados. Sólo pudimos escapar gracias al Capitán Hwang y a la Capitana Ryuzaki, ellos lucharon valientemente y nos trajeron de vuelta.
—Debo decir que eso es algo inusual en piratas, sin embargo y por esa misma razón, les estoy profundamente agradecido y los recompensaré por su ayuda —el Emperador bajó de la pequeña escalera que alzaba los tronos.
—No fue nada, su alteza, aceptamos con honor —dijo Bong-Cha inclinando el torso como era costumbre en su cultura.
—Los veré al atardecer para discutir su recompensa. Por ahora, siéntanse libres de recorrer nuestra ciudad, son bienvenidos para quedarse el tiempo que necesiten —el Emperador respondió con el mismo respeto.
—Gracias, alteza —la joven añadió.
Dicho estos, los Capitanes y sus acompañantes se retiraron de la sala del trono y junto con los soldados rescatados salieron del palacio.
—Nuevamente les agradecemos su ayuda. Tengan por seguro que la recompensa valdrá la pena. De no ser por ustedes, esa mujer habría acabado con nosotros —uno de estos agradeció por última vez.
—No hay de que. Ha sido un honor —contestó la Capitana.
Luego de despedirse de los soldados, ambos reunieron a sus tripulaciones junto a una fuente de agua fresca.
—Escuchen, nos quedaremos aquí al menos esta noche, así que vayan y disfruten, nos veremos por la mañana. Tenemos una buena reputación aquí, traten de no arruinarla —les dijo Jang-Seo.
—Si, Capitán.
Cuando el atardecer llegó, Bong-Cha y Jang-Seo regresaron al palacio igualmente acompañados por sus segundos al mando. Los guardias del palacio los llevaron a una sala especial donde había una gran mesa cuadrada y enormes pinturas en las paredes.
—Bienvenidos de nuevo, Capitán Hwang, Capitana Ryuzaki —esta vez fue la Emperatriz quien habló.
—Ella es mi esposa Rashida, Señora de las Serpientes —intervino el soberano —Mi hija mayor Satiah y mis hijos gemelos Radamés y Nassor.
—Es un honor conocerlos —dijo Satiah, la heredera, una joven de la misma edad que la Capitana.
—El honor es nuestro, princesa —Bong-Cha respondió.
—Debo suponer que siendo Capitanes de grandes naves como las que poseen estarán esperando una recompensa grande. Y estoy de acuerdo en eso —continuó el Emperador —Este reino es conocido por ser el mayor poseedor de oro no sólo en el Mar Arcaico, también en resto de los mares, pero también contamos con piedras preciosas y raras que podrían interesarles. Me tomé la libertad de preparar algo para ustedes, esperando que sea suficiente. De lo contrario, pueden pedirme más, estoy dispuesto a darles lo que pidan como agradecimiento por rescatar a mis soldados en su travesía.
El Emperador hizo una seña a sus guardias para que trajeran dos sacos llenos de oro, joyas, y piedras preciosas. Al ver su interior, los ojos de Jang-Seo brillaron. Intercambió una mirada de satisfacción con su primo.
—¿Qué piensan? —el Emperador sonrió al ver su reacción positiva.
—Es muy generoso, soberano —habló Cayden —mi Capitana y yo estamos conformes.
Bong-Cha le lanzó una mirada a Jang-Seo, advirtiéndole que no pidiera más. Éste captó inmediatamente el mensaje al igual que su primo.
—Es más que suficiente —dijo Yeong-Seok.
Editado: 06.04.2026